Iris Rangil 28 Dic 2016

Medellín desde las alturas

¿Qué me diríais si os contase que nunca he sido capaz de subir a una montaña rusa en un parque de atracciones porque ya sentía vértigo incluso cuando me empujaban fuerte en un columpio y subía demasiado alto? La única vez que intenté montarme en una atracción “de adrenalina”, tuvieron que pararla y dejarme bajar mientras lloraba a rabiar. Era para niños, yo era adolescente y esta es la primera vez que la gente que no lo presenció conoce la historia.

Parapente

Pues bien, teniendo en cuenta este dato, os puedo informar de que Medellín es una ciudad que se disfruta desde las alturas. Esto se debe a que se halla rodeada de montañas y por ello, uno de los mayores símbolos de resurgimiento de la ciudad es su sistema de metro, que sirvió para unir a todos los habitantes, y para dar la oportunidad de moverse a la gente de barrios más humildes, que nunca había podido salir de su comuna. Fue el sistema que, de alguna manera, (no de todas, claro) conectó a las diferentes clases sociales y por ello hay una cultura de respeto absoluto dentro de este transporte, donde no encontraréis ni un rasguño en las ventanas, ni una pintada en los asientos o en el exterior de los vagones.

Medellín

El metro de Medellín no es un metro subterráneo como el de Madrid o París, por ejemplo, sino que recorre la mayor parte de su extensión por rieles y estaciones ubicadas en las alturas, dejando vistas de paisajes, edificios y personas que merece mucho la pena disfrutar.

En mi estancia en la ciudad esta era una situación privilegiada para mí, ya que podía tomar fotografías que me permitían analizar desde arriba a trocitos de la sociedad paisa en diferentes zonas, sin riesgo de ser incomodada por tener la cámara entre las manos y hacer fotografía documental (no recomiendo hacerlo en ciertas estaciones, y siempre hay que tener cuidado y respeto con el tema de las fotos).

Medellín

Volviendo a mí y al tema del pánico a las alturas y a las emociones fuertes, siempre he sido una miedica, pero en este viaje he decidido intentar superar todas las fobias, complejos y prejuicios que me queden, así que cuando mi amigo Boyd me dijo que iba a hacer parapente en Medellín no dudé un segundo en decirle que me unía a la aventura.

Llegó el día y salimos del hostal, nos dirigimos al metro de Poblado, bajamos en la estación Caribe para cruzar a la Estación de autobuses del Norte, y allí encontramos el transporte directo a “Estadero el Voladero”, la parada en la sierra donde tendríamos que cometer la locura de volar sin motores.

Medellín

Cuando tomo estas decisiones pienso en el dicho de “el cementerio está lleno de valientes”, y después pienso también en mi madre, pero al final, creo que es bueno arriesgarse para experimentar nuevas sensaciones, creo que es positivo seguir aceptando retos que me hagan sentir tan viva como el de esta vez, “parapenteando” sobre Medellín.

Además, el hecho de contarle a todo el mundo el plan (menos a mi madre) es una manera de retarme a mí misma y asumir que tengo que hacer algo, aunque en realidad no sepa si estoy preparada. Después, para no faltar a mi palabra, lo llevo a cabo aunque esté aterrada. ¿Os pasa también a vosotros? Es una especie de presión social que uno se impone a sí mismo para garantizarse que no se echará atrás (y lo suelo hacer con más objetivos vitales que me asustan a veces, como los profesionales).

Medellín

Pues así fue. Todo estaba tranquilo, subimos a la cima, mi corazón se sentía bien. No experimenté el pánico hasta que vi a mi instructor, Sebastián, un hombre bajito y extremadamente delgado (yo mido 1,73m y peso bastante). No quería ser desagradable y pedir que me cambiasen con otra persona, pero en mi cara se veía el terror de pensar que ese hombre no podía correr detrás de mí y elevarme de ninguna manera. Los demás ayudantes de Gtopik (la empresa con la que contratamos la experiencia) vieron mi expresión de miedo y me pidieron calma diciéndome además que él era el piloto más experimentado. Así que tragué saliva.

Medellín

Pero no, no funcionaba ni tragar saliva ni me tranquilizaba lo que los organizadores decían. Tenía el corazón acelerado y empecé a hacer preguntas sin parar cuando ya estábamos a punto de comenzar a correr hacia el acantilado. Les decía “nos vamos a caer, nos vamos a caer”. Y ellos se reían.

“¡Corre, corre muy rápido!” Dijo Sebastián. “Vaya, hombre, justo lo que nunca he sabido hacer en mi vida”- pensé yo. Pero teniendo en cuenta que te juegas la vida, supongo que llega una fuerza sobrenatural que te empuja y te ayuda a no morir. (Como os podéis imaginar estoy escribiendo esto sin parar de reír, recordando el momento).

Corrimos y nos elevamos, y en el vídeo que grabé se puede apreciar cómo mi cara de absoluto terror se va transformando en una expresión de felicidad, libertad y sensaciones que nunca antes había sentido.

Medellín

Empecé a sonreír, a respirar el aire puro por encima de los árboles y las montañas, a disfrutar de las vistas increíbles que Medellín me ofrecía. Fue uno de los momentos más felices de mi vida y por ello os animo, os reto, os recomiendo, más que ninguna otra cosa para hacer en esta ciudad, que lo hagáis, que lo disfrutéis y me contéis después cómo os habéis sentido.

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