Iris Rangil 08 Mar 2017

Buena y mala suerte en San Andrés

Al contrario que lo que ocurrió con Cartagena de Indias y las bajas expectativas con las que llegué a la ciudad que me enamoró por completo en Colombia, de San Andrés me habían dicho tantas cosas buenas que sólo quería llegar allí y encontrarme con el paraíso que todo el mundo me había descrito.

Buscaba desconectar, tomar el sol, disfrutar del Caribe por primera vez en mi vida, y volver al continente morena cual colombiana palenquera. Pero el problema con las altas expectativas, lo conocemos todos, en cada ámbito de la vida: Cualquier imprevisto negativo puede arruinar tu ilusión. Aunque no fue para tanto, algunas cosas no salieron tal y como esperaba; y es que el sol, esa constante de San Andrés, apareció un ratito el primer día de mi experiencia en la isla, y no volvió a salir, dando paso al comienzo del huracán Otto; pero eso no lo supe hasta después de marcharme.

Sin embargo, aún teniendo en cuenta todo esto, debo decir la verdad: un sólo día de buen tiempo fue suficiente para sentir ese paraíso del que me habían hablado y sin duda alguna, el viaje mereció la pena. No pude realizar demasiadas actividades, (mi plan era llegar a Providencia, otra isla cercana que dicen que es aún más linda, a la que se puede arribar en Catamarán siempre y cuando el clima lo permita) pero llegué a la playa y ocurrió la típica situación surrealista que me voy encontrando en cada lugar que visito. En cuanto mis pies rozaron la arena, se acercó Fabián, un san andresino que quería saber de dónde era, qué hacía allí y cuáles eran mis planes en el viaje.

Sólo le dije que era española sin darle muchos más detalles y me despedí con una sonrisa, ya que me pareció simpático (y no me agobió ni invadió mi espacio vital en ningún momento). Me tumbé en la arena y unos minutos después comenzó a llover. Fui al mar, y allí encontré el refugio perfecto. El agua estaba más caliente que la que caía del cielo. No os podéis imaginar esa sensación (o quizá sí, si habéis tenido la suerte de experimentarlo) de estar en el mar sintiendo la lluvia, viendo las gotitas dentro del agua caliente acariciando tu cuerpo. Para alguien que viene de Soria (ciudad en la que más nieva de toda España) y que se ha pasado la vida sintiendo el frío seco y yendo de vacaciones a nadar al atlántico, os aseguro que es simplemente algo inolvidable.

Me dirigí a la toalla después de un rato nadando, quería cruzar a un pequeño islote que había en medio del mar y al que la gente llegaba a pie, así que busqué a Fabián para preguntarle dónde podía guardar mis cosas. Me ayudó a encontrar las consignas y me marché de nuevo al agua con una llave rodeando mi muñeca para poder recuperar mi mochila más tarde. Él me aconsejó caminar por el lado opuesto al que todo el mundo lo hacía, porque el mar estaría más calmado, y tuvo razón. Cuando volví, nos cruzamos de nuevo y me preguntó si me había gustado, le dije que sí y me invitó a hacer un tour en su barca con más gente, para conocer los principales atractivos turísticos acuáticos. Acepté sin pensarlo dos veces. Llegamos a la embarcación y allí nos encontramos con su amigo y compañero de trabajo Hawin y el resto de viajeros. Gracias a ellos pude disfrutar de un poquito de buceo (aunque os confieso que me agobia mucho la máscara y apenas podía sumergirme) y pude maravillarme con la imagen de un montón de peces nadando bajo el mar: de carpas, estrellas de mar, y otras muchas especies marinas.

Después de unas dos horas de navegación, regresamos a tierra firme y me moría de hambre. No me quedaba ni un peso y Fabián me acercó en moto a un cajero, así que conseguí de nuevo una experiencia local que jamás hubiese esperado antes de llegar a la isla: poder ir sobre dos ruedas y recorrer la carretera con un nuevo amigo. Fue uno de los momentos más felices de mi viaje (iba en la moto riéndome y preguntándome en mi mente cuándo se me acabaría el karma positivo y qué hice bien en otra vida para recibir tantos regalos en esta).

Volvimos a la playa, comí algo, intercambiamos contactos y acordamos salir los tres por la tarde/noche para dar una vuelta (Hawin, Fabián y yo). Me prometieron mostrarme la parte del centro de la ciudad y yo no pude volver al hostal más contenta. Nos encontramos a la hora acordada, cenamos juntos, me enseñaron su islita querida y me contaron muchas historias de sus vidas… algunas tan duras que sentí de nuevo que el viaje me estaba inyectando dosis de realidad mezcladas con la propia dulzura de la gente. Volví temprano al hostal después de darles un abrazo bien largo, porque pensé que podría ser la última vez que les viese, y me dormí con una sonrisa de oreja a oreja recordando cada momento que había pasado con ellos.

Al despertar me encontré con la lluvia. Llovió sin parar hasta que me marché y el viento apenas dejaba a la gente caminar por las calles. Lo veía todo desde mi ventana, ya que nadie debía salir del hostal. Podría describiros todo lo que no pude hacer en los días sucesivos, pero vivo con la filosofía de quedarme con lo bueno. En este caso, sólo quiero pensar en lo mágico de haber llegado a esa playa en concreto, escogiendo entre varias; de encontrarme a esos dos chicos que me ofrecieron toda su amabilidad de la manera más sincera y sin esperar nada a cambio y de saber que, si hubiese llegado en cualquier otro momento a San Andrés, quizá hubiese disfrutado de todo lo bueno de lo que me hablaron antes de llegar, de ese sol que está en muchos lugares del mundo, pero quizá no hubiese encontrado mi verdadero destino, ése que nadie mencionó: encontrarme con Fabián y Hawin.

 

Espero no haberos quitado las ganas de llegar a este lugar, ya que no me he cruzado con nadie que haya estado allí que no me haya dicho que sus vacaciones fueron increíbles. Simplemente tuve la buena y la mala suerte de llegar en unos días climatológicamente complicados. Pero como se suele decir, si no arriesgas, no ganas, y esta isla es una visita obligada si estáis cerca, porque lo que está claro es que os encontraréis alguna sorpresa positiva que nunca olvidaréis.

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