Marta Rodríguez 15 Jul 2015

Un intenso viaje al Amazonas colombiano

Destino Sudamérica saca su lado más salvaje y se adentra en una historia de conexiones y leyendas donde la madre selva es la protagonista. En la rutina de nuestras vidas la mayoría de las veces estamos demasiado ocupados con nuestra tecnología como para dedicar un tiempo al contacto y reflexión natural. En este capítulo me he desnudado en cuerpo y alma, me he manchado con el barro de la Amazonia como repelente natural, me he tatuado el cuerpo con jugo de huito, he pescado pirañas, comido caimán, abrazado a las comunidades tikuna y celebrado ceremonias de la mano de un chamán. Cultura itinerante se ha adentrado en lo más sagrado de la selva colombiana.

Surcando el Amazonas

Iniciamos la expedición desde Leticia. Esta vez no voy sola, se sube a la aventura mi amiga Belén y Hipilandia, tripulación de la alegría. Un bote, simple, pequeño, perfecto para surcar las aguas negras y los caminos más recónditos del río. Velocidad la justa y necesaria, no nos gustan los rápidos. Leticia se encuentra animada, en plena rutina de lunes, de mercado y pescado en cantidad. Aquí hay casas y tiendas que flotan, el ritmo lo marca el agua. Tan diferente como hermoso.

Leticia

Nuestro primer destino es Puerto Alegría. Aquí las mascotas son tigrillos, babillas, monos, tucanes y otras especies exóticas que rondan entre niños y ancianos en una conexión natural que no deja indiferente a nadie. Las mamás bañando a los niños en las aguas del rio, el barullo de los más pequeños saliendo de la escuela, el marrón y el verde de la selva por bandera. Aquí los zapatos estorban, caminar descalzos sobre el barro es mucho más placentero.

Selva Time

Llegar a la Reserva Victoria Regia es apreciar la belleza de esta flor nativa, hablar con los papagayos, cuestionarse que es lo que nosotros llamamos “buena vida”. Entender que viviendo sin electricidad, tecnología, coches y motos que dañen el paisaje y teniendo como reloj el sol, se puede ser la persona más rica del mundo.

Victoria Regia

Nuestro refugio se encuentra en la comunidad el Vergel, donde después de un día de pesca para llevar el pescado fresco a casa, un baño de barro que lima cualquier aspereza y una navegación con derecho a saltar de cabeza al medio del río Amazonas y sentir la incertidumbre de sus aguas, nos espera una hamaca y una puesta de sol para terminar el día. ¿Se puede pedir más?

Bote Amazonas

También conocemos la comunidad de Macedonia, donde se dedican principalmente a la artesanía. Como nos cuentan nuestros amigos nativos tripulantes, aquí son muy “juiciosos”. Dedicación absoluta en el trabajo artesano y disposición de su pueblo para mostrarnos la tradición de la cultura indígena tikuna. Así conozco el ritual de la Pelazón, que consiste en la celebración del paso de niña a mujer. Cuando la niña menstrua por primera vez, es encerrada por un periodo de entre tres meses y un año evitando todo tipo de contacto posible, reflexionando sobre su futura vida como mujer. Cuando termina el encierro, se realiza la celebración y presentación como mujer en la comunidad, en la que le cortan el pelo (hoy usan tijeras, antiguamente se lo arrancaban con las manos) y recibe los consejos de las abuelas. Comida, bebida y baile no faltan en la conmemoración.

Tikunas

Navegamos hasta Puerto Nariño y nos deleitamos en el paisaje. Un pueblo de paz, donde el transporte no es otro que los botes y nuestras piernas. Aquí vengo a buscar al maestro Armando, chamán con el que me introduzco en una ceremonia que me cambiaría la vida.

 Nos adentramos en la selva durante unas dos horas de camino hasta llegar a una maloca en la que realizaremos el ritual. A ritmo de yakurutu, armonica, maraca y waira el chamán invoca a la Pachamama y los espíritus de la naturaleza. Sobre el resto, solo os puedo decir que entre visiones, colores, miedos, llantos, risas y animales he tenido el viaje espiritual más especial de mi vida. Amazonia, eres pura vida.

Puerto Alegria

 

 

 

 

 

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