Ana Peralta 17 Jun 2014

Morro de São Paulo, Brasil, el rincón donde querrías perderte

Siempre defendí la idea de que no existen rincones paradisíacos, sino “momentos paraíso” y quiero mantenerla hasta hoy. Los lugares son ante todo, aquellas experiencias que vivimos por un espacio de tiempo y son irrepetibles, a pesar de que volvamos al mismo lugar. Pero reconozco que después de conocer Morro de São Paulo, asumí que ambos conceptos pueden mezclarse mágicamente para crear un rincón único del que es difícil escapar.

caballo

palmeras

playacarro

Situado en a Ilha de Tinharé, en el municipio de Cairú, Estado de Bahía, a Morro se llega desde Salvador por barco. Los catamaranes, en realidad barcazas, salen del puerto ubicado tras el Mercado Modelo de Salvador, muy cerca del elevador de Lacerda y del propio Pelourinho. Ida y vuelta cuesta unos 150 reales (50 euros aproximadamente) y tarda entre tres a tres horas y media en llegar.

barcos

Esta vez, aprovechando mi estancia en Salvador y a la espera del partido entre España y Holanda, dentro del mundial de fútbol 2014, decidí escaparme para dejarme seducir por sus playas y sus atardeceres llenos de luz. Sin duda lo más sencillo fue llegar, el problema vino al partir: una vez que llegas a Morro de São Paulo es difícil desprenderse del paraíso para volver a la realidad.

playaparadisíaca

A mi llegada al pequeño puerto me sorprendió la lluvia, un aguacero propio del mes de junio, invierno en este lado del mundo. Poco a poco fui escalando las cuestas del pueblo lleno de pequeñas tiendas y comercios orientados al turismo. La ventaja de llegar en este tiempo, a pesar de que pueda llover en algún momento, es que puedes disfrutar de las extensas franjas de arena casi en solitario.

sol

Morro tiene una amplia oferta para todos los bolsillos, así que a buen seguro sea cual sea tu presupuesto, en Morro hay lugar para ti. Yo me decidí por una pequeña posada, sencilla, pero regentada por su amable dueña Alba, que puso a mi disposición todas las facilidades durante mi estancia. Ubicada en la segunda playa, me permitía explorar el resto de los arenales y disfrutar de la deliciosa oferta gastronómica ubicada especialmente en esta parte de Morro.

playa segunda

Esa noche quise además probar una de las bebidas tradicionales, el drinkin cacao, mientras observaba como las olas rompían en la orilla. En las barracas de la playa, la preparan dentro de la propia fruta del cacao donde se mezcla el zumo de una fruta a elección -la mía fue mango- con vodka. Las sensaciones al paladar son realmente increíbles y el alcohol, aunque pudiera parecer lo contrario, apenas se percibe.

anochecer

Mientras se elabora la bebida, da tiempo a la charla pausada. Una de las chicas reconoce de inmediato mi acento y enseguida fluye la conversación. Ella es colombiana, llegó a Brasil hace dos años y enganchada por sus gentes y su ritmo se fue quedando. No es extraño, desde la primera vez que pisé Brasil hace un año y medio, mi único sueño ha sido volver de nuevo. Lo bueno de los sueños es que a veces pueden hacerse realidad.

playa fútbol

A la mañana siguiente -amanece temprano en esta época del año-, estoy ansiosa por salir a recorrer las franjas de arena de Morro. Dicen que la tercera playa, la cuarta y la praia do Encanto son las más bonitas. Pero, sin duda, el camino hasta allí no deja de sorprenderte en ningún momento. Palmeras que emulan las postales de lugares paradisíacos, verdes y ocres de la arena que se unen en un marco perfecto, manglares…

manglares 4

Todo es tan mágico que apenas percibo que el sol, a pesar de ser invierno, aquí luce con la misma intensidad que en verano y mi piel comienza a tomar un color rojizo. Ya poco se puede hacer, definitivamente me he quemado. Son pocos los turistas que me encuentro por el camino, pero al final del manglar llegan Guido y Angela, una pareja alemana que me cede amablemente su protector solar, filtro 50. Juntos llegamos hasta la praia do Encanto y antes de ella, a una barraca para matar la sed con un agua de côco gelado.

La vuelta se hace más divertida: la marea ha subido, el manglar que atravesé se ha convertido casi en río y algunas franjas de arena han desaparecido prácticamente. Aún así llego justo a tiempo para disfrutar de una puesta de sol maravillosa en la segunda playa con las palmeras de fondo de un lado y el faro como vigía del otro.

atardecer

Antes de marcharme al día siguiente, aún hay tiempo para subir hasta al faro y contemplar las magníficas vistas desde esta atalaya. Desde ella se puede divisar la práctica totalidad de la costa de Morro y los más atrevidos pueden finalizar su ascensión con una tirolina que desciende hasta la misma playa.

No me he ido todavía de Morro y ya sueño con volver para explorar todos y cada uno de los rincones que esta vez no he tenido oportunidad de conocer. He de reconocerlo, ¡he vivido un momento paraíso en un rincón paradisíaco! Brasil, ¡tantos lugares por descubrir, tantas sensaciones con las que soñar!

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