Iris Rangil 13 Mar 2017

Las mujeres de mi piel

Llevo unos años reflejando a través de mi piel la admiración que siento hacia mujeres poderosas de la historia (de momento sólo con tres, pero irán aumentando). Para algunos puede sonar absurdo, pero para mí es lindo cubrir el cuerpo de arte, a pesar de que sea en sí un lienzo bonito que no necesita decoración. Primero me tatué el personaje de Mafalda, por su mensaje reivindicativo, su inteligencia y su humor sarcástico (el personaje es una pequeña niña queriendo cambiar el mundo, algo que me hace sentir identificada). Después le siguió Frida Kalho, un verdadero icono artístico y cultural, un referente de libertad femenina y una figura completamente contemporánea para los tiempos en que vivió. Casualmente, ambas procedentes de América Latina.

Al llegar a La Paz, y superar ese choque que sentí arribando desde un país tan diferente como es Colombia (sobre todo en carácter), no pude evitar fijar mi atención en las mujeres que ocupaban la mayor parte de los lugares públicos de la ciudad. Dado que suelo viajar sin investigar demasiado para dejarme sorprender por el camino, me impresionó muchísimo encontrarlas a ellas, a las mujeres con pollera de terciopelo y trenzas infinitas, más popularmente conocidas como “cholitas”, cargando con su aguayo, lleno de mercancías o portando un bebé, vistiendo coloridos ropajes pero luciendo rostros algo apagados (probablemente por el sacrificio que hacen cada día mercadeando en las calles desde el amanecer), y por supuesto, luciendo sobre sus cabezas sus característicos bombines.

Me parecieron mujeres fuertes, inspiradoras y fueron para mí un símbolo del viaje que quería llevar para siempre en la piel, con un doble sentido: el de reflejar esa fuerza que llegamos a tener todas dentro de un mundo tan desigual, y al mismo tiempo, una manera de recordarme que no quiero ser esclava de nada ni de nadie y que soy libre y afortunadamente, al viajar sola, no tengo que cargar con ningún aguayo o carga pesada salvo mi mochila. No hay penas, no hay dependencias, sólo sueños por cumplir y lugares por descubrir.

Pero debo reconocer que hubo otro motivo para tomar la decisión final para tatuarme: lo que me hizo tener el último impulso fue salir del restaurante Tierra Sana y escuchar una música extraña proveniente de una puerta. Al otro lado me encontré algo que me hizo reír y me impresionó tanto que ya no tenía otra opción. Era un chico en la recepción del local, con los ojos completamente negros. Le pregunté cuánto me podría costar la idea que tenía y de paso bromeé cuestionando si no era muy molesto tener que ponerse lentillas así todo el tiempo. “Son tatuajes” me respondió. “Mis corneas van a ser negras para siempre”. Me quedé en shock, me reí aún más y pedí cita.

Aún faltaba la segunda parte del plan: contarle a Curro Prieto mi idea  y que quisiese y pudiese hacer de un día para otro el diseño, porque me quedaban 24 horas para irme de La Paz.

Le escribí y me maldijo unas cuantas veces por pedirle algo tan precipitado, pero le apetecía tanto hacerlo que se pasó la noche dibujando.

Cuando me envió el resultado sólo pude darle las gracias un millón de veces y correr a mostrarle a Gustavo (nombre del tatuador) la imagen que llevaría para siempre conmigo (y que él tenía que colorear y traspasar a mi piel).

Las mujeres andinas son pura belleza y fuerza y creí que realizar la ilustración de forma que mantuviese la posición de Rosie the Riveter (la mujer del famoso cartel estadounidense “We can do it”) sería una buena manera de simbolizar aún más lo que significó para mí este paso a través de la tradición boliviana, así que Curro siguió mis instrucciones a la perfección y yo estaba impaciente por tatuarme.

El sufrimiento duró 11 horas, tantas que incluso Gustavo me invitó a cenar para pedirme perdón por tanto dolor, pero el resultado mereció la pena, sin duda alguna.

Este artículo y mi tatuaje es una pequeña excusa para poder dedicar un post exclusivo a estas mujeres, porque creo que lo merecen y porque es una de las experiencias que más marcan al pasar por Bolivia: conocerlas y entender su cultura. Viniendo de orígenes Aymaras y Quechuas (suelen hablar entre ellas en estos idiomas), son guerreras y luchan por seguir adelante en unas condiciones durísimas, pero jamás las veréis quejándose (algo que a mí me entristece, porque a veces rebelarse es necesario).

Hablando de lucha, y para terminar con el tema de estas mujeres, debo mencionar el show de “Cholitas Wrestling”. Es un espectáculo que se ofrece en El Alto, los domingos. La entrada es bastante cara para ser Bolivia (90 bolivianos, más de 10€), y el precio es mucho más elevado para extranjeros que para locales. Allí veréis a cholitas luchando en un ring. Intenté averiguar si se trataba de algo tradicional o si era puro negocio y me contaron que el show se hace desde hace 11 años, y vino de la inspiración de las peleas mexicanas.

La verdad es que no puedo deciros que no os recomiende ir, quizá es algo que os guste ver, pero una vez que estaba allí no me sentí bien del todo. No le encontré el sentido porque no soy nada fan de la violencia, pero sabía a lo que iba y aún así me animé a presenciarlo. Cabe destacar que también intervienen hombres (participando en la propia lucha contra las mujeres, y lo sentí bastante desagradable).

Creo que no sé definirlo bien con palabras. Tampoco sé emitir una opinión, así que os recomiendo hacer simplemente lo que sintáis que debáis hacer. Si decidís ir al show, espero que lo disfrutéis. Si decidís no ir, podéis estar tranquilos, no es algo que vaya a marcar un antes y un después en vuestras vidas, aunque sí se ha convertido en algo bastante icónico y algo que muchos locales también deciden hacer los domingos (es curioso ver a la gente boliviana comiendo palomitas mientras ven el espectáculo).

 

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