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"Gracias Lucy" Segundo Lugar: Querida Lucy: Han pasado meses y yo sigo en tránsito. Estoy en Italia, es verano, camino por las calles con mi gran sonrisa viajera. En la recta final de mi recorrido decidí volver a Roma, la reina de este continente. No sé si lo sabes, pero algo pasa en los viajes largos. Llega un momento en que te transformas en una partícula más del todo, que fluye libre, sin planes, sin miedos. Pienso en eso mientras camino por las callecitas del centro histórico con mi mochila al hombro, buscando el edificio color salmón de Giorgio. Está atardeciendo. Giorgio abre la puerta con su traje de abogado y una birra. Ciao bellisima! Ai ritornato!!! Amo ese acento. Me invita a pasar a su departamento heredado y acepta encantado alojarme una vez más, en el sofá del living, claro. Me quedo unos días, una semana, dos. Giorgio va a trabajar y yo salgo a dar vueltas por Roma, me pierdo entre la multitud, coqueteo con los latin lovers que aparecen en las esquinas y me asombro de mi éxito. Me alimento de pizza Margherita y de vez en cuando me siento con los turistas alrededor de la fuente del Panteón, mi lugar favorito. Por las tardes, cuando Giorgio llega, cocina pasta con salsas improvisadas, hasta que un día, en un gesto mínimo de agradecimiento, decido sorprenderlo y lo recibo con la cena lista. Giorgio me mira emocionado y por primera vez veo ese brillo enamorado en sus ojos. Me incomodo y él lo nota (es mi amigo, Lucy, que quede claro: no me excita). Una tarde en el Panteón conozco a dos chicas canadienses que me invitan a compartir con ellas su botella de vino y nos divertimos hablando de los hombres romanos, algo que al parecer yo debería probar antes de irme. La conversación se prolonga y terminamos en un bar. Sí. Llego tarde al departamento, un poco ebria y me encuentro con la cara furibunda de Giorgio, que está sentado en el sillón del living, mi cama. Dove cazzo sei andata!!! La expresión de ira me suena a mi papá cuando era una adolescente rebelde, aunque algo lo hace más parecido a un marido celoso. Conocí a unas amigas nuevas, no es nada, le digo sin entender bien qué quise decir con eso de “no es nada”, y me voy al baño, me encierro por 15 minutos, choqueada, asustada. Concluyo que ya es hora de partir y pienso en Cinque Terre, ese lugar del que te hablé. Pero en la mañana Giorgio se disculpa, dice que pensó que me había pasado algo, que podría haber llamado y todo eso que se dice. Tampoco me deja ir, insiste en que aún debo conocer las playas romanas, que mañana es el cumpleaños de su amigo Massimo, cumpleaños que resulta de lo más entretenido gracias a un guapo llamado Alessandro. Músico, joven, encantador. Me dice cosas al oído y yo me dejo querer. Todo bien hasta que Giorgio se acerca otra vez con esa expresión odiosa, ahora además alcoholizado. Camina hacia Alessandro, lo aparta a empujones, le habla con actitud prepotente y vuelve a mí como marcando territorio. Ya no lo resisto más. Decido irme mañana, pero antes me lanzo a la aventura. Sí, me suelto las trenzas y dejo a Giorgio hablando solo y busco a Alessandro y le propongo huir de ahí y nos vamos a su departamento cerca del Coliseo y pasamos la noche juntos. Tal cual. No, Lucy. Nada serio. El tipo tenía un cuerpo increíble pero poca materia gris (no pidas detalles, porfa, que no es el tema de este mail). Calculo la hora para llegar al departamento cuando Giorgio haya partido a su oficina. Tengo todo planeado. Le dejaré una carta muy atenta y adiós. Ya en el piso escribo la carta, hago mi mochila, recopilo mis cosas, pero algo clave me falta. No lo vas a creer: el muy maldito me robó el pasaporte. Ataque de furia. Estoy descontrolada, odio a Giorgio, su casa, su acento, todo lo de él me enferma. Voy a su pieza y registro su velador, su clóset, su escritorio. Desarmo su cama, busco en el baño, tiro todo lo que hay en el botiquín. Reviso el living, los sillones, los libros de su enorme y pretenciosa biblioteca. Nada. El bastardo se llevó mi pasaporte, pienso sentada en medio del desastre en que transformé el departamento. Me largo a llorar de impotencia, paso horas ahí angustiada decidiendo qué hacer, pero me repongo, ordeno la casa, voy a la cocina a preparar comida y diseño mi plan. A la misma hora de siempre llega él y su sonrisa hipócrita. Lo saludo muy atenta. Observa que cociné. Va a su pieza, deja la chaqueta junto a su maletín en una silla. Barajo la posibilidad de que mi pasaporte esté en algún basurero de la ciudad pero me calmo, le ofrezco vino y noto esa expresión de molestia en su cara. Siento que en cualquier momento me trata de puta y no exagero Lucy, el tipo se puso raro. Su cara se desencaja, mira hacia todos lados como buscando pistas de algún crimen y yo sirvo vino, luego pasta, postre, café, hablamos del calor insoportable y la gente que se muere por las altas temperaturas, hasta que me lanza toda la mierda atragantada. Sí, me trata de puta, golpea la mesa, grita. Yo, en silencio, con miedo, nerviosa. De pronto se siente mal, va al baño, aprovecho de infiltrarme en su pieza, doy vuelta su maletín, reviso su chaqueta y lo encuentro. Mi pasaporte. Agarro mi mochila, un olor putrefacto sale del baño, salgo, corro por Roma con el corazón en la boca aunque aliviada. Las calles angostas ya no son tan lindas pero soy libre otra vez. Tus pastillitas, Lucy, las pastillas laxantes me salvaron la vida. No las usé un solo día del viaje, pero la tira completa bastó para sacar a ese italiano (deshidratado, espero) de mi camino. Gracias Lucy. Ver otros cuentos ganadores. |