Curro Prieto 26 Oct 2016

Los cinco mejores momentos en Perú

Lo que vais a leer no son más que mis más profundas y sinceras recomendaciones y agradecimientos, si algún día viajáis hasta Perú, completad una de estas cinco experiencias y os aseguro de todo corazón que vuestro viaje habrá merecido la pena. Estas palabras conformarán la imaginaria de la ilustración final con la que se resume el viaje por un país de aventura total. 

  1. Subirme por primera vez a una tabla de surf en Lima.

Había muchísimas cosas por aprender en este viaje. Tenía miles de actividades pensadas y el tiempo era menos del necesario para llevar a cabo todas las que se me pasaban por la cabeza. De eso me daría cuenta más tarde. Algo si tenía claro, quería meterme al agua subido a una tabla y sentir como me arrastraba una ola. Pues bien, lo primero que hice fue irme al barrio de Miraflores, en Lima, a buscar escuelas. A pesar de que no conseguí coger la ola de la mejor manera, sólo el hecho de estar recién llegado en un sitio tan nuevo y remoto e ir directo a cumplir mi gran meta, me llenó de un orgullo que hizo de la diversión y de la sensación de aventura unas potencias mucho mayores.

En Ozono Surf School, la escuela que me vio intentarlo por primera vez, me trataron de lujo y además de darme el primer empujón me hablaron de la historia del lugar y de cómo arrancó la cultura del surf en el Perú. Mi profesor, Jara, me contó acerca de los pintorescos caballitos de totora: unas viejas embarcaciones donde los antiguos pescadores de la costa de Trujillo aprovechaban las primeras corrientes para cabalgar sobre el mar. Cuando yo mismo pude, durante unos pocos segundos, como los antiguos y los nuevos cazadores de olas, pararme sobre la tabla, sentí tal entusiasmo que conforme llegué a mi hostel al terminar el día me puse a buscar el siguiente punto de mi viaje en el que poder practicar este emocionante deporte: Brasil fue el lugar escogido. Cuando llegue el momento sabréis si fui capaz de completar mi visión y firmar con mayúsculas la consecución de un sueño.

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  1. Tomar una cerveza frente a la catarata Gocta en Cocachimba.

He tomado buenas cervezas en este viaje, lo reconozco, menos de las que querría, pero en lugares más bellos de lo que jamás habría soñado. Bien, pues la más sabrosa que recuerdo fue una riquísima artesana dorada que me sirvieron frente a la tercera catarata más alta del mundo. Que fría estaba, que color tenía y después de aquella interminable caminata, de que manera se deslizó suavemente por mi garganta hasta revivirme como si de una poción mágica se tratase.

El proceso fue el siguiente, tras todo el día andando para observar aquel milagro de la naturaleza llegué al pueblo de Cocachimba donde me esperaba el increíble Gocta Lodge, un hotel de lujo con unas vistas increíbles. Allí les hablé de Destino Sudamérica y estuvieron encantados de mostrarme sus instalaciones. Después de observar aquel lujoso espacio, me invitaron a darme un baño y a tomar un poquito de líquido dorado que por supuesto acepté. La postal era digna de museo y yo estaba en una nube. Esta imagen ha quedado guardada en mi memoria para siempre. A ti, que estás pegado a esa pantalla en estos momentos, si algún día por cualquier motivo de la vida aterrizas en ese maravilloso país, acércate a descubrir lo que te estoy contando. Tú, tú y tú. Todos seréis testigos de un momento único. Recordad mis palabras cuando el sol se esconda entre las montañas y deis un último trago a vuestro vaso. Seguramente se os dibuje una sonrisa, a mi me pasó.

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  1. Nadar con los increíbles lobos marinos en las Islas Palomino.

Esta es de lejos una de las experiencias más increíbles de mi vida, no sólo del viaje. El acercamiento a la vida animal tiene algo de misterioso que genera una sensación de una intensidad atronadora. Cuando me hallaba en el agua, rodeado de todos esos seres tan distintos a mi, pude comprender que la curiosidad era mutua. Eran enormes y eran muchos y yo me sentía minúsculo ante tal espectáculo.

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Tengo que hacer un especial llamamiento a toda aquella persona que alguna vez haya viajado a un lugar totalmente ajeno y haya seguido un libro a rajatabla. Yo conseguí un recuerdo para toda la vida por cambiar mi idea, mi destino, mi objetivo, a raíz de la opinión de otra turista que conocí durante el City Tour de Lima y que venía de visitar las Islas Palomino. Una conversación de cinco minutos que desembocó en una experiencia inolvidable. Hay ocasiones en las que dar un giro de 180 grados puede ser positivo, y en los viajes no se puede seguir siempre la misma opinión. Improvisa, decide, cambia de rail, baila con la melodía de tu viaje. No siempre suena igual, sigue el ritmo y disfrutarás de una canción hecha a tu medida. Una canción llena de altos y bajos, llena de momentos cero y de momentos diez, pero completamente saturada de emociones y de sorpresas que jamás vas a olvidar. Ya lo sabes, está en tu mano.

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  1. Atardecer rojo en Huanchaco.

Soy un loco amante de los atardeceres, eso es una auténtica realidad y aunque de este momento del viaje no había hablado en otras ocasiones, fue para mi un instante muy especial. Tras Lima, que sin ser tan gris, no dejaba de serlo, y después de haber pasado por la fría Huaraz, aterricé en Trujillo. A través de Airbnb me hospedé en casa de una familia peruana que vivía en la costa, en una hermosa playa conocida como Huanchaco. Ese lugar me abrazó.

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Con aquella familia me sentí muy a gusto y en aquel paraje no podía más que disfrutar. Mar, largas playas de arena fina y olas perfectamente orquestadas y recorridas por gente sobre sus tablas que pasaban horas entrenando en el agua. La imagen era bella, pero nunca tanto como aquella tarde.

Atardecía. Yo volvía de comprar algo de cena y de repente el sol cambió de color de un momento para otro, todo se volvió de un rojo hipnótico que me obligó a correr hacia la orilla de la playa para poder captarlo. Me senté y observé. La gente seguía haciendo surf y paseando por la costanera y yo, que no llevaba mucho tiempo en el viaje, me sentí como en mi casa por primera vez. Nunca lo olvidaré.

  1. Llegada mágica a Machu Picchu.

Como olvidar el gran momento. Todo sacrificio engrandece una meta y aquella mañana fue un verdadero reto remontar la montaña que nos separaba de nuestro objetivo. Quedé horas observando la maravilla sin articular palabra, paseaba por allí pensando en lo inaudito del lugar y en cómo era posible que yo estuviera presenciándolo. Me sentía orgulloso de haber llegado hasta ahí.

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Orgullo que he querido representar en mi ilustración. Para ello he utilizado todos los mejores momentos y curiosidades de Perú, he intentado mostrar de que modo viví aquel mes y que momentos y lugares me cautivaron por encima de otros. Dedicado a las montañas y los ríos, a los mares y los océanos. A la selva con sus bosques y a a los bosques con sus plantas y animales. A los monos, a los osos perezosos y a las llamas, a las grandes explanadas de interminables colores, al verde, al rojo, al azul, al blanco y al amarillo, al sol y a las nubes, a los edificios y a las casitas. A todo lo que me ha hecho cambiar de algún modo, a los peruanos, a todos los viajeros que he conocido, a los hostales que he visitado, a todo lo que me ha regalado una historia que contar y a los bares donde me he sentado después de un día distinto al anterior y al siguiente a tomar un pisco. A la comida. Al pollo y al arroz, al juane, a la cocona, a la cecina, al arroz de nuevo y al cuy. Al ceviche. A cada una de las cosas que me acompañaron sin saberlo, a todos los olores y sabores. Y por supuesto, a vosotros que me habéis leído y que me habéis dado vuestros ánimos día y noche.

Gracias.

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