Curro Prieto 04 Oct 2016

El camino a Macchu Pichu (I)

En un alarde de prudencia y aún estando en España, decidí reservar los servicios de una de las agencias que me llevaría a realizar el recorrido más interesante, divertido y emocionante que he experimentado en mi vida: el Inca Jungle Trail.

El día 12 de Agosto a las 5 de la mañana llamaron a la puerta de mi hostel. Era Aurelio, el hombre que me conduciría hasta las puertas de Machu Picchu. Sus facciones redondeadas y el gesto de dulzura que recorría su rostro contrastó con el duro apretón de manos con el que sellaríamos el comienzo de nuestra aventura. Tras presentarnos comenzamos a andar. Cuzco amaneció muy frío aquella mañana. Las calles estaban prácticamente vacías, únicamente los tenderos de los puestos de la Plaza de San Francisco comenzaban a levantar sus carpas para afrontar un nuevo día de trabajo. El sol ni si quiera había completado su aparición cuando una furgoneta cargada de bicicletas estacionó frente a nosotros.

-Nos vamos, amigo.- dijo Aurelio.

Di un salto y entré por la puerta del vehículo que se cerró rápidamente tras de mí con un enorme portazo. Dentro me recibieron mis dos compañeros en este tramo del viaje, Joaco y Carmen, una simpática pareja chilena que andaba de vacaciones por Perú. Tras más de dos horas de charla sobre ruedas con mis nuevos amigos poniéndome al día sobre la historia reciente de la Chile que pronto visitaría y dejando atrás el Valle Sagrado de los Incas llegamos a Abra Málaga, a 4.316 metros sobre el nivel del mar.

Aquí, bajo la atenta mirada del imponente nevado Huacay Willca, daría comienzo un día lleno de emociones. En primer lugar nos dispusimos a llevar a cabo el descenso en bicicleta. Durante 60 km de recorrido nos deslizamos a una velocidad media de 50 km/h carretera abajo, primero algo cautos y más tarde casi con temeridad, adelantábamos camiones y apurábamos en las curvas como si de un circuito de Moto GP se tratase.

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El paisaje fue evolucionando desde la fría montaña hasta la ceja de selva donde surgió con intensidad el color verde, y junto a él el calor y los mosquitos que tanta guerra me darían en esta aventura. Un consejo muy sincero desde la experiencia, nunca, jamás, olvidéis el repelente. Al final y como suele pasar, cuando mejor lo estábamos pasando se acabó la pendiente y llegamos al almuerzo. La comida fue copiosa: sopa de quinua y arroz con pollo y ají. De-li-cio-so.

Absolutamente saciados y satisfechos nos levantamos de la mesa con toda la energía del mundo y con la idea de descubrir las sorpresas que nos depararía la segunda actividad del día, el rafting. Subimos al auto que nos llevó hasta una pequeña casa junto al río Urubamba. Allí un grupo de jóvenes se hallaba preparando el equipo para dar comienzo al show. Poco después, con los salvavidas y los cascos ya puestos y tras unas lecciones básicas sobre la técnica de utilización de los remos nos preparamos para saltar al agua. La sincronización debía ser total, Joaco y yo remábamos en la parte de adelante y Aurelio y Carmen detrás. El río nos arrastraba con fuerza y la emoción se apoderaba del grupo cuando nos acercábamos a los rápidos: saltábamos, nos hundíamos, volvíamos a emerger y cuando la estabilidad regresaba sólo se podían escuchar las risas del grupo. Lo pasamos realmente bien.

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En cierto momento y en pleno descenso saltamos al río haciéndonos el muerto y dejándonos arrastrar por la corriente que nos llevaría directos al final del recorrido. La furgoneta, que parecía estar en todas partes, nos esperaba en la orilla para llevarnos al lugar donde dormiríamos, un sitio conocido como “La casa de los monos” en el pueblo de Santa María. La dueña, una anciana muy simpática llamada Justina nos preparó un lomo saltado de lujo para cenar como guinda final a un día perfecto.

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A la mañana siguiente, Aurelio nos despertó temprano para darnos la mejor ducha posible. Nos llevó durante unos 15 minutos a través de la vegetación para mostrarnos un lugar escondido, mágico. Como no queriendo ser vista, una cascada se ocultaba entre la maleza. Nos sentamos sobre unas rocas cercanas y estuvimos observándola, ver como cae el agua puede resultar ciertamente hipnótico. No tardé en desvestirme para meterme bajo la catarata dejando que sus frías aguas despertaran cada rincón de mi persona. Un comienzo motivador para un día de larga caminata hasta Santa Teresa.

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Comenzamos a andar cerca de una hora más tarde y a lo largo del camino Aurelio nos llevó a través de plantaciones de coca contándonos antiguas historias sobre los hábitos incas en relación al consumo de la hoja. Nos explicó que en el pasado la población quechua tenía la costumbre de seleccionar las tres mejores hojas de la recolecta y alzarlas en honor a los “apus”, espíritus sagrados de las montañas que custodian la cordillera del Vilcabamba. Acto seguido las colocaban entre las muelas y comenzaban a mascarlas lentamente hasta que desaparecía el hambre y se adormecían la lengua y la boca. Así podían aguantar días sin comer, lo que según nos contó causó también muchas muertes en el pasado, ya que si es consumida en exceso la hoja puede engañar al cuerpo haciendo desaparecer la necesidad de alimento, desembocando así en un proceso de desnutrición inconsciente y progresivo.

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Aprendimos mucho en aquella caminata y tras horas sobre nuestras botas atravesando puentes colgantes, grutas ocultas y grandes pedregales llegamos a Santa Teresa, lugar en el que pasaríamos la noche antes de emprender la marcha definitiva hacia la consecución de un sueño.

En el siguiente post os contaré como llegamos desde Santa Teresa hasta Aguascalientes y de ahí al motivo de toda esta aventura.

Próximo destino: ¡Machu Picchu!

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