Gabriel Huete 26 Mar 2014

Retorno a Navarino

Retorno a Navarino

El bimotor Twin Otter de 19 pasajeros espera fuera de pista en el aeropuerto de Punta Arenas, y ya aún antes siquiera de despegar, antes de arrancar los motores, se mueve bruscamente por efecto del fuerte viento que sopla hoy en la capital de la región de Magallanes y la Antártica Chilena, como queriendo anticipar que el viaje de una hora y diez minutos hasta Puerto Williams, capital de la Comuna de Cabo de Hornos en la isla de Navarino va a ser de lo más movidito.

Según el censo de 2002, en la comuna de Cabo de Hornos, que agrupa a las islas de Navarino, Hoste y Darwin viven en 625 casas 2.262 personas, de las cuales aproximadamente 1.350 son personal militar de la Armada de Chile, lo que deja en poco menos de 1000 a los habitantes de la comunidad civil.

La pesca de la centolla o king crab, en invierno, el centollón en otoño y un muy incipiente turismo enfocado al trekking y a la pesca con mosca de la trucha arco iris y el salmón magallánico completan el espectro de las actividades económicas de las que viven las islas.

El territorio está prácticamente deshabitado, y la población se agrupa en un 95% en Puerto Williams, donde se encuentra la escuela, tres pequeños establecimientos de ultramarinos, la Municipalidad, un hotel de lujo y un puñado de pequeños hosteles y la base de la Armada con todas las instalaciones que dan servicio a la comuna militar. El resto son montañas, lagos y frondosos bosques que cubren la totalidad de la isla. En definitiva, para mi, Navarino es mi paraíso chileno, un rinconcito de exuberante naturaleza en el extremo más austral del continente americano, que si bien figura en las guías de viaje, recibe muy pocos visitantes por la escasez de infraestructuras de la isla, el tiempo atmosférico casi siempre durísimo, y su condición de destacamento militar.

Desde los altavoces del aeropuerto nos anuncian que el vuelo no se suspende y que podemos proceder al embarque. Yo corro hacia la puerta porque quiero ser de los primeros en embarcar para poder sentarme lo más cerca posible del “cockpit” y husmear el tejemaneje de los pilotos. El avión tiene más de 30 años pero ha sido reconstruido por completo hace poco y parece como nuevo, y me alegra ver que tanto el piloto como el copiloto pasan de la cincuentena, por lo que supongo deben tener mucha experiencia en volar en estas condiciones meteorológicas.

Después de unas breves instrucciones sobre puertas de emergencia y asientos-flotador por parte del copiloto y de llamarnos valientes por atrevernos a volar hoy, ponen en marcha los motores y situan el pequeño aparato sobre la cabecera de pista esperando el OK de la torre para el despegue. La hora y quince minutos que vienen después son una sucesión de bruscos trompicones, súbitas subidas y caídas a plomo no aptas para débiles de carácter y estómago, volando entre cadenas de montañas nevadas y un gélido océano blanco de espuma allí abajo. El aterrizaje con un viento de proa de 90km/h parece casi un milagro, pero los dos ases del aire antártico se las arreglan para hacerlo parecer como un juego de niños y nos devuelven a la solidez de la Pachamama sanos y salvos.

Estoy de nuevo en Navarino!.

Mar y montaña en Navarino

Encajonado entre el Canal Beagle y las cadenas montañosas de los Andes de Tierra del Fuego más australes por el lado Norte y la sierra de los dientes de Navarino por el lado Sur, con sus montañas blancas de hielo y nieve, tiempo cerrado y gris y el furioso viento gélido del Oeste imponiendo su ley, Puerto Williams parece salido de un libro de exploradores antárticos. Y aquí he venido para celebrar mi cumpleaños y quedarme a disfrutar un par de semanas del rincón más hermoso de Chile!.

Valle en Navarino

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