Sele 09 Oct 2014

Navegando en el parque marino Francisco Coloane

Una explosión de Naturaleza de verdad. Esa es la definición que siempre doy cuando me preguntan sobre Chile. Sus espectáculos de vida con paisajes fulgurantes de fondo son todo un descalabro emocional muy difícil de igualar.

Cada vez que pienso en las escenas que vislumbré desde el Buque Forrest en las aguas del Estrecho de Magallanes protegidas con el nombre Parque Marino Francisco Coloane, no puedo evitar la piel de gallina maquillando mis brazos. Aquel lugar solitario, esquivo a los seres humanos que no se dejan escuchar a kilómetros, es un refugio para la fauna marina patagónica. Pero sobre todo, el santuario predilecto de decenas de ballenas jorobadas que se escapan de su trasiego antártico, pues conocen muy bien el secreto de estas aguas que captan corrientes atlánticas y pacíficas y, por tanto, más alimento para pasarse aquí unos meses.

Hace unos años la industria ballenera prácticamente erradicó la presencia de ballenas en esta zona, pero cuando creían que habían esquilmado todo el estrecho ellas volvieron a su hogar de siempre. Entonces las autoridades chilenas estuvieron finas y coartaron cualquier caza de ballenas protegiendo gran parte del Estrecho de Magallanes convirtiéndolo en un parque marino. El tiempo atrajo a numerosas ballenas que durante el verano/otoño austral bajan de las cálidas aguas ecuatoriales (donde crían) a este rincón solitario y privilegiado de la Patagonia chilena en el que viven en paz. Y cada año son más, superando la centena en un radio de kilómetros no demasiado grande.

Isla Riesco, Santa Inés o la Península de Brunswick son los límites naturales del Francisco Coloane, y la única manera de recorrerlo es navegando. Son pocas navieras las que hacen este viaje y es una actividad que resulta extremadamente cara, ya que se requieren varios días en el estrecho. Y no sólo está garantizado el avistamiento de cetáceos sino también acceder a glaciares imposibles, ver volar el cóndor a poca distancia o nadar al velocísimo pingüino magallánico.

Aunque el mejor premio es observar lugares solitarios, montañas que no han conocido más vida humana que la de los indígenas que se refugiaban en apartadas playas y vivían de la caza para sobrevivir.

Particularmente, que sólo había visto un par de ballenas aletear en el Índico, pero muy lejos, tuve una experiencia alucinante en el Francisco Coloane a bordo del Forrest, cuya existencia había conocido días antes en Punta Arenas. Me invitaron a formar parte de un viaje expedicionario con el que contar y monitorizar el paso de las ballenas jorobadas en un punto en el que venían a juntarse muchas de ellas. Sé que si no hubiera sido de esta manera en la vida hubiera podido observar tantos cetáceos juntos. Hubo momentos en que ocho ballenas jorobadas se aproximaron al barco.

Los saltos de los ejemplares más jóvenes eran impredecibles, pero muy repetidos. Los ruidos que emitían a la hora de expulsar el agua recordaban a los de los gigantes de los dibujos animados y las películas de ciencia ficción. Animales con más de 15 metros “de eslora” se convirtieron en nuestros más fieles compañeros. Y el único y más bendito de los arpones con los que contaba el buque Forrest era el clic constante de la cámara de fotos. Como debe ser, por otra parte.

La vida ha vuelto al Francisco Coloane justo donde nunca debió desaparecer. Ahora los trabajos conservacionistas bien ejecutados permiten al mundo ver nadar a cientos de leones marinos que se aprovechan del pescado que remueven y olvidan las ballenas. A pingüinos que se desplazan de forma muy rápida, lo que contrasta con su supuesta torpeza en tierra. Y a un sinfín de aves marinas de gran envergadura que se unen a la fiesta. Todo ello en un entorno de montañas, glaciares y un agua tan en calma como la de una piscina, aunque absolutamente gélida.

Patagonia tal cual era, Patagonia tal cual es. Este rinconcito de Chile que se moja con las aguas patagónicas es un gran desconocido y, a la vez, un gran reto para los viajeros que buscan la naturaleza original en perfecta (y agradecida) soledad. Unos días a bordo fueron suficientes para que todas y cada una de las escenas vividas se queden para siempre en mi cabeza (y en la tarjeta de memoria de mi cámara de fotos, convertida en la mejor aliada del viaje).

Existe ese lugar en el que ver saltar a decenas de ballenas… las mismas que decidieron regresar cuando las dejaron vivir en paz. ¡Bienvenidos seáis al Parque Marino Francisco Coloane!

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