Adriá Homs 27 Jun 2016

Sobrevolando Santiago de Chile en parapente

Volar es una fantasía que todos hemos tenido alguna vez. De niños, aleteábamos los brazos con la inocente esperanza de despegar. Ahora que somos adultos, asumimos que esto de volar batiendo las extremidades es prácticamente imposible. Sin embargo, sabemos que existen métodos para gozar de las privilegiadas vistas de pájaro. Y eso es a lo que hemos venido hoy.

Santiago de Chile es el lugar, y el parapente el instrumento, que nos permitirá flotar por los cielos precordilleranos. Nos hemos alejado del concurrido centro metropolitano para visitar a nuestros amigos de Chileparapente, en la zona de Las Vizcachas (Puente Alto). Cuando llegamos, los pilotos ya nos esperan con todo el material a punto. Se trata de un espacio habilitado, que dispone de una inmensa pista de aterrizaje.

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Nos subimos a su camioneta todoterreno de color naranja butano, que nos transporta hacia Cerro Blanco, donde se encuentra el lugar de despegue, a más de 290 metros de altura. La subida es la primera aventura de la tarde. Avanzamos por un camino de tierra empinado y muy irregular. El conductor, acostumbrado a moverse por tan estrecha vía, no hace más que sonreír, mientras el resto, con la tensión a flor de piel, permanecemos alerta a cualquier imprevisto.

camioneta_parapente

No tardamos en llegar a nuestro destino. Entre la arboleda se abre un espacio despejado. Nos permite observar una panorámica del horizonte. El día es despejado, y se pueden apreciar los lejanos edificios santiaguinos, así como las montañas que escoltan la ciudad.

Los instructores preparan los parapentes y, a continuación, aprovechando las ráfagas de viento que acarician el cerro, nos ponemos en marcha. Con los arneses atados en la cintura, seguimos las indicaciones de los expertos y, en parejas, vamos levantando el vuelo. Normalmente los minutos de planeo dependen de las condiciones climáticas. Uno nunca sabe cuánto tiempo permanecerá en el aire. Parece que hoy estamos de suerte. Ya hace más de cinco minutos que nos mantenemos suspendidos en el aire, y apenas hemos descendido unos metros desde que arrancamos.

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Desde el cielo se pueden distinguir los caminos de acceso a la montaña. La ciudad se contempla diminuta. La perspectiva aérea ofrece otro tipo de concepción del lugar. Al fondo se aprecia la emblemática Cordillera de los Andes, con sus cumbres puntiagudas y nevadas.

El vuelo es mucho más relajado de lo que me esperaba. En ningún momento percibo peligro. Al contrario, una sensación de libertad absoluta me cala los huesos y me genera emociones totalmente positivas. A medida que descendemos, la pista de aterrizaje va ganando tamaño y forma. Ya van más de 15 minutos en el aire. El viento sopla fuerte y, en el momento de aterrizar, no nos queda más opción que hacerlo de la forma menos artística posible. Arrastrar el culo por la superficie terrestre nunca falla, y es así, de una forma tan poco estética (pero sí efectiva), como termina la aventura de hoy.

DCIM100GOPRO

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