![]()
Estamos buscando las mejores alternativas para tu viaje...
|
"Fragmento de galleta" Mención Honrosa: Querida Señorita Azul: Déjeme decirle que he tenido que armarme de valor y, más que nada de paciencia, para escribirle la misiva en cuestión. Valor, porque claramente no sé qué hago sentado frente a este ventanal del Hotel Mar Palace, a dos cuadras de la playa de Copacabana, gastando tinta ante una incoherencia tal, como es escribirle a una “señorita azul”. Paciencia, porque estoy dispuesto a seguir sentado frente al mismo ventanal, vaciando el frigobar que tengo a mi derecha -y haciendo sólo las pausas necesarias para bajar a comprar “abacaxi” a la feria de la plaza de Siquiera Campos- con tal de encontrarla. Usted querrá saber el motivo de esto último, y bueno, como tengo tanto tiempo a mi disposición y la “caneta ” aún me dura, se lo explicaré: Yo soy un hombre viejo. No de la manera convencional ni explícitamente viejo. Mi cabeza aún no se tiñe de blanco, tampoco poseo una gran panza y esos clásicos pliegues alrededor de la boca, no datan de hace mucho -y saben esconderse muy bien tras el intento de barba del que no desisto-. Mi vejez tiene que ver con algo interno, así más espiritual, ¿Me entiende? Por favor, siga leyendo. No vaya a pensar que soy de aquellos estafadores que terminarán pidiéndole una suma de dinero para sanar el alma, o construir el templo de la salvación. Esto es serio y se lo iré demostrando. No podría decirle con exactitud el momento en que los años hicieron su entrada triunfal y definitiva en esta vida. Tal vez fue algo paulatino, y yo simplemente, estaba demasiado enfrascado en obviarlos, por lo que se instalaron sigilosos hasta que me decidiera a enfrentarlos. El punto es que cuando no quisieron ocultarse más, me encontraron devastadamente solo. ¿Se ha sentido usted sola? No hablemos de una soledad física, sino esa otra. Esa que nos desorienta y nos demuestra que en verdad, nunca encontramos el camino indicado, que la realidad es que nunca hubo dirección correcta, que las decisiones tomadas no fueron las más acertadas y ni siquiera la experiencia sirve como consuelo frente a tal derrota, porque no estamos seguros de quererla poseer -a la experiencia, digo-. En la mitad de esta soledad, tomé una decisión rotunda. Esas que no necesitan ser comunicadas a nadie, pues cualquier intento de desistimiento puede ser mal entendido, y las consecuencias de ese arrebato ante la opinión discordante, no perdonarían a nadie. Bueno pues, decidí viajar. Dejarlo todo…si, todo. Usted puede pensar que la sensatez no es uno de mis atributos y ¿Qué quiere que le diga?, creo que tiene razón. Pero créame que no hay nada más placentero, que poner a la vida de cabeza y dejar que sus bolsillos se vacíen sobre uno. ¿Ha escuchado usted algo acerca de desdoblarse? Fíjese que yo tenía mis reparos al respecto -siempre he sido bastante escéptico- pero ahora carezco de toda duda, y ¿sabe por qué?, porque déjeme confesarle que he salido de mí. Hoy, ando flotando. Es como si todo lo que observara, al tocarse, se transformara en líquido y una especie de vibración se apoderara de aquello, de mí y de lo que me rodea. A propósito de eso, basta de rodeos. Azul: déjame decirte -y perdona si te tuteo- que he podido percibir todo esto, gracias a ti. Y sí, debo decir que me costó hacerme una idea de tu semblante cuando te vi salir del Aeropuerto de Río, sobretodo porque el sol de la tarde me encandilaba, y no me permitió apreciar nada más que un destello azul, que te envolvió por completo. De ahí el bautizo que me tomé la libertad de celebrar. Sin embargo, la celebración que te propongo ahora es otra.
Te invito a que festejemos juntos esta coincidencia de la vida, esta última experiencia que se nos regala. Que salgamos a caminar por la Avenida Atlántica, aprovechando la tibia brisa de agosto. Que nos sentemos a tomar un agua de coco mientras escuchamos a la flauta traversa, que festeja el cumpleaños de algún carioca en el restaurante de la esquina y recorramos Lapa, Santa Tereza y hasta me acompañes, por enésima vez, al Corcovado.
Si me aceptas, prometo recoger la ropa interior con encajes que tengo esparcida sobre mi cama, no rociarme más con ese perfume cítrico recién adquirido en el Duty free, dejar de leer ese diario de vida de páginas recicladas y hacer la vista gorda a la dieta de los cinco días que venía adentro. Prometo no volver a probar ese color de lápiz labial en mi boca, sólo para imaginarme cómo se verían tus besos en mí. Y hasta podría comprar un nuevo encrespador de pestañas para remplazar el que rompí por torpeza y otro paquete de galletas “Negresco”, compensando las que ahora están convertidas en migajas. Si me aceptas, no será sólo eso lo que repare, porque estoy seguro que esta vez, quienes caen de los bolsillos de la vida, somos nosotros mismos. Así que bueno, tengo tu maleta. ¿Podrías ahora devolverme la mía? Ver otros cuentos ganadores. |