Gabriel Huete 11 Abr 2014

La Cota 30

casa de la cota

Si la primera vez que estuve en Navarino durante el mes de Enero ya decían que éste año no había llegado el verano, ahora, a finales de Marzo dicen que el invierno ha llegado de repente.

Los últimos tres días los he pasado casi por entero metido dentro de casa, y solo he salido al mercado a comprar comida. Básicamente toda la ropa de abrigo que tengo, mis cuatro capas de lana de merino, forros polares y plumas de ganso no son suficientes para mantenerme caliente durante mucho tiempo y los escasos veinte minutos que tardo en subir al super son suficientes para que llegue completamente aterido de frío y sin movilidad facial para articular palabra.

Lo peor es sin duda el viento del Oeste que hace descender drásticamente la sensación térmica y cuando se pone a soplar, que es básicamente a diario lo hace furioso, a mas de 50 nudos. El pequeño ferry que une en poco más de media hora la isla de Navarino con Ushuaia, en Tierra del Fuego, hace ya cuatro días que se suspendió por no poder cruzar el Beagle. También ha dejado de llover y ya sólo nieva. A nivel del mar la nieve aún se derrite durante el día, dejando las calles de tierra del pueblo de Puerto Williams como si se hubiese roto la cisterna de un camión de granizado de café, pero en las montañas de alrededor la nieve empieza día a día a acumularse y la cota a descender aproximándose hacia el pueblo. Dentro de poco lo cubrirá todo y el Beagle se teñirá de blanco durante meses.

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Mis días comienzan haciendo un esfuerzo improbo por salir del calor de mi litera. El hostal en el que vivo tiene dos estufas de leña, pero por más que las lleno de madera y las bajo el tiro para que quemen despacio durante la noche, cuando me levanto por la mañana hace horas que se han apagado y la casa está gélida. Enciendo las estufas lo primero de todo y me preparo un café que me tomo despacito arrebujado en mi manta mientras vigilo que el fuego tome cuerpo y empiece a caldear la casa. Lo siguiente después del desayuno y antes de la ducha es salir al cobertizo de afuera y cortar leña. En realidad ya está cortada pero en tochos demasiado grandes que no caben en la estufa, así que durante media hora me entretengo con el hacha y acabo de entrar en calor.

Hace días que se marchó el último huésped y los dueños no viven en el hostel, estoy solo en la casa y la verdad es que me gusta pues ahora no tengo la sensación de ser un turista sino que es como si fuera uno más de aquí. Los otros alojamientos de la isla también están vacíos, la temporada ha terminado y yo bien podría ser el último visitante de Navarino.

Ser el último de Navarino me da la oportunidad de integrarme mucho más en la comunidad local, y de conocer con más detalle cómo viven, cómo piensan, cómo sienten en ésta pequeña comuna más allá del fin del mundo.

Entre las muchas personas con las que hablo éstos días está la abuela Cristina. Ella es la última Yaghán, sin mezclas de sangre, la última de una etnia que morirá con ella. Los primeros vestigios de los yaghanes en isla navarino datan de hace 7.500 años, y yo hoy tengo el privilegio de sentarme a tomar un té y unos pasteles que he comprado en el super con la última superviviente, con el extremo final de la larga línea sucesoria de los primeros pobladores de ésta inhóspita y bella tierra. La abuela Cristina está a punto de cumplir 78 años y su salud es frágil. Vive en Villa Ukika, un pequeño publecito de no más de diez casas costruido en los años 60 para albergar a los yaghanes desplazados de sus tierras cuando la Armada de Chile tomó posesión de la isla. Ella, dos de sus hijos, mi amiga Cecilia y yo charlamos alegremente de cosas triviales y sin importancia, y entre risas, pastelitos, bromas y té paso la tarde en la afable compañía de la abuela de los yaghanes, del punto y final de toda una raza.

Vuelve a coincidir que estoy en la isla el último Domingo del mes, lo que significa que el ferry semanal que llega de Punta Arenas, hace un viaje gratis hasta Puerto Toro para todos aquellos que se animen a ir y se apunten en las oficinas de la Municipalidad.

Gabriel en barco

El Domingo 30 de Marzo amanece espléndido en la Comuna de Cabo de Hornos dándonos una tregua a los últimos días de viento y nieve que hemos tenido en la isla, y como por arte de magia la rampa del ferry se llena a rebosar de familias que se apuntan a pasar el Domingo en Puerto Toro, sorprendiéndome la cantidad de niños que residen en Puerto Williams.

El viaje de tres horas por el Beagle en un día de sol y sin viento es espectacular y gracias al temporal de los últimos días, las montañas tánto del lado chileno como del argentino están preciosas cubiertas de nirve. Por el camino, y asomado a la borda del transbordador veo pinguinos de Magallanes, albatros, cormoranes y lobos de mar, y en el último tramo, cuando el barco vira al sur se puede ver, allí a lo lejos el archipiélago de las Wollastron y las Hermite, y entre ellas la mítica isla que marca el “finis terrae”, la isla de Hornos.

Puerto Toro es además de la población civil más austral del mundo, el asentamiento permanente occidental más antiguo de la isla de Navarino. Por aquí también existió a partir de 1890 la fiebre del oro, y cuando se descubrió el preciado metal en las cercanas islas de Lenox y Nueva, la zona se llenó de buscadores y busca vidas europeos que tenían que viajar hasta Ushuaia para comprar todo lo que necesitaban para su explotación y cambiar su oro, dando lugar a un crecimiento de la piratería y la inseguridad en toda la zona. En vista de ésto, la Armada Chilena envía a la escampavía Toro para encontrar un punto resguardado en la costa donde construir un asentamiento permanente que diera asistencia a los mineros, naciendo así en 1892 el poblado de Puerto Toro.

El último Domingo de Marzo termina como empezó, con buen tiempo y buena onda, y ya de regreso en Puerto Williams con una barbacoa en Villa Ukika ofrecida por la Municipalidad para todos los habitantes de la isla.

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Dos días más tarde al viaje a Puerto Toro, el 1 de Abril, se convierte en uno de los más emocionantes que paso en la isla. A eso de las 22:15, empieza a sonar una sirena y coches de Carabineros y el camión de los Bomberos a pasearse arriba y abajo de la avenida Costanera con las luces estrobo encendidas. Enciendo la radio y escucho el anuncio de un gran terremoto en Iquique de 8,2° Richter, y el aviso de evacuación preventiva de toda la costa chilena. A los pocos minutos toda una dotación de bomberos llama a la puerta de mi hostel y me comunican que debo recoger mis cosas y subir a la parte alta del pueblo, porque al lado del mar donde vivo corro peligro en caso del posible tsunami que se espera para las 02:30 de la madrugada. Con toda la calma del mundo organizo mi mochila y me autoevacúo a lo que llaman la “Cota 30”, donde está la escuela, la cual han habilitado con colchonetas, mantas, café y galletas para recibir a los dieciseis evacuados entre los que yo me encuentro.

Y así paso mi última noche en la isla de Navarino, envuelto en una frazada, agarrado a una taza de café caliente, esperando en la Cota 30 el tsunami que nunca llegó.

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Un comentario en
“La Cota 30”

  1. Chris

    No pude creer la suerte que tuvimos al subir al fin el ferry a Puerto Toro ese día. El jefe de la muni casi no nos dejaba abordar todo por un mal entendimiento entre su jefe y el jefe de la oficial de turismo, la encantadora Carina de Eslovenia. Su servicio apasionado al llegar a Pto Toro y llevar toda la gente visitante a un pequeño recorrido por el monte hasta un cerrito al lado del pueblito era muy buena dado que al fin del paseo ella recaudó las donaciones de los turistas y con los fondos juntados le entregó los cuantos billetes a una líder como una pequeña ayuda monetaria a los veinte pobladores de Toro. Que buena onda la Carina!

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