Iosu Lopez 17 Nov 2015

La aventura de remontar el Amazonas

 

La luna llena se ve diferente bajo el cielo del Amazonas. Este fue nuestro primer pensamiento tras embarcarnos y pasar la primera noche en el carguero Rodrígues Alves IV. Nos habíamos preparado mentalmente durante meses para la travesía e incluso mucho antes. Conocer la selva Amazónica y remontar río arriba desde Belém a Manaos como los antiguos exploradores era un viejo sueño de infancia. De hecho la preparación fue también física.

2.-Puerto-barco-Rodrigues-Alves-IV

Nuestra casa por tres días

En los prolegómenos del viaje durante la visita al doctor, cuando este nos preguntó por las zonas que visitaríamos y dijimos el Amazonas, enseguida nos señaló un mapa del mundo que colgaba de la pared en donde los países venían marcados con una gama de colores que identificaban el riesgo de contraer enfermedades. Brasil y la zona del Amazonas en rojo las tenían todas. Tras vacunarnos de todo lo posible y más, nos sentimos algo así como superhéroes de laboratorio, listos para dar comienzo a la aventura.

A bordo del Rodrigues Alves

A bordo del Rodrigues Alves

Tras ver frustrada nuestra idea de zarpar de inmediato, tuvimos que quedarnos forzosamente en Belém a la espera de barco por algunos días. Conseguir los pasajes para remontar el segundo río de mayor extensión y a la vez el más caudaloso del mundo tampoco resultó fácil. A las ventanillas de oficiales se añaden muchos vendedores “autorizados” a pie de puerto en lo que se convierte en una especie de puja y regateo al que te ves abocado y del cual pocos salen victoriosos.

Puerto de Palmeiraço

Puerto de Palmeiraço

Finalmente, ya con nuestros pasajes de camarote en mano adquiridos por un precio razonable, llegamos al puerto del Palmeiraço (Belém). Era un hervidero. Los marineros y vendedores ambulantes iban y venían preparando los barcos y llenándolos de las mercancías que esas moles de metal llevarían luego a su destino convenido. A nuestro alrededor ningún turista, aunque sí muchos pasajeros anónimos que cargaban con sus redes y que más tarde colgarían, para usarlas como hamacas en la cubierta del navío.

Ellas duermen

Ellas duermen

Nuestro barco, el Rodrígues Alves IV, estaba lejos de ser un crucero de lujo, aunque ofrecía comidas y contaba con una pequeña cantina con bebidas y snacks. En su proa, lucía con orgullo una pequeña bandera del Pará, mientras que en la popa ondeaba a su vez otra más desgastada de Brasil. Nuestro camarote no era grande, aunque estaba limpio y tenía un aire acondicionado que nos mantenía frescos en las interminables noches de viaje. Era bonito salir a contemplar la calma cuando la selva más grande del mundo duerme.

Atardece remontando el Amazonas

Atardece remontando el Amazonas

El barco navegaba a contracorriente, lo cual alargó nuestra ruta por las densas aguas de color marrón del Amazonas. De cuando en vez podía verse alguna pequeña embarcación o alguna casa a la vera del río pero el paisaje era unánime, nosotros ante el interminable cauce del río flanqueado por una espesa selva verde.

Las horas pasan despacio

Las horas pasan despacio

Los días pasaban con lentitud y matar el tiempo podía convertirse en todo un reto. Un camarote y un barco pueden resultar espacios muy pequeños para aquellos que no estén acostumbrados a esas dimensiones reducidas donde el tiempo transcurre lentamente. La lectura y las charlas son una buena receta para combatirlo, aunque tampoco hacen milagros.

Iosu trabajando a bordo

Iosu trabajando a bordo

En la rutina de la vida a bordo, fueron pasando los días hasta que desde la cubierta divisamos tierra a lo lejos. No recordamos si alguien gritó: ¡tierra!; pero al menos así lo imaginamos en nuestras cabezas. La experiencia había sido buena, pero teníamos ganas de volver a pisar tierra firme. Santarém se dibujaba en el horizonte y mientras que nos acercábamos, pudimos disfrutar del encuentro de las aguas entre el Amazonas y el río negro, una bonita línea de meta a nuestra travesía por el gran río.

Santarém

Santarém

Atrás dejamos noches estrelladas bajo el cielo del Amazonas que nos habían conquistado en nuestra travesía por la interminable autopista de selva verde. Un recuerdo bonito y único en el álbum de momentos de viajes. Ya en Santarém, y aunque nos habían avisado, sufrimos en nuestras carnes un intenso calor que amenazaba con volverse más bochornoso hasta Manaos. Pero no nos quedaríamos mucho en Santarém. Nuestra próxima parada era Alter do Chao, un paraíso en donde para poder describirlo con justicia, una imagen vale más que mil palabras.

Atardecer en Alter do Chao

Atardecer en Alter do Chao

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