Gabriel Huete 17 Dic 2013

Recorriendo los mercados

En algún sitio he leído que el ronquido es un mecanismo ancestral de defensa del ser humano. Uno de esos anacronismos que aún conserva nuestra fisiología y que ya no tienen ninguna función en el hombre moderno.

Parece ser que en la edad de piedra, cuando nuestros abuelos prehistóricos encontraban refugio en cuevas y hoquedades, el sonido de una pequeña comunidad humana roncando al unísono mientras dormían, hubiera disuadido a las bestias nocturnas de entrar en el refugio y hacer una escabechina cuando más indefensos estaban.

En el hostal La Casona duermo en una habitación de tres literas compartida con otros cinco mochileros, que bien podríamos haber formado en otro tiempo remoto una pequeña comunidad. A Rod, un irlandés bajito y escuchimizado, le habríamos nombrado sin ninguna duda el jefe de la tribu porque su potencia de ronquido es extraordinaria. Posee además la insigne habilidad para roncar tanto en la inspiración como en la espiración, lo que hace que no tengas un momento de tregua, y no vale hacerle ruiditos ni estratagemas porque Rod no se calla ni debajo del agua.

El caso es que son poco más de las 5:30 de la mañana, el día está empezando a clarear y yo no puedo pegar ojo, así que decido que hoy es un día estupendo para visitar algún lugar que abra temprano. Me doy una ducha rápida, me visto y salgo a la calle decidido a pasar la mañana dando vueltas por los mercados de la ciudad.

Los mercados me parecen sitios geniales. Además de bonitos y pintorescos, me ofrecen la oportunidad de aprender los alimentos básicos del país que visito y, casi siempre, me acabo sorprendiendo al ver la cantidad de productos diferentes que no había visto nunca antes y que se pueden encontrar en cualquier mercado. Por otra parte, al ser lugares eminentemente sociales y de intercambio, es muy fácil hablar con la gente, aprender sobre la cultura gastronómica del país y comer bien y barato. De ahí que el mercado sea una de mis visitas favoritas en cualquier ciudad.

Camino por la calle Monjitas en dirección a Plaza de Armas y al llegar al edificio de correos giro a la derecha por Puente, y en cuatro cuadras me planto en el Mercado Central.

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El Mercado Central es el mercado de pescado y marisco principal de Santiago, y es una delicia para la vista pasearse por sus callejones por la increíble variedad de especies que se ven. Todo el pescado allí expuesto es del Pacífico chileno. Capturado casi al 100% por su flota de bajura, son todo especies costeras y me asombra ver que curiosamente casi todas los pescados conservan el mismo nombre que en España. El mercado es de planta cuadrada con la zona central dedicada a restaurantes más o menos caros, mientras que en todo el perímetro se distribuyen los puestos de venta y los restaurantes más populares. Los vendedores de los puestos se afanan por captar mi atención a voces, casi a gritos, y yo voy rebotando de unos a otros dejándome llevar y preguntando ocasionalmente por algo que me sorprende, como las diferentes variedades de algas que se utilizan en la cocina chilena.

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Cuando termino de rebotar entre los vendedores de pescado, empiezo a rebotar entre los dueños de los restaurantes populares que quieren que me siente a comer. Unos me ofrecen unos un pisco sour gratis, otros un ceviche gratis para tratar de ganarme a la competencia. Yo con una sonrisa les digo que apenas son las nueve de la mañana, y que no me apetece desayunarme con una ración de machas y un vaso de leche de tigre. Pero les prometo volver más tarde.

Entre rebote y rebote salgo por una puerta lateral del mercado y sigo mi caminito hacia la Vega Central.

A cinco o seis cuadras hacia el norte, justo después de cruzar el río Mapocho (Mapocho es una palabra mapudungún, el dialecto mapuche, que significa “agua que se pierde en la tierra”) y camino de la Vega Central, me encuentro con un pequeño mercado de flores. Entro para echar en vistacito pero enseguida veo que no tiene mucho interés. Está lleno casi en exclusiva de cruces y coronas de flores, y salgo haciendo “fu” como el gato por la puerta de atrás.

La Vega Central es el paraíso terrenal de los veganos. Un mercado inmenso de frutas, verduras y productos del campo con tiendecitas de todos los tamaños, algunas de ellas increíblemente bien cuidadas y bonitas. Parecen competir unas con otras por ver quién tiene la pirámide de mangos mejor construida o la más llamativa combinación de frutas de colores.

Me paseo a mis anchas, largo y tendido, arriba y abajo del inmenso espacio haciendo fotos como un loco y disfrutando de lo lindo. Y dando gracias de que ningún diente de sable se comiera al antepasado de Rod, ya que gracias a él y su recital de ronquidos, hoy estoy aquí paseando feliz entre las montañas de palta y choclo negro, bananas y arándanos de este bonito mercado.

Así a lo tonto, entre charlas con los vendedores y fotos se me han pasado tres horas sin enterarme. Es casi la una de la tarde y ahora sí que me apetece un ceviche con su leche de tigre y su aperitivo de pisco sour. Así que regreso al Mercado Central y por 10 euros acabo zampándome un congrio con puré de choclo amarillo, pisco sour y cervecita Cristal. ¡Qué bueno es vivir!

Mañana se acaba mi estancia en Santiago. Temprano por la mañana voy al aeropuerto y tomo un avión a Temuco. El tiempo ha pasado muy rápido y pese a que las ciudades no son mi fuerte, he estado realmente a gusto en Santiago.

Sé que me dejo mucho por ver, también sé que al final de mi viaje por Chile volveré a Santiago una semana más.

Me quiero ir sin visitar un lugar más, un lugar que varios chilenos me han recomendado visitar si es que quiero conocer por qué son como son.

Me quiero ir sin visitarlo, pero en realidad no puedo. Es El Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. No es un museo agradable de ver. Es un museo duro y cruel pero me ayuda a empezar a ver a los chilenos con otra luz…

A la salida del museo aprovecho la cercanía y me voy a conocer el barrio Brasil. A pesar de su nombre, a mi me recuerda a pasear por La Habana Vieja, con sus pequeños edificios y casas de colores a veces descuidados.

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2 comentarios en
“Recorriendo los mercados”

  1. teresa vila

    Qué fotos tan coloristas de los mercados de frutas y flores!
    Cuando viajo, nunca dejo de visitar los mer ados, pues son como el corazón de una ciudad que palpita al ritmo de sus puestos de venta y delos vendedores que exhiben los frutos de la tierra…

  2. Ana

    Me encantan los mercados, son el corazon de las ciudades porque dicen mucho sobre la vida cotidiana y costumbres de sus habitantes. Explorador, me encantan tus relatos, los acompañas de fotos pero si estas no estuvieran, tampoco harian mucha falta porque con tus palabras, me trsladas a los diferentes lugares y logro verlos, aun sin las fotos.

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