Gabriel Huete 13 Dic 2013

En la casilla de salida

sudamérica avión

Altitud: 40.000 pies, Velocidad de superficie: 561mph, Temperatura del Aire: -54°C,. La pantalla de posición del flamante 787 de LAN marca que estoy ya sobre el Atlántico Sur, recién cruzada la línea del Ecuador y a punto de comenzar a sobrevolar tierra por Brasil.

Por fin, y después de semanas de preparación, estoy en el vuelo LAN 705 de Madrid a Santiago de Chile. Son las 4:33 de la mañana hora local en Santiago y el vuelo todavía duerme. Me asomo sobre el respaldo de mi asiento, echo un vistazo hacia atrás y sonrío al ver a la gente envuelta en sus mantas y con las cabezas en posiciones imposibles. A muchos de ellos no les envidio el dolor de cuello que tendrán cuando amanezca. Dos azafatas se pasean constantemente arriba y abajo por los pasillos del avión ofreciendo agua y apoyo a los pasajeros que despiertan.

Me gustan estos momentos de relativa calma y me hacen pensar en la pequeña locura que han sido las últimas semanas, desde que recibí la noticia que me iba tres meses a Chile en viaje de descubrimiento. Aquel día se abrió de repente un horizonte nuevo e inmenso, un viaje a un país desconocido y terriblemente atractivo para alguien como yo, enamorado de la Naturaleza.

Han sido días de documentación intensa, reuniones y charlas con el patrocinador, compra de material nuevo, entrevistas con los medios, despedidas de amigos y familia hasta llegar a estar ahora aquí de nuevo, en la casilla de salida, con tres meses de aventura austral por delante.

Fiel a mi filosofía de hacer todo lo más simple posible, solamente he esbozado las líneas generales del periplo, y los detalles se los dejaré a los dioses que cuidan de los viajeros.

La Araucanía, la región de Los Lagos y Chiloé

Hace ya más de dos años que el destino me trajo a vivir entre Madrid y Alicante, y para alguien nada urbanita como yo ha sido más que suficiente por una buena temporada, así que lo que tengo en mente es parar en Santiago sólo tres o cuatro noches para echar un vistazo, tomar el pulso a la capital y hacerme con la infraestructura básica para perderme en la naturaleza chilena.

Las regiones IX y X, casi en el centro geográfico del país, son un paraíso de parques naturales, ríos, lagos y volcanes mezclados con la ancestral cultura indígena de los mapuches, y será aquí donde empiece mi verdadero viaje de descubrimiento de Chile.

Volaré primero a Temuco, capital y centro económico e industrial de la región, y tomándolo como base haré mis primeras incursiones en los parques nacionales de la zona, como el de El Conguillio y su volcán Llaima de 3125m.

De Temuco a Pucón, capital del turismo de aventura. Villarrica y su volcán. Y siguiendo al Sur, por la gran carretera Panamericana, Valdivia, Osorno y Puerto Varas, donde disfrutaré de los lagos andinos.

La Isla de Chiloé, sus iglesias, palafitos y su mitología ligada a la tradición marina también formará parte de este primer mes de mi aventura por las tierras australes de Chile.

La Patagonia

Recorreré quizá la zona más remota, aislada y agreste del Chile continental, y me tendré que emplear a fondo para llegar a todos sus rincones, seguramente con las modalidades más variopintas de transporte. Una de las aventuras que más me cautiva es la que llaman gran carretera Austral: 1.240 km entre glaciares, campos de hielo y los imponentes Andes patagónicos, que me las arreglaré para recorrer en moto, autoestop o autobuses locales que vayan parando en los pocos pueblos y asentamientos de la zona.

Y una vez llegue a Puerto Natales me espera el P.N. Torres del Paine, quizá el más icónico espacio natural de toda América del Sur. Declarado reserva natural de la biosfera por la UNESCO en 1978, sus imponentes paredes se alzan más de 2.000m sobre las heladas llanuras patagónicas, jalonadas de ríos, bosques, lagos y glaciares. En este santuario natural me perderé sin dudarlo unos días.

Siguiendo aún más al sur quiero llegar hasta el mítico canal del Beagle, cuyo nombre se debe al barco oceanográfico de la armada británica que llevó a Charles Darwin hasta las Islas Galápagos en su viaje iniciático, cuando aún no era más que un jovencísimo estudiante de ciencias naturales.

Atacama

Del gran desierto de Atacama no tengo mucha información, más que la que he leído en algún folleto de viajes y la que recuerdo de algún documental del National Geographic. Y sin embargo sé que aquí me encontraré con una de las mayores sorpresas del viaje.

Indefectiblemente, todo aquél con el que he hablado y que conoce un poco Chile me ha comentado que Atacama no es de este mundo, que nunca han visto nada igual y que es difícilmente descriptible. Sencillamente hay que verlo.

Yo no necesito nada más para saber que no puedo perdérmelo, y por ello el último mes de mi viaje por Chile se lo dedicaré por entero al gran Atacama y sus alrededores.

El sol acaba de salir por la ventanilla de babor donde voy sentado. El vuelo empieza a desperezarse y la calma a romperse poco a poco con idas y venidas, el llanto de algún niño y los estiramientos de los entumecidos pasajeros tras once horas de viaje.

Pronto llegaré a Santiago, pronto me recibirá una vez más el Nuevo Mundo.

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