Gabriel Huete 08 Ene 2014

Puerto Natales

Desde que salimos de Puerto Edén el tiempo no da tregua y va cada vez peor. Ahora el cielo está muy cubierto, la temperatura sigue sin subir más allá de 4°C ó 5°C y continúa el agua nieve con viento fuerte.

Si hubiésemos tenido este tiempo apenas diez horas antes, el cruce del Golfo de Penas no hubiese sido muy agradable.

Continuamos el viaje por el Pasaje del Abismo, llamado así por la gran profundidad que alcanza el mar aquí y por las paredes verticales a ambos lados del estrecho. El paisaje es fenomenal, y entre las nubes se atisba a ver de vez en cuando las cumbres nevadas de las montañas entre las que navegamos. Le siguen el Canal Concepción y el Estrecho de Vancouver.

Apenas los biólogos suecos siguen fuera, en las bordas del barco haciendo guardia y buscando sus ballenas. Mientras, el resto del pasaje nos refugiamos en el comedor del barco y organizamos una gran partida de cartas a falta de algo mejor que hacer. De vez en cuando alguien da la voz de alarma y salimos a echar un vistazo al paisaje o a algún animal que ha aparecido en las inmediaciones del Amadeo I.

En los barcos siempre se come bien, y es que muchas rebeliones y motines han empezado por el estómago, y esto lo saben bien la gente de mar, siendo el cocinero la figura más importante junto con el Capitán.

En el Amadeo I desayunamos de 8h a 9h, la comida es de 12h a 13h y cenamos de 19h a 20h.

Los menús de a bordo son realmente buenos y variados, hay opciones para vegetarianos y veganos, y entre comidas siempre hay algo para hacerse un tentempié. El barco huele a pan horneado por las mañanas y a comida a todas horas, y parece que el no hacer nada junto con el frío me abre más el apetito porque siempre estoy con hambre.

Ahora llega la cena y suspendemos la partida de cartas hasta más tarde. Hoy toca ensalada de tomate y queso fresco, y merluza con pastel de espinacas.

Después de la cena reanudamos la partida de cartas, y dado que es nuestra última noche a bordo después de tres días juntos, organizamos una fiesta espontánea en la que participa tripulación y pasaje. Mañana cada uno seguirá su camino y quedará atrás la aventura del Amadeo I. Pero la verdad es que ha merecido la pena y aunque tosco, a veces algo incómodo y con bastante olor a oveja cuando el viento viene de popa, este ha sido un viaje estupendo y una manera perfecta de conocer esta parte de Chile tan remota e inhóspita.

Amanezco a las seis y media de la mañana siguiente fiel a mi cita con la escritura y el blog, y veo que estamos a punto de pasar por la parte más estrecha de todo el viaje, donde la anchura del canal es de 80 metros entre el farallón de piedra y una peña gigantesca que cierra el paso a babor del barco. El Capitán modera máquina y hace una maniobra intachable sorteando la roca. La visibilidad es escasa, el viento fuerte por el través de estribor y la lluvia helada no ha dejado de caer en toda la noche. Tengo ganas de volverme al calor de la mi litera pero venzo al frío y la pereza y voy al comedor a prepararme un café y escribir un ratito.

El comedor parece la zona cero después de la fiesta. Yo me retiré a media noche,  pero se ve que se prolongó un buen rato más y la gente lo pasó bien.

Aparece por allí Felipe, el tercer oficial, a prepararse un café antes de empezar su guardia de las siete y me cuenta que durante la noche hemos avanzado más de lo estimado al llevar viento y corriente a nuestro favor, y calcula que llegaremos a Puerto Natales sobre las once de la mañana en lugar de a las tres de la tarde. Le pregunto por el tiempo y me comenta que hace un mes que está así, sin levantar cabeza por más de tres días antes de ponerse de nuevo a diluviar y ventear. “No sé si éste año llegará el verano” termina por comentar.

Después del último estrecho navegamos por aguas abiertas y profundas en una gran ensenada que más parece un lago inmenso que el mar. El viento arrecia, y al haber más espacio de mar sobre el que soplar levanta algo de ola y vuelve el balanceo al barco.

Me pongo a pensar en el pateo de cuatro días que quiero hacer en Torres del Paine, el que llaman la “W”, que discurre por un buen sector del parque y en el que acampas cada noche en un área diferente, permitiéndote ver los hitos más importantes como el Glaciar Grey y “los Cuernos” de las Torres, y espero que el tiempo mejore en los próximos días o hará la salida inviable.

Es la hora del desayuno y el pasaje empieza a aparecer por el comedor, algunos con cara de haberse pasado en la fiesta de la noche anterior. Mientras desayunamos notamos como el Amadeo I modera máquinas y poco después comienza a maniobrar para entrar en puerto. Salgo fuera y echo el primer vistazo a lo que será mi casa durante la próxima semana.

Parece una población de la Antártida. Todo son casitas pequeñas, pintadas algunas de color rojo, azul, amarillo vivo, con las paredes exteriores cubiertas de chapa corrugada y humo saliendo de las chimeneas, y todo ello en medio de un páramo inmenso, pelado de vegetación gris y lluvioso. He llegado a Puerto Natales, a 52° de latitud sur, puerta de entrada a la primera maravilla natural de Chile: el Parque Nacional Torres del Paine.

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