Sele 11 Dic 2014

Otavalo, el mejor mercado indígena de Sudamérica

Un sábado en Otavalo (Ecuador) no es un sábado cualquiera. Y no es porque suceda algo fuera de lo corriente en este lugar situado a unas tres horas de la ciudad de Quito. Todo lo contrario, ha convertido lo extraordinario en cotidiano, en una sucesión que jamás falla en el corazón del fin de semana más andino que nos podamos imaginar. ¿Y qué sucede aquí? se preguntará más de uno. La respuesta es sencilla. El sábado es día de mercado en Otavalo. Nada más… y nada menos.

La ciudad abrazada por el volcán Imbabura y acariciada por la brisa del Lago San Pablo se prepara desde la noche del viernes para recibir a miles de personas venidas de aldeas perdidas en las que sólo se habla el quechua y las cosas han cambiado poco o nada. El latido indígena se traslada desde las montañas a Otavalo para comenzar su actividad con los albores del esperado sábado.

El mercado de animales que despierta temprano

Por la mañana, antes de las seis de la mañana incluso, cuando apenas hay luz iluminando la explanada situada a las afueras de la ciudad, se pone a hervir el conocido como mercado de animales. Muchas personas, ataviadas con la vestimenta típica de su pueblo, vienen con cerdos, cuyes (cobayas, las cuales son un suculento manjar en este país), vacas, cabras, perros de campo e incluso llamas para venderlas al mejor postor en una subasta continua. No existen los precios fijos sino los buenos o malos negocios, por lo que aquello se convierte en un correcalles de compra y venta que para los viajeros y amantes de la fotografía corresponde a uno de los momentos más auténticos y emocionantes de su visita a la República del Ecuador.

Y es que el mercado de animales de Otavalo es fotográficamente hablando un reto. Y en cuanto a costumbres y tradiciones indígenas a este lado de los Andes todo un descubrimiento. Hay mil detalles que desvelan los pueblos de los que proceden los clientes habituales en este peculiar mercado, aunque baste mucho más tino que fijarse en las clásicas coletas que llevan los hombres o los collares dorados de vidrio que portan las mujeres casadas. Sólo un conocedor absoluto de la zona podría diferenciar estos aspectos vistos en los motivos geométricos de trajes y faldones, incluso en el color de los pañuelos que cubren el cabello de ancianas de pelo largo y cano con dientes de oro iluminando su sonrisa.

Miradas indígenas que hablan por sí solas

Hay rostros que te cuentan toda una vida a partir de las arrugas y surcos que nacen de los ojos a la comisura de los labios. Aquellas son señales de una vida dura de trabajo, alegrías, sinsabores e infinidad de noches sin dormir. Aunque si algo no falla cuando hablas con ciertas personas es esa sonrisa de verdad que se muestra fulgurante por muchos padeceres que permanezcan escritos con sangre, sudor y lágrimas en el gran libro de sus vidas.

El mercado en las calles de Otavalo

Cuando llega el mediodía en el mercado de animales hay poco o nada que hacer, por lo que conviene ir a las calles más céntricas de la ciudad para ver los puestos de comida, telas o artesanía a los que acuden a comprar otavaleños y foráneos. La plaza de los ponchos (se llama así de verdad) se convierte en un hervidero en el que cuesta incluso caminar. Pero con fortuna y buscando hueco los viajeros nos hacemos nuevamente con escenas que nos recuerdan las razones por las que hemos venido a parar a este rincón del Ecuador más auténtico que mantiene la flor de sus costumbres.

Si bien la plaza de los ponchos tiene stands de artesanía durante toda la semana, nada que ver con lo que sucede allí el fin de semana. Mientras que por el día es un no parar de gente, nada más hacerse de noche surgen de forma espontánea múltiples puestos de comida local con la que saciar el hambre por uno o dos dólares. Y continuar así viviendo un cuento con una moraleja evidente que no debemos olvidar. OTAVALO ES ECUADOR.

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