Adriá Homs 07 Abr 2016

La magia de El Chaltén

El Chaltén es un joven pueblo cordillerano, capaz de estimular la conexión entre personas y naturaleza. Hay ciertos lugares en el mundo que, no sé exactamente por qué, desprenden una energía que modifica hábitos, reestructura ideas y detona cambios. Y esto es lo que me ha tocado vivir aquí, en este espacio patagónico llamado El Chaltén (en mapuche, la lengua de los pueblos originarios, “montaña de humos”).

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Unas fuertes ráfagas de viento me dan la bienvenida. Mientras camino por la acera de la calle principal, con la mochila en la espalda y tratando de mantener el equilibrio, me doy cuenta que las nubes se han adueñado del cielo. Aquí el clima es muy inestable, y la convivencia con fuertes vientos y tormentas es habitual. Aún así, lo tengo claro: he venido para pasar el mayor tiempo posible en la montaña, y las inclemencias meteorológicas no me lo van a impedir.

Cruzo los límites invisibles que demarcan la localidad. Pronto me encuentro rodeado de árboles robustos y desniveles que deprimen a cualquier paseante desmañado. Me siento contento, motivado. Sigo la senda unos kilómetros, frotándome el sudor de la frente con las mangas, mientras saludo a los caminantes con quienes me voy cruzando.

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A medida que asciendo la montaña, las vistas adquieren perspectiva y, mientras más avanzo, el paisaje gana en ángulo y belleza. Ahora se abren nuevos horizontes. Horizontes nevados e imponentes, de figuras rocosas, que me motivan a seguir caminando.

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Me siento un poco deshidratado. La sabiduría innata del cuerpo pide agua, aunque esto, aquí, posee fácil solución. Igual que en las Torres del Paine, el deshielo de los glaciares origina pequeños riachuelos y lagunas potables. Beber directamente de los ríos o lagunas se convierte en un verdadero lujo, que no pueden satisfacer los habitantes de una ciudad.

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Las piernas avanzan al compás que marca la montaña, y los últimos kilómetros se vuelven expectantes. Por suerte, el mismo viento que antes me empujaba de un lado al otro de la acera en el pueblo, se ha encargado de dispersar las nubes. El cielo está despejado y yo, a punto de ver un paisaje que no se borrará nunca más de mis retinas. El Chaltén, también conocido como Fitz Roy, la montaña más emblemática de la Patagonia, que emerge de las profundidades de los grandes valles y rasca el cielo con sus hielos permanentes en la cima.

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Focalizo los cinco sentidos en esta maravilla. Sólo puedo callar y sonreír. El viento, el sol, el agua, las rocas, el hielo… Todo desprende energía y potencia. Trato de impregnarme de ello esto durante los minutos que permanezco aquí. Finalmente, con las emociones estabilizadas y con buena dosis de positividad, decido deshacer el camino. Es momento de volver al pueblo antes de que anochezca.

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Me dirijo al hostal donde estoy alojado. Los hostales, habitualmente, son espacios multiculturales donde se juntan viajeros que comparten las miles historias que llevan en las mochilas. Y, por supuesto, el 4 estaciones (150 ARS por noche 1€= 16.7 ARS) no es una excepción. Cuando cruzo la puerta de recepción, el calor humano me alivia del frío, y un olor a comida me recuerda que necesito calorías. Tengo hambre, pero lo que más me satisface es contemplar las caras de alegría de los huéspedes, que también aprecian el lugar y la situación. Después de comer algo liviano, el ambiente sigue alterado, y los que compartimos mesa (Matias, Ailin, Xavi, Antonella, Paula, Eddie, Maria, Quim) parece que nos conozcamos de toda la vida. A la comida le sigue el fernet (bebida alcohólica típica de argentina, que se toma mezclada con coca) y, finalmente, entran en juego las cartas. Las horas y las carcajadas transcurren volando y la noción del tiempo se desvanece.

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La noche acaba cuando el sueño se impone. Antes de ir a dormir, no obstante, salgo a contemplar el espectáculo nocturno. Una luna mágica flota en el espacio, y miles de constelaciones acompañan al satélite blanco.

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La luz pálida de la luna refleja el contorno de su rostro, y esos labios finos que llevo deseando toda la noche acaban robándome un beso sin fin. La fugacidad de la noche da valor a los hechos, y por un momento mi mayor deseo es detener el tiempo. Qué tontería, ¿no?

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