Iris Rangil 21 Mar 2017

San Pedro de Atacama

¿Quién no ha oído hablar del famoso desierto de Atacama alguna vez? Sólo por el hecho de sentir que era un lugar tan resonante en mi mente, quería llegar allí.

Pero lo que encontré superó mis expectativas. Era mi primer contacto con el pueblo chileno, y no pude llevarme una mejor impresión. Me alejaba de la frontera con Bolivia por esas carreteras infinitas de líneas amarillas que me maravillan, marcando el camino rodeada de desiertos y volcanes y me iba acercando a un lugar en el que al final me quedaría más de lo que tenía planeado (como en muchas ocasiones me ha pasado en este viaje).

En la historia, los atacameños fueron un pueblo de gente ganadera, agrícola y guerrera que defendieron con valor y fuerza sus territorios a la llegada de la conquista española. Al llegar a la ciudad de San Pedro de Atacama me di cuenta de que todo aquello se transformó en una población dedicada al turismo, ya que este territorio cuenta con un entorno sacado de una película de ficción.

Allí volví a sentir ese calor y ritmo que me brindó Colombia y que de alguna manera eché de menos en Bolivia, no porque ésta no lo tuviese si no porque se manifestaba de otra manera más subyacente.

Confieso que lo primero que hice al llegar a Chile fue ir a un restaurante donde poder saborear el aceite de oliva, ese líquido de oro que no es tan fácil de encontrar en otros países de América Latina y al que tan acostumbrados estamos los que disfrutamos de la dieta mediterránea.

Llegué así a Tierra Todo Naturale, situado en la arteria principal del pueblo: la calle Caracoles. Allí me esperaban dos de las razones por las que alargaría mi estancia: el camarero, que se convirtió en un gran amigo gracias a una equivocación, y un grupo de músicos que entró a alegrarme el almuerzo.

Jorge vino a atenderme y pedí un menú con salmón. Después de un ratito esperando (me moría de hambre porque había desayunado en Bolivia terminando el tour de Uyuni a las 6 de la mañana, sin haber podido comer nada más en el trayecto, así que toda la crema de palta y todo el pan que me había servido como aperitivo desapareció en dos segundos) al fin me trajo el plato, pero tenía carne. Se había equivocado y había servido, minutos antes, mi salmón a una chica brasileña que al ver el aspecto del plato no dudó en quedarse lo que no había pedido (ni pensó que pudiese ser de otra persona hambrienta). Empecé a reírme mucho, explicándole al camarero que normalmente no comía tanto, pero que en esos momentos podía tragarme la mesa. Él comenzó a reírse de la misma manera y me dijo que tardaría 5 minutos en traerme el plato que había pedido, algo que por supuesto, no podía ser cierto, ya que yo ya había estado esperando bastante la primera vez que lo había ordenado y había que rehacer todo.

Cada vez que pasaba cerca de mi mesa cruzábamos miradas y nos empezábamos a reír, me preguntaba si quería más pan y yo le decía que no (sufriendo y aguantando).

Al fin llegó mi comida, empecé a almorzar y entró la Caracola Viajera, un grupo de tres chicos listos para tocar una de las músicas en vivo más lindas que he escuchado en toda mi vida.

Unos días más tarde descubriría que el nombre de la banda venía de su modo de transporte y de vida, una furgoneta en la que los tres habían emprendido su aventura para vivir el sueño de viajar haciendo música por las calles de Sudamérica, comenzando por su propio país, Chile. Salí del restaurante con el contacto de Jorge (el camarero), y de Sebastián, Pablo y Cristian (los tres músicos), dispuesta a pasar la mayor parte del tiempo restante en el pueblo con ellos.

Visité el Valle de la Luna, los Géiseres del Tatio, aprendí sobre constelaciones mirando las estrellas con un telescopio, y llegué en una bicicleta prestada del recepcionista del hotel en el que me alojé a la construcción preincaica de Pucará de Quitor. Cada paisaje que presencié me dejó sin aliento, y ver el atardecer en el Valle de la Luna fue una de las cosas más lindas que he hecho en todo este camino que llevo recorrido (no el del viaje en Sudamérica, sino el de la vida en general). Pero, sinceramente, lo que me llevo de San Pedro de Atacama, lo más valioso, es recordar cómo me trató la gente y la cantidad de contactos, amigos, que hice en tan poco tiempo.

Ése momento nocturno en el que entré en la furgoneta de la Caracola Viajera, en el que llegó por sorpresa al mismo lugar Andrea, otra de las camareras del restaurante, y nos invitó a su casa recién estrenada, el momento de bajar y encontrarnos la luna llena apareciendo de frente detrás de la silueta de las flores… todo eso es lo que no quiero olvidar jamás.

Llegamos a su jardín iluminado con bombillas, pasamos la noche riendo, tocando música, pareciendo un grupo de amigos de toda la vida, que en realidad se acababa de formar para crear un momento eterno.

Llegar a Chile significó relajarse, pausar un poco el ritmo frenético de viajar intentándolo ver todo y disfrutar del confort y del cuidado que me podía ofrecer esta parte del país.

Me alojé en el Hotel y Cabañas la Cochera, un lugar súper céntrico perfecto para descansar; disfruté del calor del desierto pudiendo refrescarme en una piscina, tomando jugo de kiwi por las mañanas, y sobre todo, llenándome de la simpatía de Mª Paz y Nico, los dos recepcionistas, y del dueño de este lugar paradisíaco lleno de “buena onda”, como dicen por aquí. La estancia tampoco hubiese sido lo mismo si no hubiese encontrado este alojamiento.

San Pedro de Atacama, lleno de maravillas naturales, lleno de personas naturales, repleto de ritmo, música, vida nocturna, mercados de artesanía, es otro destino más que por suerte encontré en mi viaje y que no deberías perderte si vienes a Latinoamérica

Me fui entregando abrazos, a Sebastián, Cristian, a Caro, a Pablo, a Jorge… básicamente, a todas las personas con las que pasé más de 5 minutos. En esta ciudad tuve la sensación de conectar con todo el mundo, y eso no es muy habitual. Me marché subiendo a un bus que me llevaría a la carretera más espectacular, peligrosa, y al mismo tiempo, bella del mundo. Os lo cuento en el siguiente post: rumbo a Argentina, esperando volver a Chile… Purmamarca me esperaba.

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