Gabriel Huete 06 Feb 2014

Entendiendo Atacama

A tan sólo un paseo de 3 kilómetros de San Pedro, siguiendo el curso del río Grande hacia el Norte, entre huertas de verduras y maíz está Pukara de Quitor. Quizá por estar tan cerca del pueblo o por no estar en la lista de actividades que ofrecen las agencias de viajes, no viene mucha gente a visitar ésta fortaleza preincaica construida por el pueblo atacameño entre los siglos X al XIV.

Pukara de Quitor está construida al margen de un recodo del río San Pedro, o río Grande, en plena vega del oasis de San Pedro y sobre un cerro escarpado de imposible acceso excepto por su frente Sureste. Está formada por más de doscientos recintos semicirculares de distintos tamaños construidos en muro de piedra y que en tiempos estuvieron techados con un entramado de ramas de algarrobo. Éstos recintos tuvieros varios usos: silos, almacenes, depósitos de agua, viviendas y zonas comunes, y sirvieron para dar protección a los pobladores atacameños del Ayllú de Quitor frente a las invasiones de los pueblos vecinos.

Si bien su completa ejecución data del año 1.300, se cree que su parte más antigua en lo más alto del cerro ya se usaba como lugar defensivo durante los primeros años del siglo X. Así permaneció, como fortaleza protectora de los pobladores del actual área de San Pedro hasta que en Junio de 1540 la expedición de Pedro de Valdivia y Francisco de Aguirre, con la ayuda de los indios Yanacomas consiguen derribar el muro defensivo de 121m que protegía el flanco Sudeste y toman Pukara de Quitor. Tras la toma, Francisco de Aguirre manda decapitar a 300 soldados atacameños y colocar sus cabezas en picas en lo alto de la fortaleza para amedentrar a los subversivos restantes, por lo que a partir de entonces el Ayllú de Quitor pasa a conocerse como el “pueblo de las cabezas”. En los años sucesivos, Almagro, Valdivia y los funcionarios españoles que les siguen prohibieron a los atacameños el uso del Kunza, su lengua madre, y los ritos de adoración a sus dioses, borrando en poco más de dos siglos casi cualquier vestigio de ésta cultura ancestral.

Luis, el guía del recinto arqueológico del Pukara me cuenta que el Kunza es lengua muerta, que hace años que nadie lo habla y tan sólo existe un pequeño diccionario con poco más de 200 términos de los que ni siquiera se conoce su fonética correcta. Tampoco existen estudios exhaustivos sobre la cultura atacameña ni sobre su cosmogonía más allá de los realizados por el sacerdote jesuíta de origen belga Gustavo Le Paige a mediados del siglo XX, siendo ésta una de las culturas preincaicas más desconocidas y enigmáticas de América del Sur.

Sí se tiene cierto conocimiento general de la prehistoria atacameña. Se sabe que los primeros restos de cazadores recolectores que pasaron por la zona siguiendo a los rebaños de guanacos, alpacas, llamas y vicuñas, las cuatro especies de camélidos aún presentes en la zona, fueron dejados hace entre 10.000 y 12.000 años, y no hubo ningún asentamiento semipermanente hasta hace 4.000 años cuando aquellos primeros pobladores consiguieron domesticar a llamas y alpacas.

La geomorfología de la zona de Atacama tiene tres áreas bien diferenciadas por la altura y que influyen notablemente en el proceso de población de la zona:

A una altitud entre los 3.600 y los 4.200msnm, se encuentra La Puna, formada por grandes extensiones de gramíneas de consistencia dura conocidas como coirones y pajas bravas, y que constituyen el sustento de vicuñas y guanacos. Es en esta zona de gran altitud donde se encuentran los escasos vestigios de estos primeros cazadores recolectores que pasan por Atacama hace entre 10.000 y 4.000 años.

Entre los 3.600 y los 2.400msnm, el altiplano andino se encuentra cortado por numerosas quebradas por donde fluyen ríos y cuerpos de agua desde las cumbres hasta el salar. A ésta zona se la llama el Tolar y está formada por arbustos resinosos de hoja pequeña y flores amarillas y cactus como el cojin y el cardón, utilizados como madera para construcción y fibra vegetal.

Por debajo de los 2.400msnm encontramos el Salar, formado por la lenta acumulación de depósitos de sales minerales arrastrados por el agua de las lluvias desde las cumbres de los andes, que desciende en forma de pequeños ríos y napas subterráneas. La vegetación es halófita, adaptada a la alta salinidad del agua que a su vez está poblada de algas diatomeas y de pequeños crustáceos como la artemia, con alto contenido en caroteno y principal dieta del flamenco.

Este árido paisaje del salar está interrumpido por fértiles oasis como el de San Pedro y Toconao, con grandes extensiones de árboles entre los que prolifera el algarrobo y el chañar, y que constituyeron el escenario más visible de la ocupación humana en la región al permitir la práctica de la horticultura mediante la construcción de innumerables canales de riego.

Vuelvo de Pukara de Quitor a San Pedro y paso las dos o tres horas de más calor en el museo antropológico Gustavo Le Paige, que aunque pequeñito tiene una colección muy interesante de restos y artefactos de las culturas andinas preincaicas que poblaron la región y donde me documento de la historia, flora, fauna y geología del altiplano andino.

A la mañana siguiente me organizo una excursión de día a conocer el salar de Atacama y las lagunas altiplánicas de Miscante y Miñiques a 4.500msnm, enclavadas en la Reserva Nacional “Los Flamencos”, y tengo así la ocasión de visitar tanto la Puna como el Tolar y el Salar, las tres regiones del altiplano andino.

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Un comentario en
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