Curro Prieto 23 Nov 2016

Dulce tragedia en Torres del Paine

Aquel fue el día en que de verdad tuve que aprender a adaptarme a cualquier situación.

Y comenzó de la peor manera posible. Resulta que yo, en mi infinita sabiduría, había olvidado cambiar la hora de mi móvil a la zona chilena y el día antes de la expedición prevista puse el despertador a la hora acordada con la agencia, las seis de la mañana, y claro, debido a la diferencia horaria y ante la mirada atónita de algunos pasajeros, el móvil comenzó a sonar ya en el autobús, dos horas después de que el conductor llamara a la puerta de mi casa en Punta arenas, con cara de circunstancias, increpándome el hecho de que llevaban ya quince minutos esperándome afuera y con un vehículo lleno de gente. El joven Curro, con la cara más repleta de legañas que probablemente se haya visto y con el corazón a mil por la sorpresa que conlleva el despiste, preparó el petate y se unió a la marcha.

Pese al controvertido comienzo de la aventura, aquel día prometía ser especial, me disponía a conocer una auténtica maravilla conocida como Parque Nacional Torres del Paine. Salimos desde Punta Arenas, la carretera fue apareciendo ante los primeros rayos del alba y por fin el frío se hizo también visible. Nos dirigíamos al sur del mundo y no cabía esperar otra cosa que inclemencias meteorológicas. Nuestra primera parada sería en la Cueva del Milodón, un lugar descubierto en 1895 por Hermann Eberhard, en el cual se dice que habitaba un extraño animal ya extinto. Tras una parada para desayunar en Puerto Natales llegamos a la cueva. La nieve irrumpió de pronto en nuestro camino y nos vimos obligados a refugiarnos. El lugar era enorme y muy profundo. Según nos contó la guía, aquel lugar surgió a raíz de la erosión glaciar, la cual al derretirse dejó hendiduras tales en las montañas.

foto-milodonRe-emprendimos el camino. Esta vez nos disponíamos a conocer el interior del auténtico parque, la verdadera maravilla del mundo. Pasamos por la caseta principal para pagar la entrada por unos 12.000 pesos y a partir de ahí comenzó la inolvidable lluvia de paisajes. Mientras atravesábamos las solitarias carreteras del fin del mundo podía ver a través de mi ventana como dejaba de nevar haciéndose visible el horizonte en su máximo esplendor. Las montañas y los lagos, la árida y fría llanura, los copos de nieve que descansaban agrupados sobre las copas de los árboles y yo, con la boca abierta, contemplando la pintura más bonita que se había creado desde el interior del autobús. De repente, a un lado de la carretera, como de la nada, apareció una manada de guanacos salvajes que andaba pastando a sus anchas en los bastos campos del Paine.

foto-con-guanacos-1foto-con-guanacos-2Nuestro conductor que a pesar del disgusto inicial, era un tipo estupendo, nos prometió parar a cada suceso o vista interesante que se diera en el camino, así que bajamos y nos pusimos a sacar las correspondientes fotos con los animales que nos observaban como esperando un movimiento brusco para salir huyendo. Unos minutos después, hartos de disparar cientos de fotografías, ocurrió el gran desastre, se dio el frío momento crítico en el que mi cámara, la cual lleva acompañándome casi tres meses por el continente sudamericano, decidió morir desde ese instante y hasta el final del viaje. Estaba rota. Claro, me vi obligado a ilustrar la cara que se me quedó.

ilustracion-la-cara-que-se-me-quedoAnte a este enorme contratiempo me quedaron dos opciones, lamentarme o tirar para adelante con lo que tenía. Y eso hice. Volvimos a la van y continuamos el recorrido. Íbamos a contemplar algunas de las vistas más bonitas que se han visto y aún no lo sabíamos. Durante una media hora avanzamos dejando atrás cascadas y lagos bellísimos ensombrecidos por medianas montañas, los flamencos salían volando en formación cuando nos veían pasar y en lo más alto, como observando la totalidad de sus dominios, apareció un gigantesco cóndor, planeando, subiendo, bajando, suspendido en el aire como símbolo inequívoco del lugar. Era impresionante. Pasaron los kilómetros y de repente las criaturas nos hicimos minúsculas ante Los Cuernos del Paine, las cimas más imponentes que he presenciado se reflejaban con fiereza en el agua. Imaginé una y otra vez que las escalaba centímetro a centímetro. Sentí un escalofrío. La experiencia era absolutamente sensorial, el silencio jugaba a favor del entorno y los que observábamos aquello no podíamos explicarnos en qué momento la naturaleza puso tan lejos algo tan bello. Para terminar la jornada pude tener el enorme placer y asombro de conocer el lago y el glaciar Grey. Un enorme glaciar que visto desde donde yo estaba se hacía pequeño. A las orillas del lago llegaban los desprendimientos de este enorme helado. La Octava Maravilla del Mundo, coronada gracias a las opiniones de la gente entre otros 300 lugares mágicos del mundo, y ahí estaba yo.

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Mi último destino en Chile. Al que tendré que regresar. Yo tan sólo pude hacer un tour por la zona pero hay muchas otras opciones que podrían interesaros. Puedes acampar u hospedarte en refugios u hoteles, depende por supuesto del precio que estéis dispuestos a pagar. En mi opinión el lugar exige una libertad que con un tour no se tiene, por ello si algún día pudiera regresar seguramente alquilaría una van o me decidiría por acampar. Debe ser increíble tener unas vistas como esas al abrir los ojos por primera vez en el día y preparar una taza de café bien caliente. Ese espectáculo es mucho mejor que las noticias de la mañana en la televisión , ¿no creéis?

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Mi TOP 3 recomendaciones 

Dinnos Pizza: fue poner un pie en Punta Arenas y mi querido amigo Miguel, del que hablaré más adelante, me propuso ir a probar su pizza favorita de la ciudad. Carne picada, jamón y extra de queso frente a mi. Una Fanta por favor. En la calle Gobernador Carlos Bories había dos personas concentradas y satisfechas. Volví al día siguiente solo para confirmarlo: ¿estaba igual de buena que la recordaba? Así era. Tenía por nombre Empapizza, 4.000 pesos era su precio, si regreso serás de nuevo mía.

Sky bar en Hotel Casino Dreams: también cortesía de mi amigo, la primera noche salimos a conocer la vida nocturna de la ciudad y uno de los lugares que más me gustaron fue este. En el piso once del edificio más alto de Punta Arenas se encuentra el Sky bar, un lugar perfecto para tomarse una copa tranquilamente durante la noche o para disfrutar de un aperitivo contemplando el estrecho de Magallanes en todo su esplendor. Un lugar selecto además de muy bien diseñado y ubicado. Merece la pena conocerlo.

Hotel Lago Grey: un lugar increíble para reposar durante una noche en Torres del Paine. Frente al lago y el glaciar que le dan nombre y custodiado por el imponente macizo del Paine, este alojamiento es un gran punto de partida para diversas excursiones dentro del parque. Por lo que pude ver hay un tipo de habitaciones superiores y otras standard, donde las segundas son el estilo cabaña que a mi más me atrajo. Muy buena opción para vivir el parque desde dentro. Despertar con el lago a tus pies es un auténtico lujo, que lógicamente, también se paga: las más caras cuestan 399 dólares y 290 las más baratas. Lo que son unos 237.000 pesos y 175.000, respectivamente.

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