Gabriel Huete 07 Ene 2014

El golfo de Penas

Dicen que el Capitán siempre tiene razón, y en este caso el dicho se cumplió al pie de la letra…

Poco antes de las siete de la tarde, cuando algunos ya estaban en el comedor esperando por la cena, alguien gritó la palabra mágica “¡Ballenas!”

Estamos en el último tramo del canal Errazúriz, justo antes de entrar al mar abierto de la bahía Ana Pink, y por el costado de babor y algo apartado de la posición del ferry, comenzamos a ver las nubecillas de agua pulverizada expulsadas del espiráculo de la gran ballena azul. Son la pareja de biólogos suecos los que nos dicen a qué especie pertenecen por la forma del resoplido y por la manera que tienen de salir a la superficie, apenas mostrando la parte superior del lomo de su descomunal cuerpo y su pequeña aleta dorsal. Nunca llegan a acercarse al barco y permanecen cerca de la costa, por lo que no tengo la oportunidad de observarlas de cerca, pero aún así el espectáculo es maravilloso. Se ven nubecillas por todas partes, decenas de ellas que intento fotografiar, pero no es fácil al tener que utilizar el zoom y desvanecerse rápidamente, aunque alguna foto consigo.

El Leviathan de los mares, el mayor ser que jamás haya poblado nuestro viejo planeta se ha dejado ver y ha venido a visitarnos en la bahía de Ana Pink.

Poco después del espectáculo de las ballenas, cuando ya estamos en plena cena, el barco vira a babor en el extremo de la Península Skyring y empieza el bailoteo del mar abierto. El tiempo sigue frío, más frío ahora pero en calma, y a lo lejos se ve la franja más oscura del frente que se aproxima. Al dejar la protección de los canales, las grandes olas del oeste del Pacífico Sur someten al barco a un mar de fondo de través que causa algunas bajas entre el pasaje reunido en el comedor, que poco a poco va retirándose a sus camarotes.

Hacia las 23:00h el frente que predijo el Capitán está encima de nosotros. Estamos a 47° latitud sur y todavía hay claridad. El viento ha subido, la temperatura ha bajado algo más y cae una lluvia fina  y persistente. Me doy una vuelta por las dos cubiertas y no se ve un alma, el Amadeo I parece ahora un barco fantasma navegando entre la bruma, y decido que es buena hora de volver al calor de mi litera y terminar el día.

Amanece el tercer día de navegación y el tiempo continúa nublado y chispeando. Hace una hora que volvimos a entrar en el sistema de canales después de navegar a través del golfo de Penas toda la noche, y la calma ha vuelto. El Amadeo I navega de nuevo en el laberinto de las aguas protegidas del canal Messier y el comedor vuelve a estar lleno para el desayuno. Fuera se suceden las pequeñas islas montañosas cubiertas de bosque y vegetación, ahora envueltas por la persistente bruma, dando a todo el entorno un aspecto de película de Parque Jurásico.

Pasamos junto a un naufragio de 1966. Según nos cuenta un oficial es un barco de bandera griega que transportaba azúcar a Chile y embarrancó por una fuerte corriente que le hizo salirse fuera del canal y acabar encima de un arrecife. Aquí sigue, oxidándose lentamente, marcando el extremo sur del canal de Messier, testigo mudo del paso del Amadeo I.

Poco después nos adentramos en los “English Narrows”, un pasaje estrecho y de poco calado que requiere la total atención de los oficiales, así que nos piden que guardemos silencio a aquellos que estamos en el puente observando la maniobra.

El Capitán modera la máquina y va cantando los nuevos rumbos y los grados de caída a estribor o babor al timonel, que repite la cantinela mientras maneja el timón. El Amadeo I va sorteando los bajos marcados por balizas amarillas con un aspa encima, verdes, rojas y balizas de alineación. En una de las pequeñas islas que sorteamos a estribor hay una figura de la Virgen del Carmen, patrona de la gente de mar, y al pasar junto a ella el Capitán presenta sus respetos tocando tres pitidos largos en la bocina del barco.

Un par de horas después del estrechamiento del canal vemos por la proa una gran antena de comunicaciones, y al acercarnos aparece una pequeña comunidad alrededor. Es Puerto Edén, la única escala del recorrido que marca además la mitad de nuestro viaje.

Para cuando fondeamos en Puerto Edén el tiempo ha empeorado mucho. Son las 13:00h, hace 5°C y cae agua nieve. Aquí no hay puerto, así que toda la maniobra de carga y descarga se hace fondeado. En cuanto el ancla del ferry está firme, empiezan a llegar al costado botes y pequeñas embarcaciones, que como hormigas desembarcan a algunos pasajeros y cajas de madera, y embarcan a cuatro o cinco personas más. En total la operación dura una hora y media, después de la cual el ferry iza el ancla, maniobra y se pone de nuevo a rumbo por el canal.

Puerto Edén está realmente aislado. Rodeado por montañas nevadas que apenas se ven bajo las nubes, a 5°C y cayendo agua nieve en pleno verano, la gente se las arregla para vivir y soñar aquí, y yo me alegro de haber venido hasta Puerto Edén  para verlo, de estar donde estoy y de hacer lo que hago.

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