Iris Rangil 30 May 2017

Descubriendo la increíble hospitalidad argentina

El primer motivo por el que la gente de Argentina me robó el corazón fue su saludo. Porque no existe otro país en el que se dé un sólo beso en la mejilla y un abrazo tan cálido para presentarse.

Lo segundo, es esa confianza extra que te brindan mediante el acto de compartir el mate. Te ceden ese vasito característico (porongo) con su pajita de metal (la llaman bombilla) y se va pasando entre un grupo de gente sin tener que lavar la boquilla. Es una linda costumbre cultural que invita a la gente a conversar y unirse, y lo mejor es que no es apto para escrupulosos (si tú eres escrupuloso, visita Argentina ¡y deja de serlo!).

Lo tercero, escuchado de boca de gente local, es que nunca hará falta avisar de la intención de visitar a cualquier amigo, porque los argentinos son anfitriones excepcionales dispuestos siempre a abrir las puertas de sus casas.

Así podría seguir durante horas, enumerando y describiendo razones por las que he perdido la cabeza por este bello país y su pueblo, pero en realidad hoy necesito explicaros con historias más específicas y personales lo increíblemente hospitalaria que es la gente en Argentina y cuán sencillo es encontrar una “familia adoptiva” aquí.

Además, creo que esta es la mejor manera de dar las gracias, aunque me sienta en deuda infinita con quienes me han recibido con los brazos abiertos, y con esta cultura que me está haciendo aprender y cambiar tanto.

Unas semanas antes de aterrizar en Buenos Aires, Paloma, una amiga que sólo conocía a través de internet y con la que conecté a través de proyectos anteriores a este de LATAM, me invitó a hospedarme en su casa. Éramos “desconocidas”, aunque ya sabíamos que compartíamos un montón de intereses, y aún así me esperó con una sonrisa en el punto de la ciudad en el que nos encontraríamos para llegar hasta las puertas abiertas de su hogar.

Lo que encontré allí no fue sólo a una artista porteña (gentilicio usado para las personas de Buenos Aires) y un lugar donde dormir (que no era poco), sino que me presentó a mi primera familia argentina. Sonia y Reinaldo, sus padres, me recibieron y acomodaron en la casa. Dos días después, Paloma se marchaba a Brasil de vacaciones. Para entonces la conexión con todos ellos había sido tanta, que me invitaron a quedarme hasta que tuviese que partir de nuevo, con destino a El Calafate, Patagonia.

Sonia, con su vitalidad, optimismo y su sonrisa perpetua se convirtió en mi mamá argentina. Con ella compartí confidencias, alegrías, penas, canciones, lágrimas y muchísimos abrazos, todos rebosantes de sensaciones buenas y sobre todo, llenos de sinceridad.

Reinaldo se dibujó en mi mente como ese tipo de padre argentino que yo imaginaba pensando en las películas de Ricardo Darín (actor famoso de Argentina) que habla alto en la mesa, con mucha honestidad, duro y con un humor particular, pero escondiendo un corazón y una nobleza que no le cabe en el pecho. Cada noche, cenando, yo pensaba en ese cliché de las películas y por dentro me reía al sentirme protagonista de una de ellas, además lo visualizaba como si estuviese sucediendo en blanco y negro.

Nunca tendré palabras suficientes para agradecer cómo me adoptaron en su casa durante todos los días que me quedé en Buenos Aires, incluso habiéndose marchado Paloma, que era la persona “que me conocía”. Me dieron una llave y me ofrecieron total libertad, confianza absoluta y sobre todo, muchísimo cariño. Reinaldo no paró de enseñarme expresiones argentinas (todo un nuevo lenguaje), y Sonia me mostró, muchas veces con un simbolismo no verbal, la fortaleza de la mujer argentina y me hizo conocer todas las trabas que la mayoría de las familias tuvieron que soportar en los tiempos de crisis económica, sobre todo en el año 2001. Creo que no tuve tiempo de decirle suficientes veces cuánto llegué a admirarla mientras me iba revelando todas las historias de su vida.

Me marché de Buenos Aires pensando que me había topado con algo raro y excepcional, y aunque sin duda este último adjetivo describía fielmente a Paloma y al resto de su familia, pronto me di cuenta de que la cercanía y calidez del pueblo argentino es una norma común (o al menos, yo he tenido muchísima fortuna con la gente que me he ido encontrando).

Seguí el camino por la Patagonia Argentina, me fui topando con más sonrisas, amabilidad, generosidad, cariño. Volé de El Calafate a Bariloche, mi último destino en esta aventura con LATAM, y me encontré a la familia de Sebas, y a la familia de Estela.

Sebas, otro papá argentino, con su mujer, Andrea, y junto a sus dos hijos, Nacho y Valentín, me abrieron las puertas de su camping (http://www.campingloscoihues.com.ar/) y de su vida (os hablaré de Bariloche en el siguiente post, ya que se ha convertido en mi tercer hogar del mundo). Fue curioso descubrir que, su carácter, era muy similar al de Reinaldo. ¿Serán todos los papás argentinos así o en mi vida hay demasiadas coincidencias?

En la recepción del camping me encontré a Lucas, otro chico de Bariloche que un día invitó a su madre a cenar. Si existen flechazos entre madres e hijas de no sangre, esta sería la mejor manera de describir la conexión que tuvimos. Estela también me abrió las puertas de su casa, con ella compartí algunas de las conversaciones más largas de mi vida y aprendí que jamás es tarde para ser valiente, disruptiva y libre. En ella encontré a una mamá más de mi viaje, a una amiga increíble, a una música talentosa, a otra mujer fuerte e inspiradora.

Tania, Néstor y Alma se convirtieron en una más de mis familias argentinas. Me los encontré en el mismo lugar, en Bariloche, y con ellos compartí momentos de complicidad y música increíbles. Acabé por cerciorarme de que, definitivamente, en este país la gente es poseedora de una generosidad y hospitalidad que no ha parado de sorprenderme desde que llegué, y les visitaré dentro de unas semanas en Mendoza.

Y así podría continuar, escribiendo sin parar durante días, nombrando a personas que me han ofrecido su casa y su cariño, pero no tendría sentido porque si has llegado hasta este punto del post, ya debes estar haciendo planes para llegar aquí y poder experimentarlo por ti mismo.

Argentina es un país con el que se puede llegar de corazón vacío pero del que no se puede salir sin el corazón lleno. Lleno de todas ellas. De las familias adoptivas que encontrarás por el camino.

Crucé la frontera diciendo que me quedaría un mes. Acabo de renovar la visa de Turista, que se vence a los 3 meses. Sé que no soy la única, y sé que por algún motivo especial, la gente permanece.

Por mucho que se escriba y se intente explicar, la única manera de entenderlo es venir a saludar a alguien con un beso y un abrazo. Ahí empieza todo.

Así empezó todo.

Y os cuento un último secreto: Seguramente, no pueda marcharme nunca.

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