Paco Nadal 14 Oct 2014

Santiago de Chile, donde lo más “in” se une a lo más tradicional. Por Paco Nadal.

“Estoy viendo amanecer, Santiago de Chile se despierta entre montañas”, canta Amaral en una de sus canciones. Como ella, yo también estoy viendo ahora salir el sol sobre las montañas que rodean Santiago de Chile, un anillo de volcanes de casi 5.000 metros de altitud que cerca la capital chilena con su perfil de dientes de sierra e impide que las corrientes de los Andes desatasquen la polución urbana. El verano austral acabó ya con la funda de nieve que los cubre durante buena parte del año y abajo, en el valle, la ciudad disfruta de los últimos fines de semana de buen tiempo antes de la llegada del otoño. Una luz vibrante inunda las calles de Vitacura o Providencia, flota un ambiente generalizado de alegría y las terrazas del barrio de El Golf o los paseos de la Costanera están llenas de gente en short y camiseta de tirantes. Un momento perfecto para visitar la capital del país más largo de América.

Santiago de Chile es una ciudad rabiosamente moderna. Hay quienes dicen que se parece a Los Ángeles; otros, que es una ciudad sin personalidad, aunque los más pensamos que lo que tiene son muchas personalidades, muchas ciudades en una sola. Desde la escenografía bohemia de Bellavista, el barrio de Neruda, con su ambiente latino y casi mediterráneo, lleno de gente joven y no tan joven en la calle hasta las tantas bebiendo pisco sour, hasta el barrio Italia, con su aroma de pueblo tradicional, con casitas bajas donde conviven varias generaciones de la misma familia, anticuarios sin internet que exponen sus mercancías en la acera, zapateros remendones y tiendas de ultramarinos con balanza manual; desde las infraviviendas que rodean el cauce del río Mapocho al skyline casi neoyorkino de las avenidas de Las Condes. Pero sobre todo, Santiago –Chile en general– es un lugar con una terrible capacidad para absorber nuevas tendencias, tecnologías de vanguardia. No por casualidad este uno de los países con mayor porcentaje de móviles por habitante (17 millones de aparatos para 15 millones de habitantes) y donde antes y más rápido se ha expandido el I- Phone.

Santiago vista desde el cerro San Cristoìbal

“Con las nuevas tecnologías ya no podemos hablar de países pequeños, hablaremos de países con poco ancho de banda”, me dice Nicolás López, director de cine chileno y enfant terrible de la movida santiaguesa; una especie de niño prodigio que con 10 años rodó su primer corto y con 12 publicaba una columna en el diario El Mercurio, el de mayor tirada en Chile, en la que narraba sus experiencias un tanto traumáticas como niño gordito, con gafas y al que no le gustaba el deporte en una clase llena de compañeros despiadados.

He quedado a cenar con Nicolás en el restaurante Amoríos, el más fashion del barrio de Bellavista, propiedad de dos actores chilenos muy conocidos, Benjamín Vicuña y Gonzalo Valenzuela, y en el que entre otras originalidades ofrecen una carta de cócteles para mujeres (tranquilos chicos, también los sirven a hombres; yo tomé un delicioso mojito de apio, el cóctel mas exótico que jamás he probado). López es un conversador compulsivo, de monólogos largos pero inteligentes, que parece tener la enciclopedia del cine archivada en el disco duro de la cabeza. Se codea con Guillermo del Toro y Tarantino y lo llaman de Hollywood para trabajar, cosa que él rechaza porque dice que solo rueda en Chile.

A la cena acude también Francisca Valenzuela, cantante pop-rock que en Chile es toda una revelación (una especie de Julieta Venegas nacional) aunque en España es aún una desconocida. Toca el piano, compone sus propias canciones, ya tiene un disco publicado (Muérdete la lengua), acaba de grabar una canción para un disco homenaje con Serrat, es bilingüe y con 11 años publicó un libro de cuentos avalado por Isabel Allende, que la prologó.
¿De donde sale tanto joven brillante?, pregunto. “Vivimos en un extremo del mundo”, el que contesta es Nicolás, “y somos conscientes de que esas nuevas tecnologías y esos nuevos vehículos de intercambio de comunicación nos pueden re-situar más cerca del centro del planeta. Hay toda una generación de jóvenes que han crecido sin Pinochet y que están reinventado el país. Aquí ya nadie se da la tarjeta de visita; te remiten a su página de Facebook”.

Pasear por los nuevos barrios de Santiago es como pasear por Manhattan, por Hong Kong o por Singapur, pero a escala más pequeña y por tanto más humana. El país no tiene más de 200 años de edad y el centro histórico de esta ciudad, apenas 60. Por eso lo nuevo, lo vanguardista, es lo que prima, lo que va dando forma al urbanismo de Santiago. Otra mañana decidido ir hasta Alonso de Córdova, el barrio más cool – de momento – en este cambiante Santiago. La mayoría de marcas de moda en ropa y complementos, galerías de arte y restaurantes de cocina de fusión se han ido mudando a este sector del distrito de Vitacura, antigua zona residencial a las afueras del viejo Santiago, de manera que hoy si no se te ve por Alonso de Córdova, no eres nadie en Santiago.

Santiago de Chile repartidor callejero

Una de las primeras en instalarse aquí fue Isabel Aninat, pionera del galerismo chileno y descubridora de muchos jóvenes talentos sudamericanos. Su galería (Espoz, 3100; www.galeriaisabelaninat.cl) está abierta siempre al arte contemporáneo de Sudamérica y a las nuevas tendencias en vídeo, fotografía e instalaciones, lo que no fue óbice para que en la inauguración trajera a un grupo de machis (sacerdotisas mapuches) para que bendijeran el local y plantaran en el jardín un canelo, el árbol sagrado de los aborígenes araucanos. La modernidad no está reñida con la tradición en este país hecho a oleadas de inmigrantes y aún en busca de su identidad.

Santiago de Chile barrio Italia (performance callejera)

Enfrente (Espoz, 3125) visito la galería de Patricia Ready (www.galeriapready.cl), el otro gran exponente del galerismo de Chile, con tres décadas consagradas a las vanguardias del arte americano y mecenas asimismo de muchas jóvenes promesas. Ready acaba de inaugurar un soberbio edificio, proyectado por dos estudios de arquitectura chilenos, que bien podría alojar sin complejos a cualquier museo de arte moderno más que a una galería privada, con sala de proyecciones y conferencias y restaurante propio.

Todo esto se cuece ahora mismo en Santiago. Lo más “in” con lo más tradicional. Pero pese a esta relación de amor incontrolado con todo lo que suponga modernidad y vanguardia, Chile siguen siendo un país de naturaleza. Su corta historia, lo tardío de la colonización europea de este rincón sur del continente, los terremotos y la ausencia de una civilización de ingenieros como la maya, la azteca o la inca se suman para que no existan grandes yacimientos precolombinos como los de México o Perú o ciudades coloniales como las de otros países del Caribe. El viajero llega a Chile, sobre todo, en busca de naturaleza y paisaje, de unas montañas aún en formación y de unos escenarios naturales considerados de los más espectaculares y mejor conservados del continente.

Tienda de gafas y complementos Three Monkeys Eyewear en Alonso de Coìrdova Santiago de Chile anticuarios en el barrio Italia Santiago de Chile palacio de la Moneda

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