Adriá Homs 01 Jun 2016

La gente del camino

Una de las grandes ventajas de viajar consiste en la oportunidad de conocer a gente. Las personas son un elemento esencial en nuestras vidas, y el hecho de relacionarse entre iguales hace que las andanzas sean mucho más interesantes.

Sin embargo, de todas las personas que uno se cruza en el camino, siempre hay seres que impresionan más que otros. Aquí tres personalidades que, de alguna forma u otra, han marcado mi trayecto.

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Él es Andreas, un hombre alemán, de 53 años, que en 2012 decidió subirse a su velero para viajar alrededor del mundo. Desde Hamburgo cruzó el Atlántico, pasando por Holanda, Inglaterra, Francia, Portugal y Canarias, hasta llegar a la Guyana Francesa. De ahí se adentró hacia las islas caribeñas, y cruzó el estrecho de Panamá. Bajó hasta Ecuador y, finalmente, partió hacia la Isla de Pascua, donde nos hemos encontrado.

 

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Andreas, orgulloso, me cuenta que tiene familia (tres mujeres y cuatro hijos). Aunque viaja solo, porque según dice así hay menos problemas, de vez en cuando vuela a Alemania para visitar a sus cercanos.

Me ha invitado a comer a bordo de su nave, un barco alemán del 1983 decorado con mucho estilo. Mientras tomamos un ron (la bebida de los marineros por excelencia) y algunas cervezas, me detalla sus próximos destinos: Tahití, Nueva Zelanda, Malasia…

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Ha inventado su propio crucero y lo ha adoptado como método de vida. “Aunque a veces estoy más de veinte días en alta mar, sin ver a nadie, ésta es una muy buena vida”, asegura. Sinceramente, viéndole la cara de felicidad que irradia, no me queda ninguna duda.

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Ella es Carol. La conocí en 2015 en la Patagonia argentina. Es de esas personas que transmiten positividad y confianza. El día que nos conocimos hablamos unas horas, profundizando en temas que habitualmente requieren ciertos lazos de cercanía. Aunque nos acabábamos de encontrar, la sintonía que se desprendía era sorprendente. Con el tiempo perdimos el contacto y, más de un año después, mientras caminaba por las céntricas calles de Santiago de Chile, inmerso en pensamientos lejanos, las causalidades hicieron su tarea. “Adrià”, dijo una voz suave. Cuando la vi la reconocí inmediatamente. Concluimos que la magia de la vida nos había juntado nuevamente, y decidimos caminar sin rumbo por las entrañas de la metrópolis.

 

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Makoi es rapanui y conoce la isla como la palma de su mano. Con 47 años ha vivido en distintos lugares, pero la Isla de Pascua es su lugar en el mundo. Es una de las personas menos consumistas que me he encontrado. Prácticamente autosuficiente (trabaja la tierra y tiene animales), él mismo está construyendo su casa. Hace ocho años le detectaron un cáncer letal, pero con su lema “Arriba la moral” como bandera, ha conseguido superar la enfermedad. Él es un valiente, que aprecia los pequeños detalles y sólo pretende tener cerca a su familia para compartir el máximo tiempo con ellos. Es generoso y un más que dignificado trabajador.

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