Curro Prieto 28 Nov 2016

La primera gran ola en Recreio

Me asome a través de la ventana del avión con una sonrisa infinita en la cara, dejaba atrás los fríos días patagónicos para recalar en Río de Janeiro. Era de noche y la ciudad se encontraba bajo mis pies, iluminada, dándome una bienvenida muy especial. Había miles de pequeñas luces que parecían palpitar como si tuvieran vida propia. Se acercaban días dignos de ser vividos. Ya sabía lo duro que iba a ser y no me iba a dar por vencido. Allí estaba, la semana que tanto había esperado, la semana del surf.

La primera mañana desperté en el hostel de Río Surf N Stay en Recreio dos Bandeirantes, literalmente comido por los mosquitos pero con unas ganas tremendas de empezar a pelearme con el mar. A las 8 am en punto el profesor estaría en la puerta preparándolo todo, antes de eso yo aproveché para disfrutar del desayuno que incluía la estancia: una ensalada de frutas con dos panes de molde, jamón york y queso acompañados de un suco (zumo) de maracuyá. Delicioso.

Media hora después me encontraba dentro de la pintoresca combi que nos llevaría a la cercana “Praia do Macumba” junto con otros tres compañeros y los instructores. Empezaba el reto. Comenzamos con unos juegos y calentamientos previos para no sufrir lesiones y después de algunas explicaciones sobre como coger la ola, viendo que sobre la arena podía realizar perfectamente el gesto de levantarme sobre la tabla, nos dirigimos al agua. Lo que ellos no sabían es que sobre un terreno firme soy seguramente el mejor surfero de la historia, pero es meterme al agua y se me cruzan los cables, por eso estaba allí.

foto-vanfoto-calentamientoEl primer día fue duro, pero nada que ver con Lima, allí notaba el progreso y aprendí a entender las olas, su periodicidad y las corrientes. Sentí por primera vez la sintonía con el mar. Aún con eso no me libré de unas cuantas caídas desafortunadas. Al volver al hostel no quise quedarme sin hacer nada y alquilé un carver, una especie de longboard preparado para emular el movimiento de la ola sobre el asfalto. Con él fui a recorrer Recreio, la zona de Río de Janeiro en la que me hallaba. Disfruté del interminable paseo marítimo que recorría toda la costa, tomé una cerveza en un chiringuito cualquiera y me relajé mirando como la gente disfrutaba de aquel hermoso día. Imaginadlo. Corría una suave brisa mientras algunos chicos jugaban al balón, otros remaban sobre sus tablas lejos de la orilla donde intentaban coger las pequeñas olas que regalaba aquel día y la mayoría de la gente tomaba el sol tranquilamente sobre sus toallas, observando, al igual que yo, la estampa veraniega que se levantaba ante nosotros. Aún recuerdo el olor a gambas a la plancha que llegaba hasta mi desde la mesa de al lado. Di un trago a mi Skol. Aquello era todo lo que uno espera encontrar cuando llega a una playa brasileña, y yo lo tenía entre mis manos.

foto-recepcionfoto-cerveza-en-la-playaCuando me disponía a regresar me crucé con algo curioso, en aquellos días se estaban celebrando los Juegos Paralímpicos de Río 2016 y cerca de donde yo me hospedaba tenía lugar una prueba de paraciclismo. Me quedé viendo como pasaban a toda velocidad varios deportistas. No puedo evitar acordarme y de paso señalar lo que me impactó y lo admirables y complicadas que me parecen cada una de las disciplinas en las que participan estos atletas. Pronto volví al hostal.

Pasaron varias clases y yo no conseguía mantener completamente el equilibrio. No me vine abajo. Los días pasaban entre la playa y el sol y yo seguía acudiendo cada mañana al mar con las mismas ganas. La vida veraniega me regaló placeres varios a lo largo de mis días allí. Conocí muy buena gente. La segunda noche se organizó una improvisada velada japonesa, gente del hostel y unos argentinos que también estaban aprendiendo surf se unieron a la fiesta. Fue la primera vez que probé el sushi y la verdad es que me agradó a pesar del aspecto, que nunca me había llamado especialmente la atención. Otro de aquellos días conocí a una chica argentina muy simpática con la que compartí un atardecer tomando assaí mezclado con frutos secos. Cucharada a cucharada vimos caer el sol frente a la playa. La vida era divertida, tranquila y agradable en Recreio.

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Y llegó el día. Tras un inesperado día de lluvias el calendario marcó veinte de Septiembre y salió el sol. Aquel martes las olas eran medianas, perfectas para mi nivel. Después de cinco días ya le tenía cogida la medida a la tabla y en aquel momento puedo prometeros que me vi espabilado y con esa falsa sensación de control que adquieres con la práctica. Falsa sensación que por ende se transforma en una seguridad muy necesaria en el aprendizaje. Encaramos la arena y nos metimos al agua. Tras unas cuantas olas en las que aunque ya supe acoplarme e impulsarme con posibilidad de éxito, caía debido a una nefasta utilización de mi rodilla izquierda, se hizo realidad. Era una ola como otra cualquiera, solo que no lo era. Era mi primera ola y yo aún no lo sabía. Cuando el profesor no miraba me atreví a remarla solo, tras unos cuantos días practicando me había dado cuenta de que no hacía falta remar mucho una ola si estabas en el sitio adecuado, y efectivamente, ahí estaba. Noté el impulso, incorporé mi pierna izquierda y salté. ¡Estaba de pie! ¡Estaba encima de la tabla! ¡Lo había conseguido! De repente había conseguido la estabilidad que hasta entonces me parecía imposible y me encontré de pie arrastrado por la fuerza del océano. Mi cara debía parecer la de un niño pequeño con un juguete nuevo, estaba sonriendo y daba gritos para que alguien lo viera. La ola se deshizo y yo salté. Tanto tiempo esperando ese día y por fin había llegado. De nuevo recordé Lima, ahora parecía incluso más lejano.

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Aquella tarde volví al agua a por más y pude disfrutar de un atardecer genial entre ola y ola, la aventura se terminaba y al día siguiente tendría que partir. Conseguí lo que quería, ahora ya tengo lo que necesito para volver a intentarlo y no hay duda de que volveré a entrar al agua con la misma ilusión. Es bonito poder decir que la primera ola que disfruté fue en Brasil, cuando de joven viajé durante tres meses por Sudamérica en #destinosudamerica. Espero que mis nietos me quieran escuchar.

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Mi TOP 3 recomendaciones 

Río Surf N Stay: el hostal que organizaba las clases de surf y donde por una semana me hospedé para cumplir uno de los objetivos de mi viaje. La gente estuvo muy simpática y yo pude pasar tiempo relajándome y practicando deporte en la playa. Unos días que nunca olvidaré a las afueras de Río. El curso con siete días de alojamiento y cinco clases de surf me salió exactamente por 1.419 reales brasileños. En euros son unos 393€.

Uruguayana: una zona comercial de Río de Janeiro a donde pude escaparme uno de los días del curso, se puede llegar perfectamente en metro desde Copacabana y es perfecta para comprar recuerdos y souvenirs ya que los precios son bastante económicos.

Carver y paseo marítimo: alquilar el monopatín fue una decisión muy acertada que recomiendo a todo el que le guste ese tipo de deportes. La sensación sobre esa taba es muy buena, de verdad que te imaginas en la ola, te balanceas de un lado para otro y además los rodajes hacen que avances a una gran velocidad. El paseo marítimo de Río de janeiro enlaza casi toda la costa y es perfecto para este tipo de transportes. Si podéis hacedlo al atardecer, la imagen es perfecta.

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