Iris Rangil 13 Mar 2017

Viajar en caída libre

Lo que iba a ser un post descriptivo hablando de mi experiencia en La Paz descendiendo una pared de 17 pisos de altura con un disfraz de la película Los Increíbles, se tiene que convertir en algo más.

Hoy me lo pide el cuerpo. Ya son unos cuantos meses viajando en caída libre. “¿Y qué se siente al hacerlo sola?” Te preguntarás.

Se siente la mayor emoción del mundo. Se siente vértigo. Se siente poder y valentía, y a veces (muy pocas) también se siente miedo. No del entorno, ni el miedo típico que te contarán que debes tener (mucha gente que no se atreve a dar el paso te lo transmite en forma de pánico para sabotearte, pero eso no debe ser miedo, debe ser simple precaución y sentido común): el miedo interno que sentirás realmente surgirá antes de despedirte de gente que quieres, antes de cambiar tus pasos, antes de despegarte de una tierra a la que tus pies se han acomodado.

Miedo a transformarte constantemente y a la montaña rusa de sentimientos que experimentas desde que comienzas la ruta.

Porque viajando te sientes grande y pequeña, en una contradicción constante. Te cuestionas. Creces con los aciertos, y por mucho que te equivoques, nunca encoges. Y al final, recopilando recuerdos, momentos, canciones, rostros, miradas, palabras, nombres, lugares… Lo que más sentirás es que eres una súper heroína a la que no le asusta vivir.

Al llegar a Bolivia y escribir a la empresa Red Cap City Tours para informarme sobre los tours en la ciudad, el dueño me respondió recomendándome una aventura no apta para cardíacos: la experiencia Urban Rush en La Paz. En seguida entré al link para ver en qué consistía. Después de haber superado mi miedo a las alturas en Medellín haciendo parapente, no dudé ni un minuto en decidir llevar a cabo esta nueva locura: bajar un edificio de 17 plantas en posición horizontal hasta llegar al punto donde coger impulso y dejarme llevar por la adrenalina, caminando por la pared del edificio con arnés, disfrutando de la vista increíble del centro de la ciudad a mis pies, y saltando en caída libre al llegar a los últimos 50 metros de altura.

Os prometo que si antes de comenzar el viaje alguien me hubiese dicho que iba a acabar haciendo esto, le hubiese respondido que estaba loco y que no me conocía lo más mínimo, ni a mí, ni a mi necrofobia (miedo a morir), ni a mi tendencia a imaginar que cualquier actividad medianamente “peligrosa” es un riesgo para mi vida.

Pero así es, viajar te hace superarte.

La preparación fue un show, estaba bastante aterrada pero al mismo tiempo me lo pasé genial y todo el equipo me hizo sentir súper segura. Tengo que darle las gracias a Justin, Kevin, Pablo, Methabel y Américo por ser tan simpáticos y tan profesionales y por no hacerme dudar en ningún momento de que todo saldría bien, (incluso cuando resbalé al comienzo de la bajada y me quedé tendida sin saber muy bien qué hacer, hasta que recuperé el equilibrio y pude poner de nuevo los pies en la pared gracias a los ánimos y las instrucciones de Américo desde arriba).

Una aventura sin momentos de tensión no es lo mismo, ¿no? :)

Antes de que todo ocurriese, me subí al borde de la ventana y llegó el momento de ver lo que había ahí abajo, como esperando a que mis ojos lo inundasen todo junto a la aceleración de mi corazón. Me quedé sin respiración por un momento. Me temblaban las piernas.

Tomé la posición correcta, comencé a descender y después de los primeros momentos de pánico, empecé a reírme sin parar (os lo prometo, tenía una GoPro en la cabeza y están grabadas mi cara de felicidad y mis carcajadas).

Llegó el punto donde Pablo me gritó desde abajo: “Salta, Iris, salta”. Y lo hice. Pero os confieso que, entre el momento de separar mis pies de la pared y darme impulso, y el de soltar un alarido de otro mundo con los brazos extendidos sintiendo el estómago en la garganta mientras saltaba, creo que tuve una especie de flashback visualizando, en una milésima de segundo, todos los momentos vertiginosos que había experimentado en mi vida. Todas las veces que me había sentido saltando al vacío y que me había levantado de la caída. De todas, esta fue la mejor. Al fin y al cabo, llegué al suelo flotando y con un traje de heroína.

Es lo que tiene viajar en caída libre. Saber que acabarás siempre el salto con una sonrisa, de pie, preparada para la próxima aventura.

Recomendaciones: la Paz es una ciudad para verla desde las alturas, ya que podréis ver la impresionante cordillera Andina rodeándola. Aparte de esta actividad increíble que sólo cuesta 20€, os recomiendo explorar El Alto y tomar los teleféricos para dejaros sorprender por una Bolivia inmensa que a mí me empezó a enamorar desde el primer momento. ¡Nos vemos en cualquier tejado!

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