Curro Prieto 26 Oct 2016

El camino a Macchu Pichu (II)

El pueblo se iluminó ante la aurora desvelando cada rincón oculto en la noche anterior. Los hospedajes y las pequeñas tiendas de alimentación conformaban una curiosa urbe diseñada exclusivamente para el turista de paso. Todos allí parecíamos dirigirnos al mismo lugar.

Esa mañana había algo nuevo por vivir. A mis 22 años de edad nunca había probado a lanzarme en tirolina. Después de una buena tortilla, una manzana y un zumo de naranja, montamos en una vieja combi que nos llevo al centro de control de la actividad. Una vez equipados, los monitores nos subieron a la estación desde la cual comenzaríamos a saltar. Tras algunos primeros valientes llegó mi turno. Ahí estaba yo, sólo frente al precipicio.

En ese momento aunque no tienes más remedio que confiar en las escasas probabilidades que existen de caer después de que diez personas hayan saltado con un rotundo éxito antes que tú, siempre queda la sutil voz interior cuya misión es provocar el pertinente miedo ante las alturas. Surgían en mi cabeza cuestiones acerca de la mecánica de la polea, del estado de las cuerdas e incluso llegué a intentar calcular mi peso respecto al de los demás, porque claro, eso podía ser determinante llegado el momento. ¡Ah! De repente, entre tanta tontería, me sorprendí suspendido en el aire, mirando al vacío y riéndome a carcajadas. ¡Estaba volando! Os aseguro que si he aprendido algo importante en este viaje es lo inútil que resulta muchas veces calcular los daños antes de caer. Dejarse llevar puede ser la clave de disfrutar una experiencia al cien por cien.

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Fue una mañana emocionante en la cual reinó la señora adrenalina y tras la que nos llevaron a reponer energías a uno de los comederos de Hidroeléctrica, una central hidroenergética desde donde muchísimos caminantes emprenden su andadura hacia Machu Picchu. Nosotros no seríamos una excepción. En cuanto terminamos de reponer fuerzas entre sopas y asados de pollo y arroz pusimos los pies en polvorosa y a ritmo de crucero, Joaco, Carmen, Aurelio y yo comenzamos a avanzar recorriendo el camino marcado por la vía del tren, el cuál conecta el pueblo de Ollantaytambo con Machu Picchu. La ciudadela sagrada ya estaba asumida como único y último objetivo en nuestras cabezas. Tengo que reconocer que la perspectiva de contemplar un lugar tan único me resultaba inevitablemente emocionante, iba a pisar una de las mecas del viaje, una maravilla que muy posiblemente visitaría una sola vez en mi vida. Esa única vez en mi vida.

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El camino se hizo muy agradable y al cabo de unas tres horas llegamos a Aguascalientes. ¡Qué pueblecito tan encantador! La noche se cernía ya sobre nuestras cabezas y las luces del lugar comenzaban a iluminar las calles que a mi parecer tenían un encanto especial. Había muchísimo movimiento. La gente andaba por las estrechas calles que llevaban a la plaza central donde familias, parejas, amigos y viajeros solitarios comían y bebían conformando una imagen de auténtica festividad. Se podía palpar en el ambiente, una gran mayoría de todos los allí presentes estaba a unas horas de vivir un momento realmente especial.

Por nuestra parte, después de dejar nuestras mochilas en el hostal y darnos una riquísima ducha caliente, decidimos ir a cenar y a tomar unas cervezas para celebrar que la experiencia estaba cercana a su culmen. Pronto volvimos con la idea de dormir. Estaba nervioso y no podía evitar acordarme continuamente de la noche de Reyes. Al día siguiente a las 3 de la mañana estaría en pie dispuesto a comerme la hora que me separaba de ver el amanecer más mágico de mi vida. Podría haber sido 5 de Enero: ¿Qué mejor regalo se podría esperar?

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Sonó el despertador. Con un ojo abierto y otro cerrado conseguí incorporarme y me empecé a vestir. A las 4 am yo y mis amigos atravesábamos el puente que daba acceso al camino final y comenzamos a gastar los últimos pasos de nuestra aventura. Metro a metro fuimos ascendiendo una cuesta interminable. Cada vez estaba más cerca. Se podía sentir. El sendero estaba lleno de gente que caminaba desde temprana hora para observar el surgir del alba entre las montañas. Yo, que de tantos días en el camino estaba totalmente exhausto me vacié en esa última recta y cuando ya creía no poder más con mi alma, apareció.

Allí estaba. Un cola de cientos de entusiastas. Habíamos llegado. Enseñé mi pase y a pocos metros pude empezar a vivir algo que ya hoy en día recuerdo como si fuera un sueño. Piedra tras piedra. Una obra de arte del ser humano. Piedra tras piedra se había construido algo eternamente bello. Recorrí anonadado los pasillos del pueblo examinando la disposición de las rocas, escuchaba por una oreja al guía, que nos contaba la historia de cómo el explorador Hiram Bingham había llegado en 1911 de la pequeña mano de un niño nativo creyendo haber descubierto el Dorado, de cómo mucho antes el emperador Inca Pachacutec residió allí en sus días de descanso y de cómo hoy nosotros pisamos un suelo aún tan lleno de misterios como la propia vida. Por el otro oído escuchaba la clásica Divenire, de Ludovico Einaudi, un telón de fondo idóneo que, si me abstraía de la ingente cantidad de turistas que vagaban por entre los muros, conseguía transportarme a los primeros tiempos del lugar, cuando los habitantes de la ciudad trabajaban las tierras, incontables llamas llegaban desde la costa cargando sacos de arena y las montañas observaban otras vidas muy diferentes a las de hoy.

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Has de saberlo, me has tocado el corazón. Cada uno de tus rincones forma ya una parte inolvidable de estos tres meses. En un viaje siempre habrá altos y bajos, luego están los momentos eternos, los instantes únicos, las ocasiones en que te das cuenta de que estás haciendo algo importante, estás viviéndolo, es tuyo. No es tan sólo un recuerdo, fue un presente, y eso es casi más difícil.

Gracias, Machu Picchu.

 

Mi TOP 3 recomendaciones

Del Inka Jungle Trail.

Acepta todas las actividades secundarias: me parece importantísimo recomendar todas y cada una de las actividades extras que ofrecían los chicos del Inka Jungle. El descenso en bici, el rafting y el zipline. Las tres fueron divertidísimas y le dieron al recorrido el toque aventurero y emocionante que precisamente yo iba buscando. Mi aventura costó 260$. En su página podéis ver los diferentes recorridos que realizan  y los precios que ofertan.

Madrugada para ver amanecer en Machu Picchu: levántate temprano para andar ese pequeño trecho que le otorgará mayor valor a tu llegada al monumento. Ver amanecer allí es una preciosidad, es como si los rayos de luz se pudiesen tocar cuando aparecen entre las enormes montañas. No lo dudes, la recompensa es enorme.

Sube comida para pasar la mañana: es curioso que algo consiga sorprenderte el mismo día que visitas Machu Picchu, ¿no? Pues los precios de los restaurantes ubicados en la entrada al monumento lo consiguieron. Una locura. Si puedo recomendarte algo, prepárate un bocadillo la noche anterior, puede salvarte la vida y seguro que te ahorras un buen dinero.

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