Adriá Homs 07 Mar 2016

Primer contacto con caballos patagónicos

La meseta esteparia es la zona más árida de la Patagonia. Y, como casi todas las regiones estériles del mundo, el territorio alberga escasa población. Sin embargo, los caballos abundan, y desde siglos atrás han sido la mejor herramienta de trabajo para los valientes pobladores campesinos.

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Montar a caballo es un ejercicio universal, adoptado por culturas de todos los continentes a lo largo de los siglos. Cuando uno monta, cede una parte de responsabilidad al animal. Así, prolonga sus intenciones hacia el equino, a través de la comunicación de gestos y palabras. Esta magia, la complementación entre especies tan distintas, es uno de los motivos por los cuales establecí una de las bases de este blog.

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En la jornada de hoy, nos disponemos a cabalgar unos pocos kilómetros. Se trata, simplemente, del prólogo a distintas cabalgatas y travesías que realizaré durante los próximos meses. Un pequeño avance de todo lo que vendrá.

Estoy en una estancia (hacienda de campo típica de la Patagonia), donde vive una familia que se dedica a la ganadería. Los Andrade me invitaron a pasar unos días y, al saber que también ejercen la doma de caballos, acepté encantado.

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Aquí las distancias son extremadamente largas. En muchas ocasiones, ocurre que los pueblos se hallan separados por centenares de kilómetros, un hecho que dificulta notablemente las movilizaciones sin vehículos.

Me subo al caballo y, alejado de todo lo parecido a la civilización, empiezo a cabalgar al “tranco” (paso). Avanzamos lentamente, sin prisa, mientras los álamos que rodean la hacienda se vuelven pequeños hasta desaparecer. El paisaje es extremadamente llano. No hay árboles, solo yerbas bajas y algunos arbustos de Calafate, que parecen llevar siglos en el mismo lugar. No existen huellas de transporte. Si acaso, algunas liebres, guanacos (animal de la familia de las llamas) y avestruces, distraen la mirada en medio de una tremenda soledad. En tal territorio resulta muy sencillo desorientarse. La similitud del paisaje juega malas pasadas, y hace falta una buena memoria para recordar los puntos orientativos que se van sucediendo.

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Noto una buena sintonía con el ambiente y el caballo. Por lo tanto, decido aligerar la marcha. Pasamos del paso al trote, y del trote al galope. Así intermitentemente, hasta llegar a un puesto (pequeña casa designada al mensual -la persona que se encarga de cuidar el ganado-). Se encuentra abandonado, en medio de una gran desolación. Miro a mí alrededor y me pregunto: ¿a cuántos kilómetros debe habitar la persona más cercana?

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Mientras regresamos a la estancia de donde provenimos, trato de entender cómo se las apaña la gente para vivir en la región. Los inviernos son largos y fríos; los vientos, fuertes; la soledad, devastadora. Definitivamente, pisamos un lugar tan formidable como inhóspito. Dudo mucho que pudiera permanecer por estos lares durante un prolongado espacio de tiempo.

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