Curro Prieto 04 Oct 2016

Mar de arena en Huacachina

“La leyenda habla de un joven guerrero y una hermosa doncella llamada Huacay China cuyo loco amor se vio truncado por una desgracia. El apuesto soldado tuvo que acudir inesperadamente a la llamada del ejército, la guerra había comenzado. Cierto día, un mensajero trajo la triste noticia de la muerte del joven y la chica, desolada, corrió al lugar en el cual se conocieron a llorar desconsoladamente día y noche, formando con el tiempo una gran laguna en la cual un día, cansada de llorar y muerta de pena en vida, decidió sumergirse para siempre. Así, Huacay, se convirtió en la sirena que hoy en día emerge en las noches de luna llena para seguir llorando la muerte de su amado.”

Tras unas cinco horas de viaje llegué a la estación de autobuses de la ciudad de Ica, paré un taxi y le indiqué mi dirección: Hostel Boulevard, Huacachina. Era de noche. Mi aventura en el desierto acababa de comenzar.

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Desperté a la mañana siguiente con ganas de empezar a descubrir el sitio en el que me había metido. Huacachina es un oasis que surge de entre las dunas del Desierto Costero del Pacífico del Perú y su laguna, de color verde esmeralda y se alimenta de las aguas subterráneas procedentes del interior de la tierra. Sea cual sea la explicación natural de la formación del fenómeno, lo que es innegable es el aire mágico que el lugar desprende.

Salí a la calle y el sol era radiante. Las palmeras se levantaban alrededor del lugar contemplando la función, y la gente, en su mayoría turistas, se dedicaban a remar en las mansas aguas de la laguna o a pasear por los puestos de artesanía del pueblo. La imagen transmitía a quien lo observara una irremediable sensación de paz y tranquilidad. Por el contrario, dos de los más grandes atractivos turísticos de Huacachina, tienen una clara relación con algo totalmente opuesto a “la paz y a la tranquilidad”. Muchas de las miles de personas que llegan cada día a visitar el ya conocido como “Oasis de América”, buscan la aventura a través de vertiginosos paseos en buggy y del sandboard. Y yo que no podía ser menos corrí aquella primera mañana a reservar una plaza para llevar a cabo la práctica de ambas disciplinas.

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Horas más tarde estaba subido en un tubular camino al interior del desierto. El viento, cargado de arena, golpeaba las caras de todos los allí presentes. Las velocidades que alcanzaba ese vehículo y las maniobras que llevaba a cabo sobre las dunas eran perfectamente comparables a las de una gigantesca montaña rusa. De arriba abajo. La sensación en el estómago cuando nos lanzábamos verticalmente a lo largo de las montañas de arena sólo podían transformarse en una cosa, gritos y risas… adrenalina en estado puro.

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El conductor paró sobre una loma y nos hizo bajar para completar la segunda parte de la experiencia, abrió una compuerta en la parte de atrás del coche y empezó a sacar unas tablas de madera blancas: comenzaba el sandboard. Primero nos recostamos sobre la tabla para bajar tumbados a toda velocidad a ras de arena, pero más tarde, en la segunda tanda de bajadas, todos quisimos probarnos de pie. De nuevo, la realidad le dio una bofetada a mis expectativas al comprobar que en aquella posición, por algún extraño motivo, llámese gravedad, llámese equilibrio, no conseguía aguantar ni dos segundos. Lo que comenzó como una bajada al más puro estilo Saun White terminó convirtiéndose en un señor avergonzado rodando cuesta abajo. Tuve que resignarme y reírme de mi mismo junto con los demás. Cuando todos estuvimos más que cansados y completamente llenos de arena regresamos al hostel para degustar juntos un sabrosísimo Pisco Sour incluido en el paquete. La experiencia había sido auténtica diversión y el final fue delicioso.

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Mi última tarde en el oasis la pase junto a Damián, un amigo colombiano con el que más tarde disfrutaría de unos días increíbles en Cuzco. Dentro de la asombrosa experiencia que supone viajar sólo, tiene mucho valor para mí el encontrar gente auténtica con la que compartir momentos únicos. Aquella tarde vimos caer el sol en la duna más alta sobre al oasis. Numerosos peregrinos se acomodaban para contemplar el espectáculo. El viento azotaba la cima de los arenales y dejaban a su paso una estela de pequeños granos de arena que en sintonía con el descenso del sol creaban una imagen memorable. Pasó una hora. El sol se fundió con el horizonte y ya era momento de irse.

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No imagino una forma mejor de despedirme del desierto. Próximo destino: ¡Inka Jungle Trail!

Mi TOP 3 recomendaciones. 

Hostal Boulevard: esta fue mi casa los días que pasé en la arena y la verdad que me gustó. Siempre lleno de turistas jóvenes, con buenas zonas comunes donde relacionarse con la gente y un genial servicio de comidas. Ellos mismos organizaron la salida en tubular. Muy satisfecho. Una noche allí en una habitación de 6 personas me costó 30 pesos, algo más de 7 €.

La casa de Arena: si buscas fiesta en tus noches de desierto, esta es la opción más adecuada, mientras que en el resto del pueblo gozarás de una infinita tranquilidad, en este pequeño rincón de Huacachina encontrarás a la juventud de la zona mezclada con los turistas que buscan pasar un buen rato. La entrada me costó unos 20 soles ( 5€ ). Lo pasarás bien. 

Desert Nights: un buen lugar para cenar en el oasis. Tanto para una buena cerveza a la hora de comer cómo para una buena cena a base de chicharrón en la noche, su terraza es muy acogedora y sus camareros muy atentos. No es precisamente de lo más barato pero sus porciones son generosas, así que si pides para compartir puede ser rentable. Recomendable. 

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