Gabriel Huete 10 Ene 2014

Chaltén: la montaña que fuma

Hace unos días, cuando fui a visitar el Parque Nacional Bernardo O’Higgins y me acerqué hasta sus dos glaciares, el Balmaceda y el Serrano, me pasó algo que hacía tiempo no experimentaba: quería más.

Llevo años viajando, y aunque incluso a mí me parezca raro, nunca hasta entonces había visto un glaciar. Y es que he pasado mucho tiempo en los trópicos, casi siempre navegando, enamorado de los océanos del mundo y los barcos de vela, pero nunca había viajado a las altas latitudes. Con la excusa de vivir en un eterno verano, me doy cuenta que sólo en muy contadas ocasiones me he aventurado mas allá de los 40°N-40°S.

Quizás como dice Serrat porque nací en el Mediterráneo o quizás un poco intimidado por el frío, pero el caso es que este mundo de glaciares y montañas de hielo me es extraño y ajeno, tanto que ahora me siento profundamente atraído por él, y quiero más.

Aquí en Puerto Natales ya no puedo seguir esperando a que el tiempo cambie, así que sin poder resistirme, y dado que estoy relativamente cerca, me subo en un autobús con todos mis bártulos y me meto entre pecho y espalda siete horitas hasta El Chaltén, en Argentina.

Mi intención ahora es visitar dos lugares icónicos en este mundo de montañas y hielos eternos: el monte Chaltén o monte Fitz-Roy y su vecino el cerro Torre, ambos en el Parque Nacional los Glaciares en el pueblo de El Chaltén, y el mítico glaciar Perito Moreno cerca del pueblo de El Calafate.

En el autobús de Punta Arenas a El Chaltén me siento al lado de Alejandro, un chaval chileno que va cojeando con un pie vendado. Le pregunto y resulta ser uno de los accidentados de hace tres días en Torres del Paine. Me cuenta que se saltó la norma del parque de no caminar solo, y que durante un tramo del recorrido una racha de viento le sacó literalmente volando del camino y le estrelló contra una roca, sin romperle nada pero dándole un fuerte golpe en un muslo. El mismo día más tarde se vio envuelto en un desprendimiento provocado también por el viento, y una roca le alcanzó el pie y le rompió tres dedos. Para cuando llegó a la caseta de los guarda parques al día siguiente, el roce de la bota le había infectado la herida y le llevaron directamente al hospital para curarle y ponerle en antibióticos. Ahora viaja conmigo al Fitz-Roy porque también quiere más.

Cruzamos la frontera por el paso Dorotea detrás del cerro del mismo nombre,  en honor a una de las hijas de Hermann Eberhard, el alemán ex marino mercante y primer colono de estas latitudes, a tan sólo 25 km de Puerto Natales. Poco después el tiempo y el paisaje comienzan a cambiar. La frontera Argentina se llama Mina I, y algo después de pasarla, el cielo comienza a despejarse, la temperatura a subir y el paisaje a ser claramente más seco. Pronto estamos cruzando a través de la pampa argentina: terreno llano hasta donde la vista alcanza, vegetación de matorral bajo agostado por la falta de lluvias y un cielo azul pálido como el color de su bandera.

El paisaje ya no vuelve a cambiar. Hago varias fotos tres horas después y son exactamente iguales a las que hice trescientos kilómetros antes. En cierta forma me impresiona, es como un desierto de matorral, sin casas ni ningún otro tipo de construcción, tan sólo una línea de alta tensión que corre paralela a la carretera y una valla infinita que cerca todo el terreno. Y me pregunto, ¿por qué vallar un desierto y de quién,  si por allí no se ve un alma?.

El Chaltén

Después de recorrer horas y kilómetros de pampa, de repente y como surgida de la nada se empieza a ver, a lo lejos, la cordillera de los Andes y sus picos nevados. Pasamos a orillas del lago Viedma con el glaciar del mismo nombre, el más grande de la zona, más aún que el Perito Moreno, si bien ni con mucho tan espectacular, y unos pocos kilómetros más allá un cartel de madera al lado de la carretera nos da la bienvenida a El Chaltén.

El Chaltén es un pueblecito que en temporada baja no debe de tener más de 5.000 habitantes. Pero en primavera y verano multiplica su población con los visitantes al parque nacional y sobre todo los escaladores. Parece que el pueblo está en pleno periodo de expansión, y hay casas a medio construir por todas partes. La mayoría de los negocios aparentemente parecen recién estrenados y son casi sin excepción de alguno de estos cuatro tipos: restauración, alojamiento, tiendas de escalada y material de montaña y agencias de viaje/aventura.

Me doy un paseo por el centro de interpretación del Parque Nacional Los Glaciares y me hago con los mapas de los senderos que quiero patear en los próximos días, así como información sobre la geología, fauna y flora del entorno. El parque tiene 724.000 Ha, una extensión enorme, con más de 180km de norte a sur. Es Patrimonio de la Humanidad desde 1981, y tiene dos zonas, la norte en torno al lago Viedma con El Chaltén como localidad cercana de referencia, y la zona sur en torno al lago Argentino y con El Calafate como localidad asociada.

En los dos días siguientes hago un par de caminatas a dos de las montañas más importantes en el mundo de la escalada, dos moles de granito que se pasearon por mi mente y mis sueños cuando siendo un adolescente me subía al “Yelmo” y al “Pájaro,” en La Pedriza, para hacer escalada en roca con mi hermano Mario. Son el Fitz Roy de 3.405m, llamada Chaltén (“El cerro que fuma”) en mapudungún, la lengua de los mapuches, y que fiel a su nombre mantiene su cima cubierta con una nube que se renueva constantemente, casi por arte de magia, sin desaparecer nunca. El otro es la aguja del imponente Cerro Torre de 3.102m, con su último tramo permanentemente cubierto de un casquete glaciar y que hace de su escalada mixta granito/hielo una de las más exigentes del planeta.

Durante dos días casi no hablo ni veo a nadie, he venido aquí a estar solo con mis montañas, ellas y yo, y ni necesito ni quiero nada más.

El Perito Moreno

Dos días después vuelvo al autobús y me hago 200km en dirección sur hasta El Calafate por la Ruta 40, que nace en La Quiaca, en la frontera con Bolivia, y termina 5.301km después en el cabo Vírgenes, al sur de Argentina, cerca de Río Gallegos.

Aquí todo es lo opuesto a El Chaltén. El Calafate, desde mi punto de vista, es una localidad totalmente artificial, nacida como parte de la infraestructura necesaria para visitar el glaciar más renombrado del mundo, el Perito Moreno. Su calle principal es puro “shopping” y ya no tiene nada más a excepción de hoteles, restaurantes y cientos de turistas diarios. La visita al glaciar de los glaciares tampoco es libre. Básicamente no me queda otra que ir en una excursión organizada en un autobús lleno de gente, pagar 13€ de entrada al parque y pasearme por las pasarelas habilitadas frente a la lengua del glaciar durante tres horas, para seguidamente volver al bus y hacer los 80km de vuelta a El Calafate.

Aún así, el hacer de turista por un día bien merece la pena porque el Perito Moreno es un ser vivo colosal y enormemente hermoso. Durante las tres horas que me dejan, lo miro desde todos los ángulos y perspectivas posibles que me permiten las pasarelas. Incluso represento hasta el final mi papel de perfecto turista y pago 12€ más por un paseo en un barco abarrotado que se acerca hasta su cara sur.

El día es el típico día del verano patagónico: nubes y cielo azul, lluvia y sol, viento enfurecido seguido de calma chicha, frío cuando se nubla y viento y calor cuando sale el sol. En resumen, un día perfecto para presentar mis respetos al gran ser de hielo y poderlo contemplar bajo todas las luces y fenómenos atmosféricos.

Las fotos hablan mejor que yo, pero antes de despedirme por hoy, aquí van algunos datos del Leviathan de los Andes:

Remanente de la última glaciación hace 20.000 años, nace en las alturas andinas del Campo de Hielo Sur, la tercera mayor masa de hielo después de la Antártida y Groenlandia, junto con los glaciares Upsala, Viedma, Mayo, O’Higgins, Grey y algunos más tanto de Chile como de Argentina. Se extiende por una longitud de 30km desde su nacimiento hasta su fin en el Lago Argentino. El extremo de su lengua al llegar al lago mide 5km de largo y tiene 60m de altura, moviéndose a una velocidad media de 2m/día. Su profundidad máxima en su nacimiento, si bien no se conoce, se estima en 1000m. Se estima también que el hielo que hoy se rompe y cae al lago en su tramo final se compactó en el Campo de Hielo Sur hace aproximadamente 350 años.

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