Gabriel Huete 31 Ene 2014

De vuelta al Trópico

Las calles de Punta Arenas están desiertas a las tres de la mañana y el taxi tarda apenas media hora en dejarme a las puertas del aeropuerto Presidente Carlos Ibáñez. Como en ocasiones anteriores el trámite de facturación y check-in es rápido y todo son sonrisas en el mostrador de LAN Chile. Siempre me hacen creer que soy un pasajero especial y me gusta su trato cercano y eficiente.

Una vez facturado miro el reloj y veo como me vuelven a sobrar dos horas hasta la salida de mi vuelo, LA 96E a Santiago, así que me voy a la librería del shopping del aeropuerto y me pongo a ojear un mapa de Chile.

El avión es un invento increíble pero a veces tengo la sensación de que te arranca de una realidad para plantarte en otra totalmente distinta, sin contemplaciones. Llevo dos meses viajando por el sur de Chile, desde el sur templado de Temuco, donde empecé mi periplo, hasta el sur helado del canal del Beagle. Y hoy, en cuestión de unas pocas horas, me plantaré al norte del Trópico de Capricornio, en San Pedro de Atacama, exactamente a 5.206 km de Puerto Williams, donde estaba ayer.

Pero la distancia en sí no marca tanto la diferencia como lo hace la latitud y al mirar en Google Earth la zona de Atacama veo que se acabaron los bosques, y los colores verde y blanco se sustituyen por rojos, ocres y amarillos. Supongo también que se acabó el frío, y que me podré liberar de las cuatro capas de ropa que he llevado casi permanentemente encima de mí durante el último mes, y reencontrarme de nuevo con mi más que blanca piel.

El Airbus A320 nuevecito de LAN recorre las 2.500 millas hasta Santiago en tres horas y media, y tras una breve espera en el aeropuerto, tomo mi conexión LA 158E, que hace el trayecto hasta Calama en una hora y cuarenta minutos más.

Aterrizar en Calama me traslada a mi nueva realidad y me pone en perspectiva de cómo va a ser el área que recorreré durante el próximo mes. La primera visión del desierto del altiplano me impresiona. Yo no estoy acostumbrado a los desiertos, y en Europa no abundan. Únicamente hace algunos años, cuando viví entre Lanzarote y Fuerteventura durante una larga temporada, tuve una pequeña inmersión sobre cómo es la vida sin agua, y ya entonces aprendí que a pesar de las apariencias, los desiertos esconden una increíble diversidad y numerosas caras que a simple vista no se perciben, y que dependen de factores muchas veces sutiles como el cambio en la dirección del viento durante unos cuantos días.

Calama para mí no es un pueblo, ni tampoco una ciudad pequeña, y no sé si alguna vez llegará a tener aquello que se necesita para que una agrupación de hombres se transforme en una verdadera comunidad. Calama es más bien un gran campamento minero. Diseñada por y para la minería del cobre, todo cumple su función aquí: las casas son unifamiliares y copias al carbón las unas de las otras; los coches son todos Pick-up todoterreno de color rojo con un número grande en el costado y una gran antena de radio en la parte de atrás de la caja; los supermercados, las tiendas… todo diseńado para satisfacer la industria que genera el 30% de la riqueza del país, el mineral de cobre.

Me quedo en Calama el tiempo necesario para esperar al próximo autobús a San Pedro de Atacama, es decir dos horas. Y al marcharme me da por pensar que a lo mejor he sido un poco injusto con el campamento minero, y que de haberme quedado unas horas más, pudiera haber descubierto que Calama también tiene su corazoncito. Pero en realidad la minería del cobre no me interesa lo más mínimo, y tengo unas ganas locas de llegar a San Pedro y darme una ducha.

El bus de Calama a San Pedro tarda poco más de una hora en llegar, y durante los 120km del trayecto alucino con el desierto. No puedo dejar de mirar por la ventanilla, y sin embargo todo parece igual: una llanura inmensa desprovista de vegetación y en varios tonos de ocre, con la silueta confusa de los Andes allá a lo lejos, cubiertos con una calima que los desdibuja y difumina, y el efecto plateado de agua provocado por el calor que desaparece según te acercas. De la carretera principal se desvían a izquierda y derecha caminos sin asfaltar con carteles como “Mina San Manuel”, “Mina Gabriela”, “Mina el Salvador”, que se pierden en la inmensidad del paisaje.

De alguna manera siento la misma fascinación mirando al desierto que la que siento mirando al mar lejos de cualquier costa: la fascinación que me provocan los espacios infinitos aparentemente monótonos e inmutables.

San Pedro de Atacama es un oasis en la altiplanicie andina en todos los sentidos. Mejor dicho, es un conjunto de pequeños oasis a 2.450 m de altitud formado por el drenaje de los ríos San Pedro y Vilama, que generan una zona húmeda y limitada que permitió el desarrollo de asentamientos humanos al posibilitar la agricultura. Al contrario que Calama, San Pedro no tiene nada de artificial: hace más de 12.000 años que vive gente aquí.

San Pedro es un oasis de vegetación, de agua y de gente. Llego en plenas fiestas de la Virgen de la Candelaria y el pueblo está abarrotado de turistas, comparsas de música y desfiles de disfraces con motivos fantásticos -muchos me parecen alegorías de figuras diabólicas-, aunque también veo gente disfrazada de oso polar y la verdad es que no entiendo nada, no encuentro la relación de una cosa con la otra, pero a mí me da igual y me uno al jolgorio general. Y a pesar de necesitar descanso y ducha con urgencia, me paso un par de horitas paseándome por el precioso pueblo de adobe y paja que es San Pedro de Atacama.

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Un comentario en
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