Iris Rangil 08 Mar 2017

Mi secreto en Cartagena de Indias

Al viajar a Cartagena de Indias pensé que me encontraría con lo que tanta gente me había descrito: una ciudad turísticamente explotada, bella, pero saturada de personas y de calor. Nada más lejos de la realidad.

Quizá crear bajas expectativas influyó a la hora de maravillarme con su belleza. Y es que, ahora mismo, mientras escribo, me planteo vivir durante una temporada allí, dudando escoger entre ésta y Santa Marta, pero con la certeza de mudarme por un tiempo a Colombia.

 

El motivo por el que sería posible escoger Cartagena es un secreto, pero en este post os lo voy a contar: conocí a alguien con quien imaginar un futuro profesional distinto, disfrutando más de la vida, del color de sus calles, y de la música. Podría pasar una temporada alejada del computador, podría curar mis ojos de las pantallas, podría conocer a mil personas cada día haciendo algo que amo, que es cantar. También adoro mi profesión de fotógrafa, pero necesito un descanso y este viaje me ha dado la inmensa oportunidad de darme cuenta de que debo tomar un respiro, porque si no lo hago, el estrés me llevará por la calle de la amargura, y eso también lo descubrí en Cartagena de Indias.

Antes de seguir por el terreno personal, quiero contaros que el centro histórico de la famosa “Ciudad Amurallada”, fue declarada Patrimonio Nacional de Colombia en el año 1959, mientras que en 1984, el Comité del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO la incluyó en la lista del patrimonio mundial como “Puerto, Fortaleza, Conjunto Monumental de Cartagena de Indias”, algo que no me extraña teniendo en cuenta todo lo que presenciaron mis ojos en las 3 noches que me quedé en la ciudad.

 

Su principal atracción es la extraordinaria arquitectura militar que posee, caracterizada por las sólidas murallas y castillos para defenderla de piratas, corsarios y de ejércitos que en su época, buscaban el saqueo de riquezas acumuladas por el comercio de valiosas mercancías y de esclavos. Esta vieja ciudadela se encuentra encerrada en murallas, casas coloniales que resaltan con el color de las flores colgadas en cada uno de sus balcones, cúpulas renacentistas, pequeñas plazuelas, techos en teja de barro y paredes gruesas de aquellos hogares que hoy muestran una ciudad con tradición de la que siento que quiero formar parte.

A pesar de que llegué en autobús desde Santa Marta muy tarde y que al día siguiente me desperté escuchando la lluvia más fuerte que había visto caer en mi vida, esta situación me regaló una visión diferente de Cartagena, encontrando reflejos maravillosos en todas las calles por las que caminaba.

Volviendo a la parte personal y a uno de los secretos que os contaré en este post, me encontraba haciendo un free walking tour en la ciudad cuando llegamos a la plaza de San Diego, en frente de la Universidad de Bellas Artes. La verdad es que me estaba aburriendo mucho porque nuestro guía nos contaba todo de manera plana sin ninguna emoción (algo que nunca me había pasado antes haciendo tours de este tipo), y entrar a esa plaza llena de guitarras hizo sonar un click en mi mente y fijar la atención en otras personas. Ahí estaba él, junto a otros dos chicos. Terminé el tour, y me senté cerca, en un banco de forma cuadrada que rodeaba a un árbol del parque de la plaza, así que para mirarles tenía que girar todo el tiempo la cabeza. Pasé veinte minutos decidiendo si atreverme a acercarme, y por fin lo hice. Hablé con ellos, y me quedé con su contacto, con el del guitarrista principal, que no quiso decirme su nombre pero sí me dejó su número de teléfono y me dijo que si quería cantar con él tenía que volver a las siete de la tarde al mismo lugar. (El chico de la derecha de la foto que os mostraré a continuación).

Se marchó y me quedé hablando con Santiago, a la izquierda en la foto, que no tocaba pero se juntó a los músicos cuando los vio, al igual que yo. Santiago es un chico de 20 años que ha estudiado dos carreras y que tiene muchísimas cosas interesantes para contar (en Colombia se puede empezar la universidad antes de los 18, y él obtuvo una beca vitalicia para estudiar donde quisiera, lo que quisiera; así que de repente me encontré en la situación de estar en una plaza de Cartagena, charlando con un genio. Otra historia inverosímil más de mi viaje). Después de un rato, me marché al hostal y me encontré con Jéssica, la chica que podéis ver en la primera foto del post, que parece local, pero en realidad es estadounidense. Me fui con ella a hacer fotos porque me transmitió una energía y una belleza especiales, y estuvimos juntas hasta que llegó la hora de volver a la plaza para encontrarme “con mi guitarrista”.

Y así fue, llegaron las siete y llegué a la plaza. Arnold estaba allí, aunque no supe su nombre hasta las once, cuando alguien se cruzó con él y le saludó, desvelando el secreto. Nos marchamos a la muralla, y pasamos varias horas haciendo música, pero yo no podía volver al hostal más tarde de las doce, porque al día siguiente tenía un vuelo a San Andrés y salía temprano. Hicimos un video en directo a través de Facebook, y en España estaba amaneciendo, por lo que mucha gente se despertó escuchándonos y enviando corazones cibernéticos. Unas horas más tarde, mis padres me enviaron un mensaje diciendo que nunca me habían visto cantar así.

Y esa es la magia de Colombia, el país donde, simplemente, puedes sacar lo mejor de ti disfrutando de momentos que superan siempre las expectativas. Por eso dicen que el dinero no compra la felicidad, pero con algo de plata se puede comprar un pasaje a Colombia, que es casi lo mismo.

Termino contándoos ese secreto extra que os prometía: en la plaza de San Diego, podréis comer por menos de 3 euros, almorzando la misma comida que consume la gente local (lo cual es difícil en una ciudad tan turística). Os recomiendo sentaros en ese mismo banquito donde yo me encontré a Arnold y disfrutar de la comida casera y la música libre y gratuita que os encontraréis por estar justamente en frente de la Facultad de Bellas Artes.

¡Que viva Cartagena! ¡Que viva Colombia!

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