Adriá Homs 18 Abr 2016

Pesca de consumo en el lago Stroblel

Los amantes de la pesca afirman que las aguas del lago Strobel son uno de los mejores escenarios sudamericanos para practicar dicho deporte. Situado en la patagonia argentina, a 150 km de Gobernador Gregores, el municipio más cercano, el Strobel es una dulce tentación para los pescadores nacionales e internacionales.

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Como de costumbre, llego aquí de carambola. En Puerto San Julián conocí a Viri, un señor que trabaja como cocinero con los grupos organizados de turistas que vienen a pescar al lago. Hablando de aventuras y deportes, me propuso que lo acompañara a visitar el remoto lugar. Los precios de estadía en el lodge del lago oscilan entre los mil y mil quinientos dólares (tres días). Esto, sumado al difícil acceso del lugar, hacen que sea una experiencia exclusiva, que solo los más adinerados y/o apasionados (o afortunados, como en mi caso) pueden disfrutar. 

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El camino para llegar allí es largo y sinuoso. La primera parte está asfaltada, pero llega un momento que al pavimento lo substituyen la arena y las piedras. Desde entonces, tras la desaparición del asfalto, faltan más de tres horas de camino en vehículo para llegar a las frías aguas del lago.

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No soy muy partidario de la pesca deportiva, aunque si la captura de peces está controlada y destinada al consumo, no pongo impedimentos. Con este propósito, con el de ir en busca de la cena, nos dirigimos, cañas al hombro, hacia la orilla.

A parte de cocinero, Viri tiene hoy el trabajo de enseñarme a pescar. Soy un novato en toda regla, pero ¿qué mejor maestro que un pescador experto tratándome como si fuera su propio hijo?

No transcurre mucho tiempo, desde que pruebo suerte por primera vez hasta que siento la primera picada. El viento frío y la humedad me han dejado las manos heladas y, quizás por eso, los reflejos me juegan una mala pasada. “Sigue intentando; tira más despacito y cánsalo”, me aconseja la voz instructora.

Viri es el primero en pescar. La experiencia siempre es un grado, por tanto, no me sorprende su rapidez y efectividad.

Me concentro en seguir el procedimiento que el maestro me ha aconsejado, cuando, finalmente, antes de que mi paciencia se agote, un salmón hambriento muerde el afilado anzuelo de mi caña. Primero opone mucha resistencia. Hace algún salto a la superficie, se sumerge, revolotea hacia arriba y abajo, adelante, de lado y hacia atrás.

Pero poco a poco, mientras giro el carrete de la caña tratando de arrimarlo hacia la orilla, el pescado, ya sin fuerzas, se va entregando.

—¡Ve preparando el fuego! —le digo a Viri, mientras sujeto el pescado con ambas manos.

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Con las provisiones suficientes, volvemos a la casita donde pasaremos la noche. Ahora, sin duda, llega el mejor momento del día. El esfuerzo de la jornada se ve recompensado con el magnífico plato de salmón que Viri está cocinando.

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El fuego y la comida se encargan de calmar el frío y el hambre. Y con el estómago contento y una agradable sensación de haber aprovechado el día, decidimos retirarnos. Mañana más y mejor, decimos.

Viri_cocinero_Strobel

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