Iris Rangil 11 Abr 2017

Visita fugaz al Norte de Argentina

El calor del desierto me devolvió la energía del verano, y en uno de mis habituales golpes de suerte, sin haber comprado el billete de autobús con una semana de antelación (como habría debido), conseguí que los conductores del autobús transfronterizo de Chile a Argentina me subiesen con ellos rumbo a Purmamarca.

Me acerqué el día anterior a la estación para comprar el pasaje, y las señoras del mostrador me dijeron que era un tipo de billete que se agotaba siete días antes de cada salida. Mi carita de pena les llevó a alentarme y decirme que probase a acercarme a los conductores al día siguiente y les preguntase si me podían llevar.

Dicho y hecho. Mi poder de persuasión es una cualidad que no sé muy bien de dónde sale, pero que suele ayudarme a conseguir algunas cosas.

Comenzó el viaje, pasamos la frontera, transcurrieron unas horas y después de una linda conversación con Enrique y Miguel Ángel intercambiando información familiar y de nuestros diferentes países y culturas, empezamos a aproximarnos a los tramos de carretera más increíble que había presenciado en mi vida, y ellos mismos me avisaban: “Ve sacando la cámara, vamos a ir todo lo lento que podamos para que puedas grabar las mejores tomas y hacer las mejores fotos”.

Yo estaba emocionada y aterrorizada a partes iguales, y cuando pasamos por la señal de “Sepultura”, ellos se rieron y yo me puse más nerviosa. “Qué ingenioso eso de nombrar así al pueblo por el que pasa la carretera más sinuosa del mundo” – pensé irónicamente.

A pesar del temor, ellos me intentaban tranquilizar diciendo que llevaban 20 años conduciendo por el mismo tramo, y me pedían que disfrutase de las vistas, porque mucha gente les había pedido ir en ese asiento y siempre se habían negado. Me hicieron sentir una privilegiada, y sin duda lo era, así que me borré el miedo del cuerpo y lo hice, disfruté de un paisaje que ni siquiera existía en mi imaginario.

Por fin estaba en Argentina, un país sobre el que no puse muy altas expectativas por ser considerado el país “más europeo” de Latinoamérica. Pensé que me encontraría con algo similar a lo que ya había visto al otro lado del charco, con menos identidad que el resto de países latinoamericanos. No imaginaba lo equivocada que estaba al pensar así, lo mucho que me iba a atrapar y todas las lecciones que tenía guardadas el pueblo argentino para mí.

Seguimos el trayecto hasta que Enrique y Miguel Ángel pararon y me dijeron que mi viaje había terminado ahí, ellos continuarían el camino hasta Salta. Habíamos llegado a Purmamarca. Me despedí y me fui alejando con toda mi carga a las espaldas, sin saber a dónde ir, sin haber investigado nada sobre el pueblo al que arribaba y sin tener ninguna reserva de alojamiento.

Afortunadamente, desde el autobús había observado una construcción lindísima, blanca, en medio de la naturaleza y con vistas al cerro de los siete colores. Pregunté sobre el lugar y me dijeron que era una de las mejores estancias de Purmamarca para desconectar y disfrutar de su paz, y que se llamaba “El manantial del silencio”. No dudé en acercarme y no pude evitar quedarme. Llegué alrededor de las 17, así que pedí consejos al recepcionista para no desaprovechar lo que quedaba de día, y me marché a hacer el camino del Cerro de los Siete Colores, llamado paseo de Los Colorados, el principal atractivo del pueblo.

Me sorprendió el silencio que se respiraba por las calles, la poca afluencia de turismo, y de nuevo, la impresionante naturaleza desplegándose ante mis ojos.

Subí a uno de los miradores, y allí, disfrutando de la mayor soledad que sentí en todo el viaje, apareció una pareja de españoles, los primeros que me encontraba en más de dos meses recorriendo el continente. Ellos eran Irene y Víctor, escritores del blog Madrid ya no nos quiere. Me ofrecí para tomarles una foto, Irene me hizo un par a mí, y a raíz de eso empezamos a hablar y continuamos el Paseo de los Colorados los tres juntos.

Dimos una vuelta pequeñita por el cementerio. A mí me sonaba raro eso de hacer “turismo” funerario hasta que llegué al cementerio de La Paz en Bolivia, y me maravillé con la cantidad de arte, tradiciones e historia que guardaba ese lugar, así que desde entonces, de vez en cuando, me gusta visitar este tipo de enclaves más espirituales.

Después continuamos caminando y llegamos al centro un poco hambrientos. Nos acercamos a un restaurante que nos habían recomendado los locales, pero estaba cerrado hasta unas horas después, así que decidimos comprar pan y embutido en un supermercado y sentarnos a mirar a la gente vendiendo artesanías y a disfrutar de la conversación viajera en medio de un pueblo que parecía parte de un decorado de peli del lejano oeste.

Al bajar al sur me daría cuenta de lo barato que es el norte de Argentina comparando con los precios de los alimentos, estancias, etc. de la parte de la Patagonia, así que os recomiendo, viajeros, que si comenzáis Argentina por el norte, guardéis unos ahorritos para ir bajando.

Por fin fuimos a cenar al restaurante “El Molle”, que tenía comida casera y estaba muy bien de precio, aunque después del bocallidito, las galletas y los zumos en la plaza, nos hubiese sobrado uno de los tres platos que pedimos.

Irene, Víctor y yo nos despedimos después de que se nos hiciese algo tarde contándonos batallitas, y dormí mejor que en el paraíso en esa cama blanca enorme que me esperaba en el hotel.

Me desperté y quería disfrutar de la tranquilidad del lugar, de la piscina mirando al cerro y mimarme un poco, así que pasé la mañana contemplando el paisaje, nadando y preguntándome qué otras aventuras me esperarían al tomar el siguiente camino hacia la ciudad de Tilcara, otro imprescindible en esta ruta de los pueblitos preciosos de la Quebrada de Humahuaca.

La provincia tiene diferente geografía, así que te recomiendo dedicar al menos de una a dos semanas para descubrir esta zona de Jujuy: las poblaciones de los valles, los pueblos de la Quebrada, la inmensidad de La Puna y las exuberantes selvas de las Yungas.

Agarré el autobús que iba hacia Tilcara (ya estamos en Argentina y tengo que dejar de usar la palabra coger) sabiendo que probablemente no me quedaría tiempo para llegar a Humahuaca, donde se encuentra la gran Quebrada, que es bastante similar a la de Purmamarca pero en mayor dimensión y ofrece algún tour interesante.

En este viaje aprendí a aceptar que a veces los cambios de planes te dejan sin tiempo para llegar a otros lugares que sí tenías previstos o planeados, pero que eso es parte de la aventura y que si te ciñes rigurosamente a lo que escribes sobre un mapa antes de recorrerlo, no vives realmente lo que caminas ni dejas nada a la improvisación, que es la que te lleva a las mejores historias. Así que me monté al autobús. Subí al segundo piso y me senté al lado de un chico después de una serie de casualidades raras. Empezamos a hablar y resultó que Juan era colombiano, también era director de arte, estudiaba en Buenos Aires y subía hacia arriba sólo con una cámara analógica para retratar su viaje.

La conversación y el camino se volvió súper entretenida, tanto que, como nuevamente yo no tenía reserva en ningún lugar de Tilcara, decidí quedarme en el mismo hostal en el que él estaba alojado para poder compartir un día juntos y empaparme un poco de su punto de vista fotográfico, que me parecía muy interesante.

El pueblo nos recibía con una apariencia similar a Purmamarca, casas de adobe, lugares desérticos y habitantes que me recordaban bastante, en rasgos y carácter, a la gente de Bolivia. Juan y yo decidimos visitar la garganta del diablo por la tarde para intentar disfrutar de un lindo atardecer y alguna sorpresa que nos brindase la naturaleza.

Tras sortear algún que otro obstáculo, llegamos a la cascada, disfrutamos del paisaje y de las vistas increíbles del camino y volvimos al pueblo caminando y charlando, mientras el sol se escondía.

Pasamos la noche con más gente en el hostel hasta que salimos a cenar con otro chico francés. A la mañana siguiente tenía que dirigirme a Salta para volar a Buenos Aires. Realmente había acortado el tiempo que tenía para el norte de Argentina por haberme ido quedando más tiempo “del debido” en otras ciudades del camino.

Supe al marcharme que el destino me iba a devolver en algún momento a todo eso que no pude llegar a ver. Supe que cada decisión que tomé antes estuvo bien, porque si no lo hubiese hecho así no hubiese conocido a Juan en ese autobús, y como siempre mantengo, de entre todas las cosas que me llevo de mis viajes, la más importante y la que más me llena, son las personas.

 

Tocaba despegar hacia Buenos Aires.

 

Jujuy, Salta… Me gustó, quedó mucho por ver, pero supe que volvería.

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