Home

"La ruta de la novia"

Mención Honrosa:
María Aninat de Chile.

Luego de cinco días transportándonos por Iquique, Ricardo García ya sabía que no nos contentábamos con la foto en el monumento. De hecho, ninguno llevaba cámara. A esa altura, García se había percatado que andábamos, más bien, buscando historias. Pero a esa hora, cuando los amarillos del sol caían sobre esa inmensidad de tierra interrumpida solo por una carretera sin destino, estábamos hipnotizados.

Menos Pancho. Él iba sentado adelante, intentando mantener con García una conversación moribunda…

- Con tantas horas en la carretera ¿le ha tocado ver cosas raras?

-¿En el camino?

-¿Alguna vez ha visto algo?

-En el cielo, dice usted.

-Claro, tanta historia que uno escucha…

- En realidad no. Son historias no más… Yo, al menos nunca he visto ninguna nave, ni luces, ni nada…Puro cuento.

Ricardo García pegó sus ojos en la ruta y Pancho no insistió. Pasó un rato en que solo se escuchó el ronroneo del motor y atrás comenzamos a acomodarnos en nuestros asientos para echar un sueño, antes de llegar. Pensábamos que la conversación había muerto en la última curva. Y entonces comenzó a hablar.

- Bueno, no he visto luces en el cielo, pero a ella sí que la divisé un par de veces.

-¿A ella?

-A la Novia. ¿Nunca le contaron de la Novia?

-Nunca.

-Con su vestido blanco, blanca ella también. Preciosa.

-¿De verdad bonita?

-Con su pelo clarito. Una princesa. Imposible no mirarla.

-¿Y donde se ponía?

- En la curva más cerrada. La curva de la Novia, le pusieron, camino a Mamiña.

-¿Pedía que la llevaran?

- No. Estaba ahí no más. Siempre salía como a esta hora, un poco más tarde quizá. Cuando queda la última luz del día, esa la luz un poco amarilla, un poco azul que no deja ver bien y uno no sabe si las cosas son reales o son sombras no más.

-¿La atropellaron?

- No, pueh. Los camioneros la veían y se distraían. Los que salían atropellados eran ellos.

-No entiendo.

-Que ella ya estaba muerta. Bien muerta.

-Una aparición, entonces.

- Eso. Dicen que su padre la mató. Iba camino a casarse con un pampino. Escapá’, claro. Al señor no le gustaba nada el cabro ese. Y cuando se enteró que su niña iba a casarse con él, enfureció. Cuentan que ahí mismo, en el camino, la mató… La prefería muerta a que se fuera de la casa.

-¿Y hace cuánto de eso?

- Algunos dicen que fue antes que cerraran Humberstone. Que el cabro trabajaba ahí. Otros dicen que la historia es más reciente. Pero nadie sabe la verdad.

Ya no dormíamos. En silencio, nos habíamos inclinado hacia delante para no perder ninguna de las palabras que salían de la boca de Ricardo García. Nadie se habría atrevido a interrumpir el relato de este hombre edad indefinida, cara común y sonrisa afable, que sin sospecharlo guardaba una historia para nosotros...

-Y ¿nadie salió a vengarla?

- ¡Qué! Si el cabro se mató cuando supo que la Novia no llegaría. Y el viejo, tuvo un accidente cuando iba a buscar al novio. Para matarlo también sería…

-Mucha sangre…

-Cantidad.

- Pero, si todos quedaron remuertos, ¿por qué se aparece la Novia en el camino?

- Lo mismo quise saber yo. Y hará unos dos años fui a preguntarle…

Ricardo García se tomó su tiempo, como si supiera manejar a su público. Afuera, la tierra pasaba del naranjo a un azul intenso. Un espectáculo. Pero nadie se atrevió a apurarlo. Pancho prendió un cigarro, con un gesto le ofreció uno, pero García lo rechazó. Entonces, continuó su relato…

- Tenía un fin de semana libre y partí con dos compadres a Mamiña. ¿Conoce el cementerio? El antiguo, digo. Está en las afueras.

- La verdad, no. Será con esas cruces blancas y esas tumbas casi intactas que se conservan por aquí.

- Tal cual, pero a campo travieso. Cuando hay viento, parece que se fueran a volar hasta los muertos.

-¿Allá está la Novia?

- En el sector más antiguo. Como le digo. Fuimos a comer donde el Manuel, después nos tomamos unos pencazos en el bar del frente. Pero no mucho. Estábamos todos lúcidos, ninguno borrado. Y cuando salió la luna, partimos.

-¿Al cementerio?

- Sí pueh. A buscar la tumba. Era fácil. La más grande y siempre con flores. Ahí mismo encontramos una pala. Estaba cerrada, pero la chapa cedió al tiro.

-¿La abrieron entonces?

- Ahí estaba, con su vestido blanco y sus manos abiertas. Pero tenía el rostro desfigurado.
-…
- Ahí mismo le dije. “¿Qué te pasa Novia, qué andai buscando?”. Le miré sus manos preciosas, largas y pálidas. Y yo mismo le respondí. “Andai buscando a tu hijo, eso es lo que te inquieta. Yo te voy a dar un hijo, entonces”.

-No la habrá…

- No, pueh. Fui donde los angelitos. Ya sabe, siempre se guarda la primera fila para los niños. Ahí mismo, abrimos la tumba más chica y sacamos una guagua. Era una niña también. Se la dejé en sus brazos. Cerramos el ataúd y la enterramos de nuevo.

-Y ¿supo de ella después?

- A todos lo camioneros que les he preguntado, dicen que no la han visto más.

Ver otros cuentos ganadores.