Estela y Laura 03 May 2014

Adentrándonos en la selva

Un nuevo día nos esperaba en este paraíso lleno de nuevas sorpresas, así que no dudamos en madrugar bien temprano y exprimir bien nuestras horas. Así que a las 6 de la madrugada, con el primer rayo de sol asomándose por el horizonte, nos embarcábamos en el bote para ir a ver a los delfines, ya que el día anterior debían de estar en la reunión de la comunidad, o era día festivo. Y el caso es que esta vez los silbidos sí que surgieron efecto, y alrededor de cuatro delfines rosas nos deleitaron durante media hora saliendo a la superficie y dejándonos maravillados. Lástima que tuvimos que dejar cargando la cámara, porque allí en la selva sólo hay electricidad contadas horas, cuando bombean el agua hacia el depósito. De modo que esas imágenes sólo quedan en nuestra retina, y no las podremos compartir con vosotros, ¡tendréis que venir a verlo con vuestros propios ojos! Después, seguimos el paseo en bote por toda la ribera en busca de aves. Y vaya si las vimos: numerosas garzas blancas, tuqui-tuquis, arroceritos, paucares, tibes o gaviotas de río, locreros, y muchos otros sin identificar.

Las tripas ya rugían, así que regresamos al albergue para el desayuno y poder continuar nuestra aventura. Esta vez íbamos a visitar a la tribu de los Yaguas, quienes nos esperaban con los brazos abiertos para pintarnos la cara con las semillas del fruto del achote, el mismo que utilizamos en la sesión de tatuajes del camino inca (enlace). Después bailamos con toda la tribu y nos enseñaron a usar la cerbatana: nos explicaron cómo hacían las fechas, dónde colocaban el veneno y porqué disparaban al cuello, ya que así no se envenenan con la carne.

cazando con cerbatana

Como el tiempo allá pasa casi sin que te des cuenta, ya se nos había hecho la hora de ir a pescar. Bueno, nosotras no pescamos, ya que a mí no me gusta quitarles la vida a los pobre pescaditos, y a Laura, si no se devolvían después al agua, tampoco. Pero bueno, el resto tuvo mala suerte y tampoco pescó nada: estuvimos en dos zonas y no hubo ni amago de haber conseguido engañar a algún pez.

Regresamos con las manos vacías para la comida, así que René, nuestro personaje del día, volvió a cocinar rico y sabroso para todos, de nuevo con plátano frito de guarnicion, buenísimoooo de rechupete! Tras el almuerzo disfrutamos de una siesta en las hamacas, y a las tres de la tarde partimos en el bote. Por el camino, miles de sonidos y paisajes nos hipnotizaban, haciéndonos sentir nativas del lugar una tarde cualquiera, en nuestra canoa por medio de la selva, tan pura y verde, desprendiendo ese característico olor a naturaleza, con numerosas aves cruzándose de lado a lado…

paisaje selvatico

Aunque si fuésemos de allí, seguro que no iríamos con la boca abierta como íbamos. Maravilladas hacia el siguiente destino.

En la finca de Dalia, como podéis ver, había de todo: vacas, un burro, gallinas, pollitos, perros, y numerosos frutales. Asaltamos todos los arboles que tenían los frutos maduros y así descubrimos sabores completamente nuevos para nosotras, como el mamey, el charichuelo, la guayaba brasilera y la guayaba blanca. Nos enseñaron también a conseguir betadine natural de la hoja de la pichirina, que tiene mucho yodo. Y además aprendimos que con las hojas de cocona se pueden sanar esguinces de ligamento.

comiendo frutas

Con todos estos conocimientos adquiridos seguimos por el río hasta la casa de Julián, quien nos vendió yuca para la cena, y nos invitó a probar el masato, la bebida de la selva. Puede ser de yuca, pan de árbol o pijuayo. La hacen con yuca hervida y molida junto al jugo de caña, puesto todo a fermentar, de modo que cuanto más tiempo pase más grados tiene. El olor era peculiar, se asemejaba al vino, pero el sabor era completamente diferente, muy particular y sin nada a lo que se asemeje para poder explicarlo. Esta bebida la usan cuando baja el río. Se reúnen en una casa, beben masato para llenar la panza y no parar en todo el día, entre varios vecinos van adeacuado las chakras de las casas para comenzar con el cultivo de la yuca y la babana. El resto del año, hasta que llegan las lluvias de nuevo, el río crece y todo queda inundado.

La tarde comenzaba a caer, y el sol pincelaba de rojos y morados el cielo. Todo un espectáculo visual multiplicado por el reflejo del mismo sobre las aguas del río. Demoramos un tiempo en llegar al albergue para contemplar un poco más este alucinante atardecer.

atardecer en el lago

Cenamos la rica yuca que habíamos comprado por la tarde y charlamos con todos los del albergue. Esta noche no saldríamos a ver arañas ni serpientes, esta noche descansaríamos porque nos quedaban cosas que ver al día siguiente. Bien temprano madrugamos y tras el desayuno salimos a ver el árbol más grande de la Amazonia peruana. El viaje fue toda una odisea. Nos quedamos varados en la vegetación flotante y se rompió una hélice del motor, así que tuvimos que ir a la comunidad a buscar recambios. Una hora más tarde conseguimos salir, pero llegando al destino, grandes troncos nos impedían acercarnos hacia el pie del árbol, solo podíamos verlo a diez metros. Las opciones eran meterse en el agua hasta los hombros, o pasar el bote por encima de los troncos con nuestra fuerza de guerreras amazónicas. Así que eso hicimos, y llegamos a Eywa, sí, el árbol de la película Avatar, sí. Era exactamente igual, así que no dudamos en conectarnos a él.

conexion arbol

Sólo le faltaban los colores fosforitos, pero hasta el nombre con el que lo llaman los nativos es parecido, Seywa. Algo de relación parecía haber y eso nos encantó. Avatar es una gran película y hemos descubierto algo de realidad en ella. La pena es no poder visitar Pandora en este viaje, queda demasiado lejos.

Después de una segunda odisea en la canoa al regresar, llegamos a la comunidad donde Tomás nos enseñó a extraer jugo de caña como hacían antiguamente.

Jugo caña

Y así finalizaba nuestra pequeña aventura por la selva, teníamos que volver a Iquitos. Nos despedimos de todos algo apenadas, pues hemos vivido con ellos numerosas experiencias muy enriquecedoras, y sobre todo, salvajes.

grupo de amigos

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2 comentarios en
“Adentrándonos en la selva”

  1. titi isabel

    CON ESTA MANERA DE CONTAR LAS COSAS PARECE QUE ESTOY CON VOSOTRAS. SERÍA BUENO QUE ESCRIBIERAIS UN LIBRO-GUÍA DE TODA ESTA AVENTURA MARAVILLOSA.

  2. Paloma

    Claro que me he reido con esta aventura. Veros conectadas al árbol y esa cara de Laura,no queda otro remedio que reir. Pero lo que más me está gustando de este viaje, además de sus paisajes, es comprobar que existen alojamientos con ese espíritu de familia, 0s cuidan tan bien, que os sentis como en casa.

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