Sele 12 Ago 2014

Buenos Aires, mi casa al otro lado del charco

En ocasiones recuerdo una frase de Jorge Luis Borges que decía lo siguiente: “Siempre he sentido que hay algo en Buenos Aires que me gusta. Me gusta tanto que no me gusta que les guste a otras personas. Es un amor así, celoso.” Borges, que era un sabio, tenía razón y hago mío ese pensamiento en torno a una ciudad, que sin ser la mía, la siento como tal. Quizás porque en la Avenida de Mayo me parece encontrar una sucursal de la Gran Vía madrileña, porque los 10.000 kilómetros que nos separan no son más que un lamento de Gardel a media tarde y un acento porteño en el caminito de la Boca. No lo puedo evitar, Buenos Aires es mi casa al otro lado del charco.

Si uno no es maradoniano se hace enseguida del Pelusa mirando graffitis e impostores con peluca rizada en el barrio que le vio nacer. Actualmente La Boca, y en concreto Caminito, es la versión colorida y más turística del Buenos Aires de los tangos en mitad de la calle y el color arcoíris de casas que se pintaban con el sobrante de los barcos.

Pero personalmente mi barrio porteño preferido es San Telmo en las mañanas de mercadillo de antigüedades que tanto me recuerda a El Rastro y en el que los edificios señoriales del siglo XIX muestran la decadencia propia del tiempo pasado desde que los ricos lo abandonaran tras una gran epidemia.

Buenos Aires también es la cultura de las librerías casi en cada calle y los cafés en los que rezuma literatura y buenas historias. Sin duda el más conocido es el Café Tortoni, en Avenida de mayo 865, un lugar que no puedo evitar asociar al Café Gijón de Madrid pero con Borges y Gardel leyendo en su mesa preferida. La elegancia con la que se presentan los libros en la Librería del Ateneo (ocupando un antiguo teatro) o en Libería Ávila, hacen de las letras el escenario en el que mejor se baila una apasionada milonga en volúmenes.

Y para pasear y pensar en el todo o la nada me gusta hacer un viaje en blanco y negro al cementerio de La Recoleta, el camposanto de ilustres de Buenos Aires, donde poder guiarme a través de epitafios, angelotes o estatuas portadoras del alma de sus protegidos. A pesar de su soledad y de los panteones cerrados con la cal de las telarañas con las que se teje el olvido, encuentro muchas respuestas que me sirven para mitigar cualquier arrebato. La Recoleta me serena, y ese pedacito colonial en la Basílica de Nuestra Señora del Pilar me vuelve a entregar otro lazo más entre dos mundos separados por el Océano.

Fachada del Café Tortoni, uno de los rincones culturales más emblemáticos de la ciudad de Buenos Aires

Pero Buenos Aires tiene algo que va más allá de la ciudad. Mi deuda está con la gente que sin apenas conocerla me llevaba a esos rituales tan argentinos llamados asados. Y recalco eso de rituales porque no se trata en absoluto de simples barbacoas de fin de semana, sino de una forma de sonreír a la vida con los demás y olvidarse del “yo mismo”. Por eso no es raro encontrar en corralas o los clásicos patios de vecinos un espacio para preparar las consideradas mejores carnes del mundo, sobre todo cuando el buen tiempo empieza a asomar. El humo de los asados es el más sano y agradecido que se respira en los senderos urbanos porteños y que a los foráneos nos hace sentir tan de allí.

Fachadas clásicas del Barrio de San Telmo

Y por último, el fútbol. Qué digo… la pasión. Es el balompié una conversación continua entre esas hinchadas que defienden sus escudos como el más preciado de los tesoros. Así que ver un partido de la Liga argentina es un obligado que se sale incluso de los clásicos entre River y Boca. Vélez, San Lorenzo, Independiente, Racing… son las religiones que se profesan en la ciudad del Río de La Plata. El tablero deportivo va más allá de los campos de juego, las canchas como dirían ellos, y se extiende en prensa, televisión y cafés en los que la tertulia se extiende de tal manera que nunca parece terminar.

Motivos, motivos y más motivos para una seducción total, para tener siempre en mente a los amigos “de ashá”. Buenos Aires, amor eterno, mi casa al otro lado del charco…

Las calles de Buenos Aires siempre están llenas de vida

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