Curro Prieto 15 Dic 2016

3 días 3 países (I)

El libro de mi aventura en Sudamérica se acercaba a su inevitable desenlace. Durante todo el viaje he querido poner pequeñas guindas a cada historia, introducirme lo máximo posible en la actividad de la que hablase y sentir bien de cerca la cultura del lugar en el que estuviese. No se si lo habré conseguido pero el caso es que esta travesía se merecía otro colofón y que mejor que despedir el precioso país que es Brasil a base de agua. Las cataratas de Iguazú me estaban esperando.

Llegué a mi hostel en Foz, saqué el ordenador y comencé a informarme en la misma recepción. Como podéis ver, este viaje ha sido en gran parte pura improvisación ya que nunca quise ceñirme a un guión que pudiera hacerme dar la espalda a ciertos giros inesperados, propios, por otra parte, de una aventura como esta.

Era curioso. La ciudad en la que me encontraba limitaba en sus fronteras con tres países distintos: Brasil, Paraguay y Argentina. Automáticamente supe que tenía que pisarlos todos. Me hacía mucha ilusión saber que iba a estar cada día en un país distinto. Cogí mis cosas y fui a mi habitación compartida donde me encontré con una simpática pareja de franceses a los que les pregunté por su plan del día siguiente. Al coincidir nuestras rutas quedamos en que iríamos juntos a la parte brasileña de las cataratas al despertar. Los líos de pasaportes los dejábamos para más adelante.
ilustracion-cataratas

La mañana después abrí los ojos a las siete de la mañana. Los franceses ya campaban enérgicamente por la habitación y yo, poco a poco, fui espabilándome. Unos treinta minutos más tarde y después de aprovechar el copioso desayuno del hostal Evelina, andamos dos cuadras hasta la parada del autobús que nos llevaría al Parque Natural de Iguazú. El día era espléndido. Mientras esperábamos, el sol se alzaba por encima de los árboles de la calle principal y la brisa soplaba con la suavidad de una tarde perfecta de primavera. Se podía apreciar el placer en la cara de todos los que, con el mismo destino e ilusión que nosotros, andaban ejercitando su paciencia en aquella parada.

El bus apareció ante nosotros y en unos veinte minutos nos depositó ante nuestro objetivo. La gente se arremolinaba frente la puerta de entrada y las ventanillas de venta de tickets estaban aún cerradas como queriendo darle emoción al momento. De repente, las cuatro persianas que nos separaban de la compra del día se levantaron a la vez, produciendo esa sensación de cuando sucede algo que llevas esperando mucho tiempo: 57 reales y estábamos dentro.

Una van nos esperaba tras la puerta de acceso para acercarnos a través del largo trecho que distaba de las cataratas. Durante el camino pude observar como algunos obreros completaban sus tareas. Algunos trabajaban el asfalto y la mayoría andaba adoquinando diferentes tramos de la carretera con el objetivo, supongo, de crear una vía a pie por la que la gente pudiera pasear dentro del parque. Tras ellos, a cada lado de la carretera, se abría paso el verde de los árboles, la vegetación más espesa y la vida de los animales que poblaban el lugar. Se podía sentir. Tras unos quince minutos sobre ruedas llegamos a la última parada y allí, uno a uno, empezamos a descender del vehículo con unas ganas increíbles. El estruendo del agua se escuchaba a lo lejos y yo aceleré el paso. Allí estábamos.

foto-primera-vistaDesde ese momento y durante todo el día estaría con la boca abierta. ¿Cuántas caídas de agua había allí? Doscientos setenta y cinco, ¿Cómo aquello podía ser posible?¿Qué hacía yo allí? Ni si quiera lo sabía. Delante de mí se encontraba una espléndida sucesión de imágenes increíbles. Jamás había visto nada así. Miles de litros de agua galopaban salvajemente sobre la tierra cayendo con una rabia increíble. Fue bonito darme cuenta de que a pesar de llevar tres meses siendo sorprendido día a día por incontables estímulos, aquel lugar me estaba conmoviendo inevitablemente. Era la demostración de fuerza natural más embriagadora de la que había podido disfrutar. Múltiples pasarelas indicaban el camino que rodeaba la imagen y yo fui, lentamente, recorriéndolas. De mirador en mirador.

Durante el camino pudimos ver incontables coatíes que andaban olfateando en lugar de un lado a otro. A lo largo de uno de los caminos dispuestos para los visitantes, nos cruzamos con una pequeña tienda de alimentos para turistas. Me hizo gracia ver cómo uno de esos pequeños coatíes entraba a hurtadillas para robar unos cacahuetes. La vendedora, entre gritos y escoba en mano, iba detrás provocando las risas de todo aquel que tuvo la suerte de presenciar tal cómica situación.

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Justo después llegamos al final de la pasarela para toparnos con el espectáculo definitivo: la Garganta del Diablo. Simplemente brutal. Sólo hay algo mejor que ver el agua romper río abajo y es estar lo suficientemente cerca como para empaparte. Empaparte de agua y empaparte de la experiencia en todos los sentidos. Os juro que pude sentir uno de esos momentos que no se olvidan y en los que de verdad sales de ti mismo para ver donde estás y lo que estás haciendo desde otra perspectiva mucho más completa. ¡Lo disfruté muchísimo!

foto-garganta-2foto-altaEn la segunda parte de este 3días 3países os hablaré de Ciudad del Este en Paraguay y de la parte final de mi viaje en la parte Argentina de las cataratas.

¡Espero teneros allí para despedirme!

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